El trabajo: ¿Cuál es tu reto más grande?

Hace unos días recibí un pedido para llenar una encuesta sobre como manejan su rol de madres las mujeres que trabajan. La encuesta tenía varias preguntas sobre quién cuidaba a los hijos, quién era el principal contribuidor a la economía familiar, entre otras cosas. La que más llamó mi atención fue una pregunta abierta que indagaba sobre cuál era el reto más duro al que una sentía que se tenía que enfrentarse como madre trabajadora. Al ser una pregunta abierta las opciones eran ilimitadas, pero no me tomó mucho tiempo decidirme: la culpa.

Hace un tiempo escribí que había dejado de trabajar voluntariamente cuando mi bebé nació. Una vez superados los primeros meses, y con ellos los miedos y angustias naturales me entraron ganas de volver a trabajar, de utilizar todo el potencial que tengo, de tener otros temas además de pañales y nidos. Así que decidí volver al campo laboral, claro que no a un empleo a tiempo completo, esos de 8 horas de lunes a viernes en los que una no es dueña de su tiempo. Decidí auto emplearme y trabajar como consultora independiente. Claro que no fue inmediato, entre que me decidía por una estrategia de trabajo, desempolvaba mi agenda de contactos profesionales para ofrecerles mis servicios y seguía pasando todo el tiempo que podía con mi hijo pasó un buen tiempo. Mi hijo tenía 1 año 4 meses cuando finalmente llegó mi primer cliente.

Pero junto con la alegría de conseguir mi primer cliente y los retos profesionales que esto traía, vinieron también los sentimientos de tristeza y culpa por tener que limitar la cantidad de tiempo que pasaba con mi pequeño. Mientras mi trabajo me permitía estar en casa y trabajar desde ahí, podía manejar tranquilamente la situación. Pero, cuando las circunstancias requerían que me ausente de casa, la situación era horrible. Dejaba a mi pequeño llorando, y gritando: “No mamá, no trabayo”, y me iba con el corazón en la boca. Llamaba a la casa para cerciórame que este bien, solo para escucharlo llorar de nuevo al oír mi voz. Las primeras veces fueron terriblemente duras, se me llenaban los ojos de lágrimas y me repetía a mi misma que esto era bueno para los dos: nos daría más independencia… aunque la verdad aún no estoy segura cómo.

Tenía, tengo aún sentimientos encontrados. No quiero dejar sólo a mi hijo, quiero pasar con él todo el tiempo que me sea posible, verlo crecer, acompañarlo mientras descubre el mundo; pero por otro lado, necesito trabajar. Por mi autoestima, por mi salud mental, porque no quiero sentir que invertí tanto en mi educación por gusto, y porque tengo que admitirlo: me hace feliz.

Es interesante, como el trabajar me ayuda a realizarme, pero a la vez me hace sentir culpable. Me parece increíble el sentir que cada vez que hago algo relacionado al trabajo siento que debería estar haciendo algo relacionado con mi hijo; y cuándo paso mucho tiempo con mi hijo siento que debería pasar más tiempo enfocada en mi trabajo. No me doy tregua. Siempre siento que me pierdo de algo. No sé, si esto le pasa a muchas madres que trabajan, pero lo cierto es que me pasa a mí. Tan es así, que ahora mientras escribo estas líneas y escucho a mi hijo reírse abajo pienso: “la que me estoy perdiendo, mejor bajo y dejo esto de lado para departir con él”. Sí, mejor bajo…

Mamás pisadas, hijos desquiciados

Hace unos días mientras tomaba un café con una amiga, ocurrió un extraño incidente – de esos que te dejan con cierto desasosiego una vez que han terminado – así, de esos que te dejan pensando. Quizá no hubiera sido tan extraño si la persona encargada de cuidar al niño (en este caso la mamá) hubiera ejercido un mejor control sobre su hijo. Pero, claramente la señora en cuestión no ejercía ningún tipo de autoridad sobre su hijo. Era el típico caso de
una mamá totalmente pisada y sometida por su hijo (ya) desquiciado.

La cosa sucedió algo así: mi amiga y yo estábamos felices de la vida tomando nuestro cafecito cuando de la nada un niño de unos 5 años le tira un juguete en la cabeza a mi amiga y le pregunta con tono de mando: ¿Cuál es tu nombre?  … (silencio) Mi amiga y yo estábamos en shock. El niño volvió a preguntar: ¿Cuál es tu nombre? Shock total. Levanté la vista para ver qué adulto “cuidaba” al niño y vi a su mamá;  no decía nada, no hacía nada, se limitaba a contemplar a su hijo. Sin poder salir de mi asombro ante la actitud de la madre y viendo el fastidio de mi amiga, le pregunté al niño: “¿Qué pasó? ¿Te confundiste?”. A lo que respondió: “No, yo quiero saber su nombre”. Miró a mi amiga y le dijo: “¿Cómo te llamas? ¡Dime tu nombre!”. A lo que ella – para mi sorpresa – respondió: “No quiero”.

Niño mirando a la cámara con cara de loco

Shock total. Levanté la vista de nuevo, buscando a la madre de la criatura para que haga algo pero, ella sólo atinaba a decirle a su hijo en una voz muy suave y sin una pizca de autoridad: “ven, ven, por favor ven.” Por supuesto, el niño ni se inmutó, y más bien me amenazó: “Si no me dice su nombre, le vuelvo a tirar esto, ¿ya?, y a ti también”. Nunca me había enfrentado a tanta malcriadez de un niño extraño. Para ser honesta no sabía bien qué hacer: ¿lo corregía yo? ¿obligaba a la madre a corregirlo? ¿le llamaba la atención a la madre? ¿Qué podía hacer? Una vez más, busqué con los ojos a la madre de la criatura para decirle que se lo llevara, pero no solo no se atrevía a mirarme, sino que parecía que se iba a poner a llorar. Así, que miré al niño y le dije con el tono más firme que pude: “ándate con tu mamá”, a lo cual el niño replicó algo. Volví a insistir: “mejor ¡anda con tu mama!, anda con tu mamá ahora”. El niño seguía clavado en su sitio… en un último intento hice contacto visual con la madre quien se armó de valor y mirando al piso se llevó a su hijo.

Terminado el incidente no podía pensar en otra cosa, ¿Qué le había pasado a esa mamá? ¿en qué momento perdió el control de su hijo? ¿por qué no lo corregía? ¿Tendría vergüenza de corregir a su hijo delante de dos desconocidas? ¿No es acaso más vergonzoso que se porte así? o ¿es que acaso las mamás estamos tan cegadas por el amor incondicional hacia nuestros hijos que no nos damos cuenta que a los demás, sus “gracias” les pueden parecer inoportunas y antipáticas? O peor aún, ¿tenemos miedo las madres de contrariar a nuestros hijos y que no nos quieran? ¿tenemos miedo de corregirlos y que se molesten con nosotras? ¿Acaso, nos olvidamos que el amor y el respeto vienen de la mano, y que a largo plazo el niño valorará más a una madre firme que le otorgue estructura con reglas claras? ¿No es mejor ser alguien a quien nuestros hijos puedan admirar?

Este incidente me dejó pensando muchas cosas. Mi hijo tiene un carácter muy, muy fuerte. Yo quiero que sea un niño seguro de sí mismo, que me quiera y me respete y respete también al otro. Soy consciente que necesito armarme de valor y coger toda mi fuerza de voluntad para doblegar el carácter de mi pequeño tirano, pero después de este episodio tengo más certeza que nunca, que aunque se me rompa el corazón no puedo permitirle que haga lo que se le dé la gana y por muy pequeño que sea tiene que aprender a no atropellar a la gente. Tiene que aprender que hay límites, tiene que aprender que la mamá manda.

Nos va costar bastante, pero ya tuve la oportunidad de ver el futuro y no me gusta. Gracias a Dios, estoy a tiempo de cambiarlo.

¡Necesito una nana! ¿Qué hago?

Una vez resuelta la disyuntiva de tener o no una nana y, decidiéndonos por tener una, entramos al lento e –increíblemente – angustiante proceso de elegir una nana. Conseguir una buena nana no es cosa fácil. Hay muchas chicas que quieren trabajar como nanas atraídas por los altos sueldos pero que carecen de experiencia y roce. Por otro lado, las nanas con experiencia y debidamente acreditadas quieren ganar unos sueldos de lujo (¡más que una oficinista!) y no quieren trabajar cama adentro. Aquellas que sí quieren trabajar cama adentro, no cobran tanto pero son una especie en extinción, y están tan pedidas que en las agencias (las top) hay lista de espera para conseguir una. La espera puede durar hasta 5 semanas.

Eso no es todo, el proceso se ha vuelto bastante sofisticado y profesional. Hay agencias especializadas que capacitan a las chicas y cobran comisiones altísimas. En estas agencias, uno ve el perfil de varias postulantes con sus respectivos currículos que incluyen: cartas de recomendación, certificado de estudios, certificados de notas (incluso del colegio), exámenes médicos (incluyendo análisis clínicos) y perfil psicológico, además de incluir el certificado de antecedentes penales. Todas las agencias ofrecen garantía, se puede cambiar de nana –en caso algo no funcione – en un plazo de hasta 6 meses.

Una vez que la agencia tiene candidatas que cumplen con los requisitos solicitados por las mamás – algunas agencias piden un perfil de familia para garantizar un mejor match – empiezan las entrevistas. Empiezan a desfilar una a una, todas las chicas. Responden las típicas preguntas, algunas con soltura y otras no tanto. El proceso de selección puede ser largo y doloroso. Tengo una amiga que entrevistó a 20 nanas y no eligió a ninguna, finalmente se decidió por una que conoció en un parque (un excelente lugar para “robar” nanas ya que las puedes ver en acción).

Pero, el proceso de selección no tiene que ser necesariamente tan difícil. El problema son las exigencias que nosotras –las neuro-mamás- ponemos. Unos requisitos que ya quisiera la oficina de admisiones de Harvard: que tenga buena presencia, que sea pulquérrima; que sea menor de 30 años pero mayor de 28, que sea mayor de 35 pero menor de 40; que tenga hijos, que no tenga hijos, que sea casada, que sea soltera; que sea flaca para que tenga energía y corra de tras de mi bebe, que sea alta porque mis hijos son grandes, que sea baja para que este a la altura de los niños; que sea divertida (¿?); que sea de provincia, que sea de Lima… en fin.

Si bien a algunos estos requisitos pueden sonar tontos, lo cierto es que para las mamás todos tienen una base psicológica y emocional importante. Y cuando se trata de elegir, lo mejor es NO desesperarse (aunque suene a misión imposible), tener claro lo que uno quiere y guiarse por la intuición. En mi caso es lo que mejor me ha funcionado, y no he entrevistado más que a 3 personas.

Nana: ¿tener o no tener?

La verdad es que no soy fan de las nanas. Tener que compartir la crianza, los cuidados y sobre todo el amor de mi pequeño con una extraña no me agrada en absoluto. Ver como mi bebe mira con ojos de amor a otra persona que no soy yo me revienta, y en un principio me estresaba sobremanera que no pudiéramos generar correctamente el tan importante vínculo madre-hijo por tener siempre una tercera persona al lado.

Así que cuando estaba embarazada decidí que la ayuda de una nana no era necesaria, que yo sola iba a poder con mi hijo, con la casa y con mi carrera. La realidad se encargó de mostrarme cuan equivocada estaba. Si bien la familia ayuda, al final del día todos tienen su vida y no podía contar con que siempre iba a haber alguien para socorrerme. Además, los cuidados de un recién nacido abruman a cualquiera. Al 3er mes de estar sola necesitaba ayuda a gritos. Estaba al borde de la locura: seguía tan gorda que todavía usaba ropa de maternidad, no tenía ningún proyecto personal establecido, y algunos días (varios en verdad) ni siquiera me alcanzaba el tiempo para ducharme. Necesitaba una nana y ¡urgente!

Niña con nana alimentando caballo

Tuve suerte y encontré rápidamente una nana con todas las características y requisitos que buscaba. Funcionó muy bien hasta hace un par de meses en que – con pena – la tuve que invitar a retirarse. Ahora, estoy sola con mi bebé de 15 meses, y nuevamente me encuentro en el dilema de tener o no una nana. Si bien, ahora es más fácil, también es físicamente más extenuante y también ahora tengo más proyectos y temas que atender. De igual manera, las inseguridades que tenía en un principio: no generar el vínculo correctamente, que la quiera más a ella que a mí, están totalmente disipadas. Está claro para mi bebé que yo soy su mamá y el vínculo es tan sólido como puede ser.

Sin embargo, aún tengo reparos en contratar una nana. Lo cierto es que no me asumo como una de esas madres nana-dependientes, y no entiendo porque tengo esas necesidad de querer hacerlo todo yo. Debo de entender que no me hace mala madre contratar ayuda. También soy consciente que necesito tiempo para mí, para mis cosas y para mi esposo (que está relegado a un quinto plano y me lo hace notar constantemente). Debo reconocer (nuevamente) que necesito ayuda y que –por el bien de mi familia – debo buscarla ¡ya!

¿Es posible tenerlo todo?

¿Es posible tenerlo todo?

Hace varios años atrás mi hermana volvió de una charla dictada por una prestigiosa mujer de negocios con una idea fija: NO se puede tener todo en esta vida, si quieres dedicarte bien a algo debes optar. Se refería principalmente al conocido dilema de la mujer moderna: trabajo o familia. Según esta mujer, no se podía triunfar en los dos al mismo tiempo. Si quieres ser la súper empresaria de éxito, no puedes ser la mamá que lleva y recoje todos los días a los niños del colegio, hace tareas con ellos y les cambia pañales y les limpia los mocos todos los días. Para mi hermana fue una revelación; en cuanto se casara y tuviera hijos se le acababa la vida profesional. A mí ni me interesó; tenía 22 años y todas las ganas de comerme el mundo. Esa mujer no habría podido con todo, pero yo sí iba a poder.

Una mujer sonríe feliz dentro de un carro

Pasó el tiempo y me fui a hacer la maestría de mis sueños, en el último año salí embarazada y conseguí una oferta de trabajo inmejorable… la cual fue retirada cuando se enteraron que tenía 7 meses de embarazo. Me dolió un poco, sobre todo me dolió que algo que me hacía tan feliz (como mi embarazo) de cierta manera resultara incompatible con otra cosa que también me causaba mucha felicidad: mi desarrollo profesional. No me desanimé; de todas maneras necesitaba tiempo para ordenar mi vida y mi mundo para la llegada del bebe. Eso sí, dejé de buscar trabajo, no valía la pena, con mi panza de 7 meses ni siquiera me consideraban. Ya, en cuanto naciera mi hijo retomaría la búsqueda.

Y nació mi hijo. Jamás pensé que llegaría amar a alguien con tanta intensidad. Un sentimiento indescriptible y tan fuerte que me hizo pensar que los 3 meses que yo me había dado a mi misma de plazo para empezar a buscar trabajo eran muy pocos. Necesitaba al menos unos 6 para poder dejarlo y salir a trabajar. Y llegaron los 6 meses, los 9, y finalmente llegó el año… y con ellos todos los plazos para reincorporarme al mundo laboral. No lo hice, ni siquiera hice el intento. No pude, y aún ahora (a los 15 meses) la sola idea de dejar a mi bebé por tantas horas en manos que no son las mías, me crispa. Y es ahora, cuando recuerdo la conclusión que trajo mi hermana.

No quiero abandonar mi carrera profesional, pero no quiero perderme el día a día con mi hijo. No puedo evitar pensar que estoy desperdiciando mis estudios y desaprovechando mi talento. No puedo dejar de sentirme culpable por no trabajar. Pero, por otro lado, quiero estar ahí para ver cómo crece mi hijo, y que sea conmigo con quien descubra el mundo. Si bien la culpa por dejar a un lado mi vida profesional me corroe, la sola idea de dejar a mi hijo me paraliza. Realmente, admiro a las mujeres que logran doblegar sus sentimientos y salen a trabajar todas las mañanas para forjarles un futuro mejor a sus familias. Yo, no puedo. Y por eso me siento terrible.

Leí en algún lugar que esos son los paradigmas que la sociedad le impone a la mujer de hoy: tener éxito profesional, tener una linda familia y para remate estar regia. Pero ¿le podemos echar la culpa a la sociedad? O ¿somos nosotras mismas las que queremos todo? Dicen los freudianos que tus deseos no son únicamente tuyos, sino los impuestos por la sociedad (léase tus padres). Lamentablemente, eso no me hace sentir mejor. Quiero una carrera exitosa y ser mamá a tiempo completo, ¡ah! y además quiero estar regia. Y hasta que no logre desprenderme de alguno de ellos (o halle la fórmula del negocio propio con mi hijo en brazos), no voy a dejar de cuestionarme si es que acaso ¿no estaré pidiendo demasiado?

¿Y ya pensaste en el nido?

La verdad es que yo no lo había hecho, y no porque no me preocupara la educación de mi hijo sino que a sus 10 meses de vida me parecía que le faltaba aún un largo camino por recorrer. Por eso, cuando estaba en una reunión con un grupo de neuro-mamás recontra “hard core” (de esas que me hacen quedar como un chancay de a veinte) que no solo habían mandado o pensaban mandar a sus hijos al nido ni bien cumplido el año, sino que habían hecho reservas en el nido de su preferencia con más de 6 meses de anticipación e incluso llevaban a sus hijos a clases de estimulación temprana (a varios centros) desde los tres meses de edad. No pude evitar asustarme por mi desidia en el tema educativo. ¡Mi hijo se iba a quedar sin ir al colegio!

En el camino a casa trate de calmarme, miraba a mi bebe y recordaba lo mosca que era: gateó a los 5 meses, decía papá y mamá al padre correcto, prácticamente caminaba solo… Sin embargo no podía quitarme de la cabeza su falta de asistencia a un centro de educación institucionalizado. No habíamos ido a ninguna clase de estimulación de nada. Me asusté aún más cuando le conté a mi esposo esto y con cara de pánico me empezó a enumerar a todos los hijos de sus amigos que no habían ingresado al colegio, ¡no podíamos permitir que nuestro pequeñín se atrase!

Empecé a averiguar por todas partes y descubrí todo un mundo nuevo, un mundo donde oh, horror!! Si no te apuras en reservar la matricula de tu hijo en el nido corres el riesgo que llegado marzo tu hijo no tenga a donde ir. Claro, que no es que no haya nidos y todos estén full (o sea, no hay tantos niños en Lima), es simplemente que ese nido que tu quieres, el nido con el que sueñas, el nido que trazará el futuro no solo educacional sino también social de tu hijo, ese! está lleno. Y hay lista de espera. Y esto genera un círculo vicioso en el que las neuro-mamas angustiadas se apuran en separar la matricula con meses, algunas incluso años de anticipación.

Llamé a los nidos más conocidos, y por supuesto -no encontré cupo. Busqué frenéticamente en todos los nidos que me habían recomendado y no tuve suerte. Finalmente cuando ya había tirado la toalla encontré un nido que aunque nuevo era bilingüe, ofrecía educación interactiva y el método de enseñanza socrático en el que – gracias a Dios – quedaba un cupo. Le rogué a la encargada que me reservara el espacio que iría a pagar al día siguiente. Llegué a mi casa feliz: mi hijo no sería analfabeto. Fui corriendo a abrazarlo mientras él gritaba de emoción y agitaba los brazos para que lo cargara. Fue ahí cuando caí en cuenta que lo más importante que tenia para ofrecerle a mi hijo era tiempo, tiempo conmigo forjando un vínculo emocional sólido (gracias a mi hermana psicóloga por el dato) y que el tiempo se pasa rápido y mi bebé, seria mío solo mío por poco tiempo más.

Al día siguiente llamé al nido a disculparme, mi hijo no asistiría el próximo año… se quedaría en casa aprendiendo con su mamá. Ya tendrá muchos años por delante para estudiar.

Bienvenidos a Neuro Mamá

¿Cuál es el nombre de tu blog?

¡¿Neuro Mamá? !   ¡¡¡NeuroMamá!!!

¿Por qué? ¿acaso eres neuróloga? ¿psicóloga? ¿psiquiatra?

No. Solo soy neurótica, una madre de 3 hijos con aspiraciones neuróticas. Con deseos conscientes e inconscientes de control absoluto sobre la vida y milagros de mis 3 hijos y muchas neurosis maternas.

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