De cumpleaños feliz a casi, casi tragedia

Crónica de cómo un cumpleaños muy feliz casi se convierte en una terrible tragedia. Hace un par de semanas estaba conversando con otras mamás sobre la responsabilidad que una asume al invitar niños ajenos a jugar a la casa: los peligros tontos que hay, las tragedias que ocurren y como una nunca puede dejar de tomar todas las precauciones posibles. Recordé así, un episodio que presencié unos meses atrás, y del cual no escribí antes por… la verdad no sé bien porqué. Pero, pensándolo bien, es importante compartirlo porque puede pasar en cualquier momento.

El dueño del santo cumplía dos años, e hizo una fiestita con los amiguitos del salón y otros niños más. En principio, yo no iba a ir porque me tenía que quedar dando de lactar, pero por suerte, ese día la bebe lactó rapidísimo y se quedó dormida, así que aproveche que era temprano y me fui a la fiesta a estar con mis hijitos “grandes”.  
Cuando llegué, la fiesta estaba en su apogeo: gritos y el show a todo volumen. Como siempre, mis hijos se engrieron conmigo y se quedaron pegados a mis piernas por el resto de la tarde. Así, nos pusimos a ver el show en un costado, parados y apoyados sobre el inflable. El inflable, era uno pequeño, cuadrado, conocido como piscina de pelotas. Era, exactamente al de abajo.

juego inflable en el que casi se produce la tragedia


En esas estaba, disfrutando el show con mis hijitos a mi costado, cuando escucho al lado mío a una nana pidiendo a un niño que pare, que salga de ahí, que no haga eso. Volteo divertida a ver qué pasaba y vi, una escena rara: un niño de aproximadamente 3 años echado sobre puras pelotas tirandose sobre ellas con furia y toda su fuerza, “qué raro pensé”. Cuando en eso, el niño se mueve y me doy cuenta que debajo de las pelotas, hundido y boca abajo ¡había otro niño!! Entré en pánico: si ese niño no salía de encima iba a asfixiar al más pequeño que estaba debajo. Algo me poseyó y me puse a gritar como una loca: “¡saquen a ese niño de acá, saquen a ese niño de acá!” seguido por: “¿dónde está la puerta del inflable? !Que alguien entre! ¡Que saquen al niño de ahí!”. Mis gritos fueron tales que todas las mamás que estaban sentadas alrededor del inflable se pararon, el show semi-paró y el encargado de cuidar el inflable se dio cuenta y rescató al niño que estaba hundido.

Salió morado, respirando raro. Me volvió el alma al cuerpo cuando vi que estaba bien. Era un niñito del salón de mi hija, tenía menos de dos años!! Quedé muy nerviosa, me temblaban las manos y quería llorar: ¿qué hubiera pasado si no me daba cuenta que el compañerito de mi hija estaba debajo de las pelotas? ¿Hubiera sido una tragedia? ¿Cómo podría haberse evitado? A todos los niños les encanta el inflable.  Pero, ¿se imaginan ir a una fiesta dónde hay un accidente fatal? O peor aún, ser la anfitriona de una fiesta de niños donde uno sale muy lesionado o algo más grave incluso? 

Pasé el resto de la fiesta recontra nerviosa y con ganas de llorar, me temblaba el cuerpo y me dolía la garganta de tanto gritar. Mis hijos (que habían estado a mi costado durante toda la escena) no paraban de hacer preguntas y por supuesto, se me pegaron más. Luego, de todo me quedé pensando también: ¿debería contarle esto a la mamá del niñito agredido? Sabía que las otras mamás del nido que estaban ahí y eran más amigas de ella le contarían, pero la que vio todo tal cómo pasó fui yo. ¿Me gustaría que me lo cuenten a mí? Sí, claro. Pero, ¿quería ella qué se lo cuente? ¿Reaccionaría mal?

No la llamé. Opté por mandarle un email y dejarle mis números para que me llame si quería que le cuente lo ocurrido. Obviamente, no se lo iba a contar por correo. No me llamó y nunca me respondió el email. Supongo, que se siente tranquila con lo que sabe que pasó, y qué no es como yo: una neuro_mamá que quiere saber TODO lo que les pasó a sus hijos detalle a detalle. Como sea, desde ese día he aprendido que ninguna precaución es poca, y que es siempre bueno estar súper atentas a todo más aún cuando tenemos a nuestro cargo a niños pequeños. 

Crónica de un examen de ingreso v. 2013: una “sesión de juegos”.

Todos queremos que nuestros hijos ingresen al colegio de nuestros sueños, lo cierto es que la postulación al colegio está cada vez más díficil. Acá comparto mi crónica de un examen de ingreso, en su versión sesión de juegos.

Era lunes 8:45 a.m. estábamos yo y mi pequeño de 3 años y 6 meses en la puerta del colegio al que lo habían invitado a una “sesión de juegos”. Bueno, lo habían invitado a dos sesiones de juegos: una grupal y otra individual. Ese día le tocaba la grupal. Llegamos muy puntuales, 15 minutos antes de la hora citada. Lo había vestido con las mejores galas cumpleañeras que tiene, para que asocien su belleza externa con cualidades positivas internas. Todo al mejor estilo de una especialista en RRHH. Así, que estábamos ahí los dos paraditos esperando pasar el control de seguridad, mientras yo luchaba internamente para que mis nervios (los cuáles honestamente hasta el día anterior no existían) no afloraran y mi hijo entrara lo más tranquilo posible.


En la puerta nos encontramos con otros padres que también llevaban a sus hijos a su “sesión de juegos”. Todos extremadamente serios. Me alegré de haber puesto guapo a mi chino, pues todos estaban con sus mejores galas. Y no solo los niños, sino también los padres. Me arrepentí de mis fachas: short, slaps y un polo, todas las mamás estaban con pantalones de vestir o faldas, y los papás que ni se diga. Todos en terno. Todos menos mi marido que brillaba por su ausencia. Fue una decisión acordada ¿para qué íbamos a ir los dos? ¿Para qué añadirle más ceremonia al asunto? Mejor sólo yo. Al parecer fuimos los únicos que pensamos así. Crucé los dedos para que esto no influyera en la calificación de mi hijo. 

Entramos al colegio. Sentía como el corazón me latía a mil. Miré a mi hijito, estaba tranquilo. Qué bueno pensé, mejor que ni se entere de lo que se está jugando acá. Recordé también que este verano había decidido no continuar con las terapias y dejar que mi hijo disfrute sus vacaciones. No me arrepentía, pero sí me preguntaba si otros padres habrían tomado la misma decisión. No lo creo, pensé. Solo con verlos te dabas cuenta que este asunto era algo que se lo tomaban muy en serio. Quizá demasiado. Me alegré de todas mis lecturas vanguardistas sobre crianza y educación de los niños. Pero, ni modo, con tanta competencia probablemente había puesto a mi hijo en una desventaja.

Llegamos. Podía sentir la tensión en el ambiente. Mientras mi hijo y yo mirábamos unos dinosaurios llegaron las “misses” y se llevaron a todos los niños a la sala de juegos. Me quedé mirando el techo y con un poco de ganas de llorar, culpé a mi embarazo. Traté de hablar con un par de padres, pero nadie tenía ganas. Creo que estábamos demasiado estresados. Agarré mi libro, me metí en la lectura y antes que me diera cuenta ya estaban de vuelta todos los niños.

“Eso es todo” dijeron las misses. Le di la mano a mi chino, que estaba muy feliz. “Nos vamos” – dije- “Nooo, ¿por qué? Quiero jugar más”. Bueno pensé, por lo menos la pasó bien, ese siempre es un buen síntoma. “No te preocupes – respondí – vamos a volver el miércoles para que sigas jugando”. “¿Sí? ¿Por qué, mami?” –  “Porque les caíste muy bien, y quieren seguir jugando contigo”. “Yeeeee, vuelvo el miércoles”. Por lo menos alguien quiere volver, pensé…

Y regresamos el miércoles. Muy puntuales y más relajados. Mi hijo entró contento a su evaluación con la psicóloga, perdón a su “sesión de juegos” y yo me quedé pensando en la frase que escuché decir a un padre con el que nos cruzamos al llegar: “Estas situaciones sí que lo hacen sentirse vulnerable a uno ¿no?” Si pues, aunque me duela el orgullo admitirlo, sí que me hicieron sentir vulnerable, y mucho.

¡Qué vergüenza! ¿Qué hago?

Hace unos tres meses, cuando mi bebé (¿aún se considera un bebé?) tenía 14 meses estábamos en una fiesta y de la nada empezó a pegarle a un niño más pequeño en el saltarín. Grité NOOOO, con toda la fuerza y autoridad que pude. Paró y se quedó mirándome. Aproveche esta pausa para explicarle calmadamente que esa no era una conducta adecuada, mientras lo hacía un niño de aproximadamente 3 años se metió al saltarín. Pensé que luego de mi charla no había nada que temer. Pero, en menos de un minuto mi pequeño redujo a ese niño y lo hizo llorar. Yo quería llorar junto con el mientras la mamá del niño gritaba que saquen a ese chiquito del saltarín porque no dejaba jugar a nadie y yo trataba de comprender que le había pasado a mi otrora amigable hijo.

Estaba preocupada. No sabía qué hacer. Tenía una mezcla de vergüenza e ira frente a ese pequeño desobediente y pegalón, pero sobretodo sentía preocupación. ¿Por qué pegaba? ¿No le estaba dando suficiente atención y así me la reclamaba? ¿Sería quizá porque estaba yendo dos veces por semana a unas vacaciones útiles sin mí? O ¿simplemente estaba pasando por una etapa y no debería preocuparme? Una vez logré que se calmara, la fiesta continuó sin mayores contratiempos, pero yo ya estaba intranquila.
¿Qué había pasado? ¿Cómo podría controlar un nuevo episodio de estos? Llegué a casa y se lo comenté a mi esposo. Decidimos dejarlo como un episodio aislado. Pero, luego vinieron varios, varios más en los que a veces mi hijo simplemente llegaba a un lugar con la mano en alto para pegar a quien se le cruzara en el camino. Hice TODO lo que me aconsejaron el pediatra, amigas psicólogas, mi mamá, mi hermana, mi suegra, etc. Traté de recordar todos los capítulos que he visto de programas como súper niñera o niñera S.O.S, pero nada daba un resultado duradero.

Estaba abrumada, y había perdido confianza en mi forma de criar. No entendía, y aún no entiendo del todo que mueve a mi hijo a actuar de esa manera y como puedo ayudarlo a pasar esta etapa. Puede ser que se deba a que estoy embarazada, pero cuando empezó a pegar yo no estaba embarazada aún. Solo se, que de tanto preguntar y hacer lo que otros decían, dejé de lado mi instinto, dejé que me influenciaran demasiado consejos y sugerencias de terceras personas, que lo único que lograron fue confundirme más.

Felizmente, decidí (después de un buen tiempo) hacer caso a mi instinto y buscar ayuda psicológica para mí. Necesito mantener la calma y la confianza en mí misma mientras ayudo a mi hijo a pasar por esta etapa. Y es increíble, pero en tan solo unas semanas al estar yo más confiada y segura, la conducta de mi hijo ha mejorado bastante. Claro, no es que ahora sea un suave angelito (probablemente nunca lo sea, y no lo quiero así tampoco, me encanta su personalidad fuerte), pero de hecho juega más y pega menos y yo estoy más preparada para a enseñarle como enfrentar situaciones difíciles con otros niños.

Un Verano divertido

Mi hijo de 3 años estaba pasando un verano de lo “más divertido” hasta que el día de ayer, él que es un preguntón, me pregunta esto:
          “Mamá, ¿por qué todos los días tengo que hacer algo?” “Siempre tengo clases de algo. Ya me cansé”.  
          “Porque hijito, es divertido. Aprendes cosas nuevas,  te diviertes, juegas con tus amigos y la pasas súper bien”. 

Además, esto no me atrevo a decirlo en voz alta, la competencia para ingresar al colegio es FEROZ y a ti, a tus cortos 3 años te toca dar tus exámenes de ingreso en marzo, y queda muy poco tiempo para eso. Te enfrentarás, quizá sin tenerlo muy claro, a una evaluación que queramos o no será crucial en tu formación futura. Y, lamentablemente con las reglas de juego existentes, es algo de lo que no puedes escapar.    
Chld playing with bubbles in the sea shore
Foto de Jarslaw Mi´s

Sé que no es culpa tuya la demencia que se vive hoy en día con el ingreso a los colegios. Estás siendo arrastrado por una vorágine de locura en la que todos tenemos una responsabilidad: educadores, colegios, padres de familia y por supuesto el Estado (que algo está tratando de hacer…). Tampoco es culpa tuya, que dentro de esta locura entren en juego también, las expectativas (léase neurosis) de tus padres, abuelos, tíos y tías. Y, que estas expectativas tengan mucho que ver con el ego y la vanidad de tus padres. Y, por último, sé que tampoco es culpa tuya que en tu nido me hayan dicho, que –a pesar que sacas A en todo  y eres el más pequeño del salón – tienes débiles dos fonemas que ya deberías tener 100% dominados, que no coges bien el lápiz, que te molestas muy rápido (eso lo sacaste de tu papá) y, encima, solo sigues las instrucciones cuando te place y la gana se te da. Sin contar también, que todos tus compañeritos están en mil clases, academias y terapias. Lo que le pone más estrés a la situación.

Así que, lo siento mucho hijito lindo pero este verano tendrás que olvidarte de tu cuarto de juegos y tus juguetes. Tendrás que ir a tu terapia de lenguaje, a tu terapia de psicomotricidad acoutourier para controlar tu carácter, a clases de natación (para tonificar tus músculos que son “laxos”), al fútbol porque los niñitos deben jugar fútbol como parte de la socialización masculina (no quiero que seas la lorna que no tiene amigos por no poder jugar una pichanga) y finalmente irás, a tus queridas clases de golf, lo único que tú elegiste, lo único que pediste para hacer este verano y que tu papá y yo casi no aceptamos porque nos habían recomendado artes marciales para un carácter duro e impaciente como el tuyo.  

Quisiera poder zurrarme en estas recomendaciones, no ser tan neurótica y dejar que el proceso fluya, dejar que madurez naturalmente y que aprendas las cosas a tu ritmo y en tus propios tiempos, no en los tiempos que imponen estos indebidos exámenes de admisión, los cuales – lo reconozco – son avalados con actitudes como la mía.

 … Pero,… ¿Sabes qué? No quiero avalar más conductas demenciales. Quiero ser menos neuro y ser más mamá. Me cuesta, y mucho. Porque esto me importa, y mucho. Pero, mi intuición me dice que a tus 3 años y 3 meses mereces disfrutar tu verano haciendo lo que te place. Quizá tu papá me mate por esto, pero, tus clases se acabaron hoy. Aprenderás a jugar fútbol cuando tengas ganas, te meterás a la piscina con tus flotis hasta que tengas piso o te de vergüenza y quieras aprender a nadar (lo que pase primero). Se acabó esa terapia cuyo nombre no puedo ni escribir. Y, ¿sabes qué más? si te chotean de un colegio porque a los 3 años tienes dos fonemas débiles, pues ese colegio se pierde todo tu increíble potencial y talento. 

Si quieres, te quedas con las clases de golf. Solo si quieres, pero, este mes de febrero es tuyo, todo tuyo para que juegues con tus juguetes, corras en el parque, mires tele, te aburras un rato también y, por supuesto, te pelees con tu hermana que estoy segura será lo más valioso que podrás hacer este verano.

Las fiestas infantiles parte 2: La fiesta de mi hijo

En uno de mis últimos posts #las fiestas infantiles#, me quejo sobre la competitividad que generan – entre las madres – las fiestas de los niños. Bueno, quizás no me queje del todo, pero definitivamente sí comparto mi extrañeza por el hecho que las fiestas han dejado de lado la sencillez a la que mi generación estaba acostumbrada: chizitos, canchita, gelatina y con suerte un payaso, y privilegian la fastuosidad. Hoy en día, la sofisticación de las madres limeñas (porque, según veo es un fenómeno exclusivo de Lima) ha creado toda una industria en la que se deben mover varios millones de soles al año.

Las invitaciones, toman casi tan tiempo de elaboración como los partes de matrimonio, y en muchas ocasiones son incluso más ingeniosas que los mejores productos de merchandising de las grandes corporaciones. A mi casa han llegado invitaciones que eran CDs con música moderna para niños y grandes con el nombre y foto de la cumpleañera cuál estrella de rock, DVDs con la película del tema del cumpleaños, un cofre pirata con monedas de chocolate, tarjetas interactivas y varias tarjetas tipo magnetos para la refrigeradora. Por otro lado, ya en la fiesta los toldos imitan castillos de princesas que le darían envidia a la propia Cenicienta; y para los niños estos reproducen espacios de súper héroes que ni a los ejecutivos top de Marvel se les hubiera ocurrido.

Con tanto despliegue de magia y producción es difícil no contagiarse y querer también ser protagonista de una fiesta apoteósica.  Así, que yo también fui “víctima” de la millonaria industria de las fiestas infantiles y celebré la fiesta de mi hijo con la intención de dejar la magia de Disney como un chancay de a veinte. Y si bien fue una inversión considerable (llamémoslo inversión, porque no es un gasto cuando se trata de nuestros hijos 😉 ) valió la pena cada centavo.

Valió la pena, no sólo porque tuve la fiesta que cuando niña siempre soñé y nunca tuve (los padres de mi generación no eran tan dados al gasto), sino –y sobre todo-porque mi hijo, el dueño del santo, estuvo FELIZ. Estaba fascinado viendo a Spiderman, Doki, el Show de los Muppets, La era del Hielo; fascinado por encontrarse con todos sus amiguitos. Además, no sólo disfrutó él, sino también mi hijita menor, mi esposo, todos mis invitados y por supuesto, yo.

No se puede negar que hacer una fiesta de este estilo es bastante superfluo, y muchas veces los niños son igual de felices con algo menos elaborado. Pero, lo cierto es que si bien estas fiestas las hacemos principalmente pensando en nuestros niños, las mamás disfrutamos tanto el proceso y la organización y las hacemos con tanta ilusión que, si podemos darnos el gusto, realmente ¿por qué no?

La fiesta de mi hijo

“Es solo una fiesta para niños, no puede ser tan complicado. No me digas que no hay en Lima – una ciudad con más de 8 millones de habitantes – otros proveedores que no sean esos tres que no están libres”.  Me decía mi esposo, hace unas semanas atrás, cuando al borde de la desesperación le conté que ni la “party planner”, ni el show, ni la “caterer” que yo quería estaban libres para el cumpleaños de nuestro hijo mayor.

La verdad, que yo tampoco entiendo, sobre todo porque los llamé, con  lo que yo creí que era un exceso de anticipación: 3 meses antes. Además, pensé que dado el excesivo costo de sus servicios, me iba a ser fácil separarlos. Y sobre todo, lo que menos entiendo, es porqué son los únicos con los que puedo trabajar. La presión social de mi círculo de pares, hace que sea imposible hacer una fiesta que no cumpla con los estándares mínimos suministrados por estos proveedores. ¡Estoy frita!

Y es que es difícil comprender, sobre todo para aquellos fuera del círculo de neuro_mamás, el  por qué tener que trabajar con los mismos proveedores, el por qué tener que impresionar a nuestros invitados con la cantidad de muñecos en el show, la calidad de la comida y la calidad y cantidad de las sorpresas para los niños. Es cierto, que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero,  ¿es esto, realmente lo mejor? Lo que quizá jamás nadie comprenda, es que secretamente, muy secretamente, las mamás competimos por quién hace la fiesta más linda: con la mejor decoración, el mejor show, lo mejor de todo y, no olvidar: ¡quién se ve más regia ese día!

Y, a pesar, que conscientemente no quiera competir, y me parezca una tontería superlativa. Lo cierto es, que ya estoy en la competencia. Solo por haber elegido ese nido para mi hijo, por postularlo a ese colegio, por frecuentar ese círculo. Y no lo voy a negar: me gusta competir y quiero ganar. No solo porque quiero darle lo mejor a mi hijo en su cumpleaños, sino también porque eso es a lo que él ya está acostumbrado. En sus cortos tres años de vida, esos son los estándares que él conoce.

Desafortunadamente, con el tiempo corriendo en mi contra, no puedo detenerme a filosofar sobre la vanidad que me rodea.  Así, que he tenido que hacer uso de mis mejores armas: mis contactos entre las “mamás high”, y,  llamar a estos proveedores – no como cualquier hija de vecina – sino como “socia”. Y, conseguir que tengan algunas cancelaciones (de otras mamás no tan bien conectadas). Y, ya tengo a la mejor party planner organizando el cumple de mi hijo, a uno de los mejores shows en escena, y por supuesto, la comida va a estar espectacular, con la “caterer” especializada.

Ya puedo relajarme y descansar. Aunque claro, lo que nunca me va a dejar descansar es, esa parte de mí que constantemente me repite: ¿de verdad es todo esto necesario? ¿Qué pasó con lo más importante: qué tus hijos la pasen bien y estén felices? ¡Es solo una fiesta infantil! ¡Con canchita, gelatina y un mago, debería ser suficiente!

 Y es que quizá, en donde estoy y como soy, nunca sea suficiente.   

Mamás pisadas, hijos desquiciados

Hace unos días mientras tomaba un café con una amiga, ocurrió un extraño incidente – de esos que te dejan con cierto desasosiego una vez que han terminado – así, de esos que te dejan pensando. Quizá no hubiera sido tan extraño si la persona encargada de cuidar al niño (en este caso la mamá) hubiera ejercido un mejor control sobre su hijo. Pero, claramente la señora en cuestión no ejercía ningún tipo de autoridad sobre su hijo. Era el típico caso de
una mamá totalmente pisada y sometida por su hijo (ya) desquiciado.

La cosa sucedió algo así: mi amiga y yo estábamos felices de la vida tomando nuestro cafecito cuando de la nada un niño de unos 5 años le tira un juguete en la cabeza a mi amiga y le pregunta con tono de mando: ¿Cuál es tu nombre?  … (silencio) Mi amiga y yo estábamos en shock. El niño volvió a preguntar: ¿Cuál es tu nombre? Shock total. Levanté la vista para ver qué adulto “cuidaba” al niño y vi a su mamá;  no decía nada, no hacía nada, se limitaba a contemplar a su hijo. Sin poder salir de mi asombro ante la actitud de la madre y viendo el fastidio de mi amiga, le pregunté al niño: “¿Qué pasó? ¿Te confundiste?”. A lo que respondió: “No, yo quiero saber su nombre”. Miró a mi amiga y le dijo: “¿Cómo te llamas? ¡Dime tu nombre!”. A lo que ella – para mi sorpresa – respondió: “No quiero”.

Niño mirando a la cámara con cara de loco

Shock total. Levanté la vista de nuevo, buscando a la madre de la criatura para que haga algo pero, ella sólo atinaba a decirle a su hijo en una voz muy suave y sin una pizca de autoridad: “ven, ven, por favor ven.” Por supuesto, el niño ni se inmutó, y más bien me amenazó: “Si no me dice su nombre, le vuelvo a tirar esto, ¿ya?, y a ti también”. Nunca me había enfrentado a tanta malcriadez de un niño extraño. Para ser honesta no sabía bien qué hacer: ¿lo corregía yo? ¿obligaba a la madre a corregirlo? ¿le llamaba la atención a la madre? ¿Qué podía hacer? Una vez más, busqué con los ojos a la madre de la criatura para decirle que se lo llevara, pero no solo no se atrevía a mirarme, sino que parecía que se iba a poner a llorar. Así, que miré al niño y le dije con el tono más firme que pude: “ándate con tu mamá”, a lo cual el niño replicó algo. Volví a insistir: “mejor ¡anda con tu mama!, anda con tu mamá ahora”. El niño seguía clavado en su sitio… en un último intento hice contacto visual con la madre quien se armó de valor y mirando al piso se llevó a su hijo.

Terminado el incidente no podía pensar en otra cosa, ¿Qué le había pasado a esa mamá? ¿en qué momento perdió el control de su hijo? ¿por qué no lo corregía? ¿Tendría vergüenza de corregir a su hijo delante de dos desconocidas? ¿No es acaso más vergonzoso que se porte así? o ¿es que acaso las mamás estamos tan cegadas por el amor incondicional hacia nuestros hijos que no nos damos cuenta que a los demás, sus “gracias” les pueden parecer inoportunas y antipáticas? O peor aún, ¿tenemos miedo las madres de contrariar a nuestros hijos y que no nos quieran? ¿tenemos miedo de corregirlos y que se molesten con nosotras? ¿Acaso, nos olvidamos que el amor y el respeto vienen de la mano, y que a largo plazo el niño valorará más a una madre firme que le otorgue estructura con reglas claras? ¿No es mejor ser alguien a quien nuestros hijos puedan admirar?

Este incidente me dejó pensando muchas cosas. Mi hijo tiene un carácter muy, muy fuerte. Yo quiero que sea un niño seguro de sí mismo, que me quiera y me respete y respete también al otro. Soy consciente que necesito armarme de valor y coger toda mi fuerza de voluntad para doblegar el carácter de mi pequeño tirano, pero después de este episodio tengo más certeza que nunca, que aunque se me rompa el corazón no puedo permitirle que haga lo que se le dé la gana y por muy pequeño que sea tiene que aprender a no atropellar a la gente. Tiene que aprender que hay límites, tiene que aprender que la mamá manda.

Nos va costar bastante, pero ya tuve la oportunidad de ver el futuro y no me gusta. Gracias a Dios, estoy a tiempo de cambiarlo.

El nido parte II: ¿Cuál es el apuro?

Como no puedo con mi genio he seguido averiguando con todos mis conocidos cuyos hijos tienen más o menos de la edad de mi hijo si es que van a mandar a sus hijos al nido y cuando lo van a hacer. Y todos aquellos que están en un rango de entre 6 meses más o menos que mi hijo van a asistir al nido el próximo año. Los mayores empiezan en marzo y los menores en agosto y por supuesto, todos ya tienen su matrícula pagada. El único niño de 1 año que conozco que no tiene planes para ir al nido, ni a nada parecido el próximo año (o sea, de 1 año y medio) es mi hijo.

Pero, es que no me parece que sea tiempo aún de mandarlo. Claro, que lo que todas te dicen es que es mejor que vaya al nido a que esté en la casa todo el día con las empleadas. No estoy de acuerdo, si tú tienes una buena nana y confías en ella no veo por qué no puedas dejar a tu hijo en un ambiente seguro y familiar donde está cómodo, protegido y dispone de toda la atención que requiere. Además, si tienes la suerte de no trabajar, o trabajar cerca o dentro de casa realmente no vale la pena exponerlo. Por supuesto, para algunas personas esto es totalmente irracional, pero realmente no entiendo la necesidad de adelantar etapas. ¿Por qué no esperar a que estén emocionalmente más maduros antes de mandarlos al nido? Antes de los dos años no están listos para seguir normas sociales, por muy adelantados que sean.

De todas maneras después de pensar sobre las necesidades emocionales e intelectuales de mi hijo y machacar y machacar con el tema a quien me quiera escuchar o –en este caso- leer. He decidido que la mejor alternativa es matricular a mi pequeño en clases de estimulación temprana (aunque creo que a su edad – 1año y 1 mes – y dados los niveles de adelanto de hoy, ya sería una estimulación tardía, jajaja). Para mí, es la mejor opción: es sólo 2 o 3 veces por semana, dura una hora, la hace con la mamá o el papá (o incluso con la nana si ningún familiar puede), socializa con otros niños y aprende cosas nuevas. Es perfecta para neuro-mamás como yo que sienten que sus niños todavía no están listos para el nido.

Claro que la estimulación temprana también es todo un tema. Si se usa para reforzar el vinculo madre-hijo, o se usa para que el niño aprenda cosas antes que el promedio, cosas que –según mi hermana la psicóloga– de todas maneras aprendería a su propio ritmo, pero hay padres estresados (ejem) que quieren que aprendan todo, y todo rápido. En fin. Hay estimulación con danzas y juegos, estimulación con música, estimulación en el arte, estimulación del instituto Loczy, el popular Mami & yo, es decir, hay para todos los gustos. Que no les quede duda, que el próximo año mi pequeño y yo estaremos muy ocupados, porque obvio que nos matricularemos a todos los tipos de estimulación que ofrece el mercado Limeño. Ay, pues es que si no lo matriculo en todas no sería una neuro-mamá.

¿Y ya pensaste en el nido?

La verdad es que yo no lo había hecho, y no porque no me preocupara la educación de mi hijo sino que a sus 10 meses de vida me parecía que le faltaba aún un largo camino por recorrer. Por eso, cuando estaba en una reunión con un grupo de neuro-mamás recontra “hard core” (de esas que me hacen quedar como un chancay de a veinte) que no solo habían mandado o pensaban mandar a sus hijos al nido ni bien cumplido el año, sino que habían hecho reservas en el nido de su preferencia con más de 6 meses de anticipación e incluso llevaban a sus hijos a clases de estimulación temprana (a varios centros) desde los tres meses de edad. No pude evitar asustarme por mi desidia en el tema educativo. ¡Mi hijo se iba a quedar sin ir al colegio!

En el camino a casa trate de calmarme, miraba a mi bebe y recordaba lo mosca que era: gateó a los 5 meses, decía papá y mamá al padre correcto, prácticamente caminaba solo… Sin embargo no podía quitarme de la cabeza su falta de asistencia a un centro de educación institucionalizado. No habíamos ido a ninguna clase de estimulación de nada. Me asusté aún más cuando le conté a mi esposo esto y con cara de pánico me empezó a enumerar a todos los hijos de sus amigos que no habían ingresado al colegio, ¡no podíamos permitir que nuestro pequeñín se atrase!

Empecé a averiguar por todas partes y descubrí todo un mundo nuevo, un mundo donde oh, horror!! Si no te apuras en reservar la matricula de tu hijo en el nido corres el riesgo que llegado marzo tu hijo no tenga a donde ir. Claro, que no es que no haya nidos y todos estén full (o sea, no hay tantos niños en Lima), es simplemente que ese nido que tu quieres, el nido con el que sueñas, el nido que trazará el futuro no solo educacional sino también social de tu hijo, ese! está lleno. Y hay lista de espera. Y esto genera un círculo vicioso en el que las neuro-mamas angustiadas se apuran en separar la matricula con meses, algunas incluso años de anticipación.

Llamé a los nidos más conocidos, y por supuesto -no encontré cupo. Busqué frenéticamente en todos los nidos que me habían recomendado y no tuve suerte. Finalmente cuando ya había tirado la toalla encontré un nido que aunque nuevo era bilingüe, ofrecía educación interactiva y el método de enseñanza socrático en el que – gracias a Dios – quedaba un cupo. Le rogué a la encargada que me reservara el espacio que iría a pagar al día siguiente. Llegué a mi casa feliz: mi hijo no sería analfabeto. Fui corriendo a abrazarlo mientras él gritaba de emoción y agitaba los brazos para que lo cargara. Fue ahí cuando caí en cuenta que lo más importante que tenia para ofrecerle a mi hijo era tiempo, tiempo conmigo forjando un vínculo emocional sólido (gracias a mi hermana psicóloga por el dato) y que el tiempo se pasa rápido y mi bebé, seria mío solo mío por poco tiempo más.

Al día siguiente llamé al nido a disculparme, mi hijo no asistiría el próximo año… se quedaría en casa aprendiendo con su mamá. Ya tendrá muchos años por delante para estudiar.