10 cosas que no le debes decir a una recién parida

Tengo una bebé de 7 semanas y puesto que ya tengo experiencia en esto de la maternidad, no ando obnubilada por la felicidad y estoy más atenta que nunca a los comentarios “bien intencionados” que recibo. La gente dice de todo, pero estas son definitivamente 10 de las peores cosas que te pueden decir una vez acabas de parir. Así, que despistados por favor tomen nota.
  1. ¿Para cuándo es? ¿Cúanto tiempo tienes?
     Si eres mi “amigo” desde este momento dejaste de serlo. Mira mi facebook, sigue mi twiter o por lo menos enterate por otra gente: ¡ya parí! Mi bebe tiene 1 o 2 meses o de repente, 5. Esta panza se demora en ir, se demoró 9 meses en crecer, dame 9 meses para bajarla. Y de verdad, mírate al espejo primero. 

  2. Todavía te falta bajar de peso, ¿no?
¿    Y, ¿crees qué me lo tienes que decir por qué yo no lo he notado? Ya te lo dije: la panza se demoró 9 meses en crecer, dame 9 meses para bajarla. Además yo no ando mirando tu cuerpo, ¿qué %$%&/ miras el mío?.

  3.   Y ¿qué tal tus noches?
     ¿Tú que crees? ¿Cómo crees que son las noches con un recién nacido? Si no lo sabes te invito a mi casa a dormir. Puedes dormir en mi cuarto con el bebé y si quieres, te presto mis bubis para que le des de lactar. Te la vas a pasar genial.

  4.  Pasa rápido, pasa todo muy rápido. ¡Disfruta!
      Esta es la típica de las abuelitas o de la gente con hijos grandes, obviamente sufren de amnesia. No, no pasa rápido cuando te tienes que levantar 3-4 veces en la noche, y definitivamente no hay nada que disfrutar de eso.

  5. ¿Qué es esa mancha que te ha salido en la cara/panza/cualquier parte del cuerpo?
       Esta mancha se llama melasma y se debe a los cambios hormonales. ¿Quieres qué te deje una igual en la cara?

  6. Y ¿a quién se parece el bebé?
      Todavía a nadie, y con suerte a mí o a mi marido. Sería trágico que se parezca a mi suegra o peor aún, a mi ex.
   
  7.  ¿Qué tal el parto? ¿te dolió? O ¿fuiste cesárea?
      ¿De verdad quieres saber? No, no dolió nada. Fue como ir a un picnic en la playa. ¡No seas pes…!! Y para que lo sepas: la cesárea también duele.

  8.   ¿Lo quieres mucho a tú bebe, no?
       Es que tú te mereces un premio
  9.    Deberías descansar, estás con unas ojeras…
      En mi caso particular esta tiene una variante,es mi mamá (sí, mi propia madre) diciendome: “¿Por qué no te pones la crema anti-ojeras que te regale? Deberías usarla”. Mami, y demás gente que menciona mis ojeras: si nos les gustan, vengan y duerman en mi casa por un par de noches y después me enseñan las suyas, ¿ya?
  10.   ¿Cuándo volverás a estar activa?
      Esta sobre todo para los maridos: o sea, ¿te parece qué no estoy activa? ¿Te parece que dar leche unas 6-7 veces al día, cambiar 8 pañales al día y correr por toda la casa con un recién nacido no es actividad? ¡¡Ni el Ironman es tan fuerte cómo esto!! ¡Ubícate!

  Ya saben, si tienen alguna amiga que acaba de parir (sentirse recién parida también es un estado de ánimo que pueda durar durante el 1er año del bebe). Estas son las 10 cosas que, ni por casualidad deben decir.  

Mis días con tres

No quiero dejar que el tiempo pase, y se me olvidé – porque cuando se trata de parir niños la memoria (o mi memoria al menos) es corta – cómo son mis días y mis noches con tres (3) pequeños en casa.  

Mi día empieza muy temprano por la mañana a eso de las 6:30 a.m. Mi hijita, de un año y 7 meses aparece al lado de mi cama diciendo: “mamá, upa, mamá”. La meto a la cama y la abrazo mientras ella me acaricia el pelo y habla a todo volumen.  Imposible hacerla volver a dormir. Despierta a su hermano de 3 años y 8 meses que se pasó a mi cama en la madrugada. Él se levanta y dice: “Es hora de la leche. Mamá es hora de la leche”. Yo sigo sin abrir los ojos y le contesto: “sí hijito, anda tráela”.  Gracias a Dios la nana deja las leches en la puerta de mi cuarto muy temprano. Les prendo el televisor y sigo “durmiendo”. 
A eso de las 7:30 a.m., la bebé de 6 semanas empieza a moverse, grita y sé que es hora de su siguiente toma.  Mientras le doy de lactar, la nana y papá cambian a los mayores. Una vez termino de dar de lactar, superviso el desayuno de los “grandes”, las loncheras y los mando al nido. Luego, desayuno, me ducho, me cambio y si tengo algo de energía hago mis ejercicios post natales. Cuando termino todo esto ya es la siguiente toma de mi bebe, y luego sin darme cuenta ya es medio día y mi hijita ya regresó del nido: “mamá, meme acá”. “Sí hijita, ven a dormir acá”. Cuando ya ella terminó de dormir, escucho la voz de mi hijo: “mamá, mamá ya llegué”. Es la 1:30 p.m. y la bebé tiene hambre de nuevo. 

Fat mom with 3 little children

Las tardes son un poco más tranquilas, gracias a Dios hay algún cumpleaños o una clase de fútbol. Intento descasar: misión imposible. Entre la chica de limpieza, el panadero, el cartero y el testigo de Jehova me lo impiden. A eso de las 5:00 p.m. caigo muerta. Pero, a las 6:00 p.m. otra vez toca leche y comienza la locura: a comer, bañarse y dormir. Trato de estar en todas, pero no puedo. A veces les doy de comer, a veces los baño, a veces nada. Ya bañados, toman sus leches para dormir y yo le doy la última toma del día a la bebé. Ya son cerca de las 8:00 p.m. y gracias a Dios, es hora de dormir. Todos caen como troncos, yo incluida.


A eso de las 8:15 p.m. mi esposo me levanta para comer juntos, a veces lo logramos. Conversamos un rato, muy poco porque caigo rendida a las 9:30 p.m (o antes). Duermo profundamente… hasta alrededor de la media noche cuando la bebe se levanta con hambre, la teta otra vez. Rápidamente caigo dormida de nuevo, a eso de las 2:00 a.m., mi hijo mayor se mete a la cama y hay que llevarlo a hacer pila, porque si no…

A las 3:30 a.m. se vuelve a levantar la bebe. Toma rápidamente, pero luego de botar los chanchos abre los ojos y decide mirar alrededor por un rato. Pasados 45 minutos vuelve a dormir. Se levanta nuevamente a las 5:00 a.m. esta vez es por frío. Yo, a esta hora ya no puedo más. Se la doy a su papá, él se la pone en el pecho y la hace dormir. Continuó durmiendo profundamente hasta que escucho una vocecita: “mamá, upa, mamá”.
Son las 6:30 a.m. y mi día vuelve a empezar.

¿Dónde están mis amigas?

Sé que no soy la única nueva mamá (aunque no tan nueva ya) que se pregunta esto. Con la maternidad (y también con la edad, jeje) vienen muchos cambios en el estilo de vida, en las rutinas y hasta en los gustos. Con estas nuevas rutinas, horarios y necesidades se hace cada vez más difícil encontrar un tiempo para nosotras y esto incluye las salidas con las amigas. Y esto se vuelve aún más complicado si éstas no tienen hijos y menos aún esposo, e incluso con aquellas que sí los tienen (porque admitámoslo los esposos fastidian tanto como hijos) es muy difícil coincidir.

Escribo esto porque hace poco más de dos semanas me encontré con mis amigas después de más o menos 6 meses (o de repente más) en el brunch de una de ellas y, aunque mi plan original era quedarme por un máximo de dos horas, me terminé quedando como por 6 (sí, así de viciosa me he vuelto) y pasándola genial. Debo confesar que hice un gran esfuerzo en ir, me daba flojera, tenía mil cosas que hacer, la panza me pesaba, no quería dejar a mis hijitos – que cada vez están más molestosos – en fin mil motivos buenos y válidos para no ir, y que ya he usado más de una vez. Sin embargo, decidí hacer mi mejor esfuerzo e ir, porque la verdad cada vez veo menos a mis amigas, cada vez tengo menos amigas y siento que cada vez pierdo más a mi antiguo yo (el yo pre-hijos).

Con mis amigas la pasé genial: me olvidé de mi panza, mi esposo y hasta de mis hijos. Recordé lo bien que la paso con ellas, lo divertido que es compartir anécdotas y comentarios y escuchar opiniones sinceras de gente que te conoce más de lo que tú crees. Recordé también, que puedo ser divertida y que tuve ¿tengo? una vida más allá de las 4 paredes de mi casa y el mundo de mocos y babas en el que me hayo sumergida ahora. No es que no me encante la etapa que estoy viviendo, no. Pero, no voy a negar que muchas veces (sobre todo cuando veo en el Facebook las fotos de mis amigas en viajes, juergas y eventos que para mí son impensables en este momento) añoro mi antigua vida. Una vida que casi no reconozco, una vida sin cansancio crónico, sin malas noches, con mucho tiempo para mí y con conversaciones más allá de pañales o nanas.


Este reencuentro me sirvió para darme cuenta que debo hacer un esfuerzo por ver más seguido a mis amigas, no sólo porque me hace bien, sino también porque las extraño, las necesito y las quiero. Necesito recordar quien fui antes de ser mamá y no perderme a mí misma. Así, que está decidido, en cuanto pueda estar activa de nuevo (tengo una bebé de 3 semanas en casa; “no pressure please”) no más flojera, no más planes monses en la sala de mi casa: voy a salir con mis amigas, voy a buscarlas, a perseguirlas (porque ya cada vez me incluyen menos en sus planes) y a pasarla bien.  Y, es que también una neuro_mamá no siempre lo fue, y merece recordarlo ¿no?  

Los 10 mandamientos de una madre

O más bien dicho, mi versión (neuro) sobre los  nuevos 10 mandamientos de toda Neuro madre. Me inspiré en algunos que ya existen y circulan por ahí, pero también hay mucho de mi propia experiencia y mi realidad diaria lidiando día a día con mis hijos.

Y, claro siempre con un toque de humor, pues de eso se trata. Si no, ya estaría muerta!

Mi cuerpo, es ¿mío?

Como parte de nuestra paternidad responsable mi esposo y yo decidimos que era el momento de cerrar la fábrica. Tres hijos en poco más de cinco años de matrimonio, si bien es lo mejor que nos ha pasado es demoledor física, emocional y económicamente. Ha sido una seguidilla de: embarazos, partos, puerperios, lactancias y nuevos embarazos. Así, que decididos a brindar calidad de vida, tiempo y etc. a los hijos que ya tenemos, empezamos nuestra búsqueda por el método anticonceptivo que fuese más seguro, rápido  y adecuado a nuestras necesidades.


Luego de mucho conversar y considerando sobre todo mi salud (3 cesáreas y un útero cuarteado)  decidí que lo mejor para mí, era no ponerme en más riesgo y ligarme las trompas. Por otro lado, mi esposo decidió que cómo yo soy bastante menor, él se haría una vasectomía – la que además es reversible – por si en un futuro muy lejano nos animamos por más hijos. Puesto que los dos estábamos dispuestos a intervenirnos, decidimos investigar un poco más. Así, fui a mi siguiente cita con la ginecóloga y le comenté mi deseo de ligarme las trompas. Ella muy profesional, me entregó un documento en el que tanto yo como mi esposo declarábamos estar de acuerdo con la intervención a la que me iba a someter. Para que éste tuviera validez y la doctora pudiera llevar a cabo el procedimiento, ambas firmas debían estar legalizadas (mediante notario público). 

Entendí claramente el porqué de mi autorización expresa y certificada (evitar los excesos que se cometieron en el pasado). Hasta ahí, todo bien. El tema surgió cuando me di cuenta que sólo con mi firma legalizada no bastaba: el documento no tenía ninguna validez sin la firma legalizada de mi cónyuge. Necesitaba la autorización expresa de mi esposo para poder acceder a un método anticonceptivo definitivo. Sin su firma, no podría hacer nada.

Todavía sigo en shock. Al parecer en la legislación peruana, las mujeres casadas no tenemos la madurez/inteligencia/lo que fuere suficiente para decidir solas si queremos o no, tener más hijos. Nuestro cónyuge debe aprobar todas las decisiones que se tomen con respecto a nuestro útero, es como si el útero fuera un activo en la sociedad de gananciales (¿debería cobrar por los servicios prestados?). Mi deber como mujer es procrear y no le puedo quitar ese privilegio a mi esposo sin su consentimiento, y si soy piña y mi esposo piensa – como muchos hombres peruanos- que me quiero ligar para poder “sacarle la vuelta” libremente, estoy frita. Sin embargo, si él decide hacerse la vasectomía y privarme de la posibilidad de ser madre no hay ningún trámite de por medio. Va, saca su cita, paga y listo. Ahí YO, el Estado y seguro hasta la Iglesia no tienen nada que hacer. Pero, por otro lado para que yo (que soy la que pone en riesgo su salud) pueda acceder a un método anticonceptivo definitivo, ahí sí todos tienen algo que opinar: mi cónyuge, el Estado y por supuesto la Iglesia.

Sé que hay un argumento legal detrás de esta disposición, pero honestamente no lo entiendo. Si se trata de defender el bien común: la familia; debería ser por ambos lados, ¿no? En mi opinión, esta medida es totalmente contraproducente e incoherente. Sobre todo, en un país donde aún el machismo es muy fuerte y somos pocas las que tenemos esposos comprensivos. Por otro lado, me sorprende que grupos feministas no hayan alzado su voz de protesta, quizá es porque no están al tanto de esta medida que no responde al lema feminista que tanto me gusta: Mi cuerpo es mío, ni del Estado ni de la Iglesia (y pondría yo acá: ni de mi marido!). Pero, lamentablemente en el Perú de hoy, mi cuerpo (léase: aparato reproductor) es mío, de mi esposo, del Estado, de la Iglesia y fácil de alguien más que en cualquier momento saldrá a reclamármelo.

Mi lactancia: una nueva perspectiva

Hace poco recordé un artículo que leí hace un tiempo atrás cuando estaba embarazada de mi primer hijo, el artículo se llamaba “The case against breastfeeding” (Acá). Lo leí con avidez, pues como madre primeriza quería saberlo todo sobre todo.

Quedé muy sorprendida, pues era todo muy nuevo y distinto, el artículo describe como en algunos círculos la presión social en pro de la lactancia exclusiva es tan fuerte, que ésta deja de ser una opción y se convierte en una obligación. Obligación que la madre debe cumplir, incluso en contra de su propio bienestar. Este artículo, también señala que a pesar de toda la literatura pro lactancia existente, las investigaciones médicas señalan que los beneficios de ésta sobre la fórmula en temas tanto de salud como emocionales, son más débiles de lo que se cree, y que si uno observa a largo plazo a un niño amamantado vs. uno que no lo fue, las diferencias son casi inexistentes. La autora propone, que es la madre quien debe evaluar si dar de lactar es la opción más conveniente para ella y su familia. Además, en su opinión, la lactancia exclusiva es una nueva forma que tiene la sociedad para mantener a la mujer abajo.

Recordé este artículo, pues cada vez está más cerca el parto de mi 3er bebé, y ya sé el desgaste físico y emocional que me espera. Dar de lactar cada 3-4 horas, las 24 horas del día por mínimo 6 semanas, para luego continuar por 5 meses y medio más dando de lactar cada 4 horas, por 12 horas. Y, luego continuar –como con mis hijos mayores –  varios meses más una vez empiezan a comer sólidos. Es DURO, por decir lo menos. Además, si a esto le sumas dos niños pequeños que también quieren pasar tiempo con su mamá y también demandan cuidados, hace la situación más dura aún. Sí, claro yo me matriculé solita en esto, lo tengo claro.

Pero, así como me matricule solita en tener hijos seguidos, también tengo la libertad de decidir en lo que NO me voy a matricular. Y, esta vez no voy a caer en la presión de pediatras que nunca han dado de lactar, madres convencidas que es su deber sagrado dar de lactar exclusivamente y a libre demanda indefinidamente, abuelas exigentes que sólo dieron de lactar a sus propios hijos por un máximo de 3 meses, o tías y amigas bien intencionadas que han leído mucho sobre los beneficios de la lactancia exclusiva, pero que no tienen idea de lo que es estar engrilletada a un recién nacido. Y, mucho menos voy a tolerar que me estén “obligando” a mirar a los ojos a mi bebé mientras doy de lactar para generar un vínculo más estrecho aún. ¡No señor!

Quizá haya algunas personas que se espanten con esto, pero como ya expliqué en otros posts yo creo que lo más importante para un bebé es tener una mamá plena y realizada en su rol. Y, el dedicarme tantas horas a dar de lactar me va a impedir realizar otras actividades que también son importantes y necesarias para mí. Quiero compartir con mis otros hijos, quisiera poder ver algún tema profesional, y por supuesto me gustaría poder conversar con mi esposo alguna vez.

Así, que esta vez me lo voy a tomar con calma. Voy a dar de lactar el tiempo que me sienta cómoda, sin presiones. Si tengo que recurrir a la fórmula lo haré, si tengo que delegar una o dos tomas en las noches para poder funcionar durante el día lo voy a hacer, y trataré de no sentirme culpable por esta decisión, porque la estoy tomando no sólo por mi bien, sino también por el bien de mi recién nacida, que se merece una madre plena con energía y fuerza para atenderla no sólo estos primeros meses de vida, sino por el resto de su vida. 

Crónica de un examen de ingreso v. 2013: una “sesión de juegos”.

Todos queremos que nuestros hijos ingresen al colegio de nuestros sueños, lo cierto es que la postulación al colegio está cada vez más díficil. Acá comparto mi crónica de un examen de ingreso, en su versión sesión de juegos.

Era lunes 8:45 a.m. estábamos yo y mi pequeño de 3 años y 6 meses en la puerta del colegio al que lo habían invitado a una “sesión de juegos”. Bueno, lo habían invitado a dos sesiones de juegos: una grupal y otra individual. Ese día le tocaba la grupal. Llegamos muy puntuales, 15 minutos antes de la hora citada. Lo había vestido con las mejores galas cumpleañeras que tiene, para que asocien su belleza externa con cualidades positivas internas. Todo al mejor estilo de una especialista en RRHH. Así, que estábamos ahí los dos paraditos esperando pasar el control de seguridad, mientras yo luchaba internamente para que mis nervios (los cuáles honestamente hasta el día anterior no existían) no afloraran y mi hijo entrara lo más tranquilo posible.


En la puerta nos encontramos con otros padres que también llevaban a sus hijos a su “sesión de juegos”. Todos extremadamente serios. Me alegré de haber puesto guapo a mi chino, pues todos estaban con sus mejores galas. Y no solo los niños, sino también los padres. Me arrepentí de mis fachas: short, slaps y un polo, todas las mamás estaban con pantalones de vestir o faldas, y los papás que ni se diga. Todos en terno. Todos menos mi marido que brillaba por su ausencia. Fue una decisión acordada ¿para qué íbamos a ir los dos? ¿Para qué añadirle más ceremonia al asunto? Mejor sólo yo. Al parecer fuimos los únicos que pensamos así. Crucé los dedos para que esto no influyera en la calificación de mi hijo. 

Entramos al colegio. Sentía como el corazón me latía a mil. Miré a mi hijito, estaba tranquilo. Qué bueno pensé, mejor que ni se entere de lo que se está jugando acá. Recordé también que este verano había decidido no continuar con las terapias y dejar que mi hijo disfrute sus vacaciones. No me arrepentía, pero sí me preguntaba si otros padres habrían tomado la misma decisión. No lo creo, pensé. Solo con verlos te dabas cuenta que este asunto era algo que se lo tomaban muy en serio. Quizá demasiado. Me alegré de todas mis lecturas vanguardistas sobre crianza y educación de los niños. Pero, ni modo, con tanta competencia probablemente había puesto a mi hijo en una desventaja.

Llegamos. Podía sentir la tensión en el ambiente. Mientras mi hijo y yo mirábamos unos dinosaurios llegaron las “misses” y se llevaron a todos los niños a la sala de juegos. Me quedé mirando el techo y con un poco de ganas de llorar, culpé a mi embarazo. Traté de hablar con un par de padres, pero nadie tenía ganas. Creo que estábamos demasiado estresados. Agarré mi libro, me metí en la lectura y antes que me diera cuenta ya estaban de vuelta todos los niños.

“Eso es todo” dijeron las misses. Le di la mano a mi chino, que estaba muy feliz. “Nos vamos” – dije- “Nooo, ¿por qué? Quiero jugar más”. Bueno pensé, por lo menos la pasó bien, ese siempre es un buen síntoma. “No te preocupes – respondí – vamos a volver el miércoles para que sigas jugando”. “¿Sí? ¿Por qué, mami?” –  “Porque les caíste muy bien, y quieren seguir jugando contigo”. “Yeeeee, vuelvo el miércoles”. Por lo menos alguien quiere volver, pensé…

Y regresamos el miércoles. Muy puntuales y más relajados. Mi hijo entró contento a su evaluación con la psicóloga, perdón a su “sesión de juegos” y yo me quedé pensando en la frase que escuché decir a un padre con el que nos cruzamos al llegar: “Estas situaciones sí que lo hacen sentirse vulnerable a uno ¿no?” Si pues, aunque me duela el orgullo admitirlo, sí que me hicieron sentir vulnerable, y mucho.

El postparto: lo que nadie te dice

¿Cómo es en verdad el post parto? La verdad del postparto.
Este post nació a sugerencia de mi hermana, quien acaba de tener su primer bebé. Una lindurita de apenas 1 mes. Ella como toda primeriza vive en un constante estado de ansiedad y preguntándose si lo estará haciendo bien, y cuestionando si todo lo que siente/piensa/hace es normal. Me pidió que cuente todo aquello que nadie cuenta o que solo te cuentan tus mejores amigas en esas sesiones de catarsis que deberían siempre ser más seguidas.

Lo que nadie te dice del postparto: mamá en clínica dando de lactar a bebe


En mi experiencia son varias cosas fundamentales las que nadie te dice, o si te las dicen por algún motivo no haces mucho caso. Yendo al grano –en mi opinión- esta es la lista de las cosas más importantes que debes de saber:

1.       Criar a un recién nacido AGOTA y este desgaste no es solo físico sino también emocional.  La angustia que genera tener a un recién nacido en casa sólo se compara con la angustia que sintió Jesús en el huerto de Getsemaní (recuerden que sudó sangre).  Esta angustia disminuye con el tiempo y a medida que vamos conociendo a nuestro bebé.
2.       Si bien has llevado a ese bebé en tu vientre durante 9 meses no lo conoces, y él tampoco a ti. Así, que les va a llevar un tiempo (re)conocerse fuera del vientre. No te sientas mal si tu bebé llora y llora y no tienes idea de porqué, los primeros días/semanas será ensayo y error hasta que aprendas a identificar sus llantos.
3.       Algo que siempre genera polémica, debido a la presión social que existe alrededor, es la lactancia. Con la experiencia de haber dado de lactar exclusivamente a dos por más de 8 meses cada uno, puedo dar fe que dar de lactar no es una experiencia tan fácil y grata como te la pintan. Dar de lactar es duro. Los primeros días duele y puedes tener hasta heridas, el resto del tiempo: un ser humano depende 100% de ti para su supervivencia (El huerto, el huerto). Sí es cierto, es lo mejor que le puedes dar a tu bebé, pero no es fácil para todas. Mi conclusión es que si te cuesta mucho y vives malhumorada, fastidiada y deprimida, complementes con fórmula o les des sólo fórmula. Lo más importante para el niño/a es tener una madre feliz y plena, no una máquina proveedora de leche que ande amargada e histérica y transmita todos estos sentimientos al niño/a.
4.       Los cambios hormonales son ciertos. Claro, que eso no significa que vas a tener que medicarte. Pero, definitivamente tus hormonas están alteradas y lo vas a notar (y, no solamente tú sino todos los que viven contigo).
5.       Vas a querer tirar a tu bebé por la ventana. Y si alguien te dice que nunca ha sentido eso con sus hijos es porque ha delegado bastante su crianza. Pero, tú que los estás criando (o tratando de criar) a puro pulmón sabes lo duro que es, y que es inevitable exasperarse con ellos (VER ACA).
6.       Vas a tener sentimiento de culpa, y ¿cómo no? después que lo has querido tirar por la ventana, te entra un sentimiento de culpa horrible cuando ves a tu “angelito” descansando profundamente. No te preocupes, lo superarás. También te da sentimiento de culpa irte por mucho rato de la casa, salir a la peluquería, ir a tomar café con las amigas, etc.  
7.       Te olvidas del marido. Bueno, esto no les pasa a todas pero sí a las más “mamá gallina”, y no es que te olvides de que él existe es que el pobre pasó a un 5to plano. No te preocupes, lo superará.
8.       La barriga te queda totalmente flácida e hinchada después del parto. En algunos casos se te rompen los músculos de la panza. Tienes que trabajar duro para recuperarla, y algunas sólo recuperarán sus formas mediante una cirugía.

Estos son en mi opinión los puntos más importantes que toda primeriza debe saber sobre sus primeros días con un recién nacido en casa. Quizá, para algunas hayan otros más o quizá quitaría algunos de la lista. Lo importante es compartirlos y difundirlos y que todas nos enteremos. 

No puedo más. ¿Estaré preparada para esto?

La primera vez que pensé esto mi pequeño tenía casi 2 meses. Eran las 3:00 a.m. y no quería dormir después de haber lactado por casi una hora. Yo estaba agotada tenía más de 6 semanas cambiando un promedio de 8 pañales diarios, dando de lactar cada 4 horas (las 24 horas), y sin poder dormir por más de 3 horas seguidas. Lo único que quería era que se durmiera, o se quedara quieto en su cuna sin hacer ruido para yo poder dormir unas 3 horas más antes que se levante chillando por su nueva toma de leche. Cuando estaba al borde del colapso apareció mi esposo y luego de ver mi cara de desesperación me mandó a dormir. Me fui a dormir sintiéndome pésima por no haber tenido más paciencia. Sabía que me faltaban muchas malas noches más y tenía que adquirir técnicas para dominar mi agotamiento. No era culpa del bebé tener que lactar cada 4 horas (claro que tampoco era mía). Finalmente, el sentimiento de culpa cedió y me dormí con un nudo en la garganta. Nada ni nadie me había preparado para esa sensación de desesperación causada por mi hijo.

Hace un tiempo leí en algún lugar que los padres no están preparados para enfrentar sentimientos de ira, vergüenza y dolor frente a las acciones de sus hijos. Desde que el bebé es un proyecto y está en la barriga, los padres fantasean con momentos agradables y divertidos, nunca con momentos en que sus hijos los puedan sacar de quicio, frustrar y menos aún avergonzar.  Es cierto, jamás me imaginé que mi pequeño a su tan corta edad pudiera hacerme sentir tan frustrada e iracunda. La primera vez que lo sentí (a las 3:00 a.m., luego de unas semanas extenuantes) me sentí muy mal.

Los años han ido pasando y los retos son cada vez más grandes. No es lo mismo lidiar con un recién nacido que lidiar con un niño de casi 4 años, y mucho menos con un adolescente (falta mucho para mí, ¡felizmente!)  He logrado (hasta cierto punto) dominar ese sentimiento de culpa causado por la ira, vergüenza o dolor frente a las acciones de mis hijos, aunque claro no es nada fácil, más aún si consideramos que en todas nuestras fantasías maternales nos imaginamos disfrutando de las compañía de nuestros hijos, pasando ratos agradables en familia, divirtiéndonos y gozándolos.

Creo que en verdad, una nunca está 100% preparada para la maternidad. Sea esta buscada o sorpresiva hay muchos factores de por medio que hacen de la crianza de los hijos un reto diario. Es normal sentirse, en algunas ocasiones, no preparada y constantemente acechada por la pregunta: ¿lo estaré haciendo bien?

En mi opinión, lo importante es hacer lo mejor que una puede. En algunas ocasiones me sentiré más preparada que en otras, más capacitada que en otras para enfrentar los retos de la crianza pero en todas, siempre en todas, sé que estoy haciendo lo mejor que puedo y aunque quizá dude un poco, siempre tendré la certeza que lo estoy haciendo, eso sí, con todo mi amor.

¡Dejen mi panza en paz!

No sé si esto ya lo saben pero,  estoy embarazada de nuevo. Este es mi tercer embarazo y me agarra ya bastante conocedora de las vicisitudes del tema. Ya sé lo que es tener una panza y  tener que cargarla por todos lados. Sé también que junto con la panza vienen consejos no solicitados, preguntas impertinentes y hasta órdenes insolentes.  Ya estoy acostumbrada a llevar panzas grandes, a que todo el mundo me alucine con el tamaño de mi panza, e incluso estoy acostumbrada a que me pregunten una y otra vez (tanto amigos como extraños) para cuándo es, qué sexo es  y cómo se va a llamar.

A lo que no estoy acostumbrada y creo que jamás estaré (así esté llevando mi panza número 9) es y será a comentarios tipo: “pero estás segura que sólo hay uno ahí”,  o “¡wow! ahorita explotas”, o peor aún, los comentarios buena gente del tipo “pero, tú ¿no deberías usar una faja?” Ó, “¿no deberías estar descansando? Cargas mucho peso”.  Tampoco me puedo acostumbrar a que la gente agarre mi panza como si fuera la panza de buda y me la soben y soben, como si les fuera a caer plata. ¿Acaso piensan qué como hay otro ser humano dentro, esa panza ya es de dominio público? O sea, ¿pueden invadir mi espacio personal porque llevo un bebé dentro?

Pero, de todas estas cosas a las que no me acostumbro la que más me llega de todas, la que menos tolero  son los comentarios/ consejos con sentido moralizador, esos comentarios que más que nada son críticas y solo buscan juzgar tu buen juicio. Comentarios tipo: “¿Tú puedes tomar Coca-Cola? Pensé que las embarazadas no debían tomar gaseosa” o, “¿Al Starbucks? Tú, de lejitos” o, este que es el peor de todos que me lo dijo la mamá de un compañerito del nido de mi hijo: “Me encanta tu look ahora que estás embarazada, pero para nada me gusta que estés con una copa de vino. Para nada”. ¿Disculpa? ¿Acaso yo te digo algo sobre tu look de gaucha arrabalera? ¿Te digo algo sobre tus dientes llenos de nicotina?

Si me estoy tomando una copa de vino es porque sé que lo puedo hacer sin poner en riesgo a mi bebé, si me tomo una Coca-Cola y un café también es porque sé que no pasa nada si lo hago moderadamente. ¿Acaso porque estoy embarazada no me puedo dar un gustito?  Y, por último a ti ¿qué te importa? He parido ya, dos niños sanos y fuertes con los mismos cuidados. He cargado peso, no he usado faja y al final de cada embarazo he recuperado mi figura tranquila, así que déjenme llevar mi embrazo tranquila y relajada que más daño que el vino, el café o la torta de chocolate que me pueda comer, más daño le hace al bebé que su mamá esté alterada por comentarios impertinentes de gente metiche.