¿Dónde están mis amigas?

Sé que no soy la única nueva mamá (aunque no tan nueva ya) que se pregunta esto. Con la maternidad (y también con la edad, jeje) vienen muchos cambios en el estilo de vida, en las rutinas y hasta en los gustos. Con estas nuevas rutinas, horarios y necesidades se hace cada vez más difícil encontrar un tiempo para nosotras y esto incluye las salidas con las amigas. Y esto se vuelve aún más complicado si éstas no tienen hijos y menos aún esposo, e incluso con aquellas que sí los tienen (porque admitámoslo los esposos fastidian tanto como hijos) es muy difícil coincidir.

Escribo esto porque hace poco más de dos semanas me encontré con mis amigas después de más o menos 6 meses (o de repente más) en el brunch de una de ellas y, aunque mi plan original era quedarme por un máximo de dos horas, me terminé quedando como por 6 (sí, así de viciosa me he vuelto) y pasándola genial. Debo confesar que hice un gran esfuerzo en ir, me daba flojera, tenía mil cosas que hacer, la panza me pesaba, no quería dejar a mis hijitos – que cada vez están más molestosos – en fin mil motivos buenos y válidos para no ir, y que ya he usado más de una vez. Sin embargo, decidí hacer mi mejor esfuerzo e ir, porque la verdad cada vez veo menos a mis amigas, cada vez tengo menos amigas y siento que cada vez pierdo más a mi antiguo yo (el yo pre-hijos).

Con mis amigas la pasé genial: me olvidé de mi panza, mi esposo y hasta de mis hijos. Recordé lo bien que la paso con ellas, lo divertido que es compartir anécdotas y comentarios y escuchar opiniones sinceras de gente que te conoce más de lo que tú crees. Recordé también, que puedo ser divertida y que tuve ¿tengo? una vida más allá de las 4 paredes de mi casa y el mundo de mocos y babas en el que me hayo sumergida ahora. No es que no me encante la etapa que estoy viviendo, no. Pero, no voy a negar que muchas veces (sobre todo cuando veo en el Facebook las fotos de mis amigas en viajes, juergas y eventos que para mí son impensables en este momento) añoro mi antigua vida. Una vida que casi no reconozco, una vida sin cansancio crónico, sin malas noches, con mucho tiempo para mí y con conversaciones más allá de pañales o nanas.


Este reencuentro me sirvió para darme cuenta que debo hacer un esfuerzo por ver más seguido a mis amigas, no sólo porque me hace bien, sino también porque las extraño, las necesito y las quiero. Necesito recordar quien fui antes de ser mamá y no perderme a mí misma. Así, que está decidido, en cuanto pueda estar activa de nuevo (tengo una bebé de 3 semanas en casa; “no pressure please”) no más flojera, no más planes monses en la sala de mi casa: voy a salir con mis amigas, voy a buscarlas, a perseguirlas (porque ya cada vez me incluyen menos en sus planes) y a pasarla bien.  Y, es que también una neuro_mamá no siempre lo fue, y merece recordarlo ¿no?  

Los 10 mandamientos de una madre

O más bien dicho, mi versión (neuro) sobre los  nuevos 10 mandamientos de toda Neuro madre. Me inspiré en algunos que ya existen y circulan por ahí, pero también hay mucho de mi propia experiencia y mi realidad diaria lidiando día a día con mis hijos.

Y, claro siempre con un toque de humor, pues de eso se trata. Si no, ya estaría muerta!

Mi lactancia: una nueva perspectiva

Hace poco recordé un artículo que leí hace un tiempo atrás cuando estaba embarazada de mi primer hijo, el artículo se llamaba “The case against breastfeeding” (Acá). Lo leí con avidez, pues como madre primeriza quería saberlo todo sobre todo.

Quedé muy sorprendida, pues era todo muy nuevo y distinto, el artículo describe como en algunos círculos la presión social en pro de la lactancia exclusiva es tan fuerte, que ésta deja de ser una opción y se convierte en una obligación. Obligación que la madre debe cumplir, incluso en contra de su propio bienestar. Este artículo, también señala que a pesar de toda la literatura pro lactancia existente, las investigaciones médicas señalan que los beneficios de ésta sobre la fórmula en temas tanto de salud como emocionales, son más débiles de lo que se cree, y que si uno observa a largo plazo a un niño amamantado vs. uno que no lo fue, las diferencias son casi inexistentes. La autora propone, que es la madre quien debe evaluar si dar de lactar es la opción más conveniente para ella y su familia. Además, en su opinión, la lactancia exclusiva es una nueva forma que tiene la sociedad para mantener a la mujer abajo.

Recordé este artículo, pues cada vez está más cerca el parto de mi 3er bebé, y ya sé el desgaste físico y emocional que me espera. Dar de lactar cada 3-4 horas, las 24 horas del día por mínimo 6 semanas, para luego continuar por 5 meses y medio más dando de lactar cada 4 horas, por 12 horas. Y, luego continuar –como con mis hijos mayores –  varios meses más una vez empiezan a comer sólidos. Es DURO, por decir lo menos. Además, si a esto le sumas dos niños pequeños que también quieren pasar tiempo con su mamá y también demandan cuidados, hace la situación más dura aún. Sí, claro yo me matriculé solita en esto, lo tengo claro.

Pero, así como me matricule solita en tener hijos seguidos, también tengo la libertad de decidir en lo que NO me voy a matricular. Y, esta vez no voy a caer en la presión de pediatras que nunca han dado de lactar, madres convencidas que es su deber sagrado dar de lactar exclusivamente y a libre demanda indefinidamente, abuelas exigentes que sólo dieron de lactar a sus propios hijos por un máximo de 3 meses, o tías y amigas bien intencionadas que han leído mucho sobre los beneficios de la lactancia exclusiva, pero que no tienen idea de lo que es estar engrilletada a un recién nacido. Y, mucho menos voy a tolerar que me estén “obligando” a mirar a los ojos a mi bebé mientras doy de lactar para generar un vínculo más estrecho aún. ¡No señor!

Quizá haya algunas personas que se espanten con esto, pero como ya expliqué en otros posts yo creo que lo más importante para un bebé es tener una mamá plena y realizada en su rol. Y, el dedicarme tantas horas a dar de lactar me va a impedir realizar otras actividades que también son importantes y necesarias para mí. Quiero compartir con mis otros hijos, quisiera poder ver algún tema profesional, y por supuesto me gustaría poder conversar con mi esposo alguna vez.

Así, que esta vez me lo voy a tomar con calma. Voy a dar de lactar el tiempo que me sienta cómoda, sin presiones. Si tengo que recurrir a la fórmula lo haré, si tengo que delegar una o dos tomas en las noches para poder funcionar durante el día lo voy a hacer, y trataré de no sentirme culpable por esta decisión, porque la estoy tomando no sólo por mi bien, sino también por el bien de mi recién nacida, que se merece una madre plena con energía y fuerza para atenderla no sólo estos primeros meses de vida, sino por el resto de su vida. 

No puedo más. ¿Estaré preparada para esto?

La primera vez que pensé esto mi pequeño tenía casi 2 meses. Eran las 3:00 a.m. y no quería dormir después de haber lactado por casi una hora. Yo estaba agotada tenía más de 6 semanas cambiando un promedio de 8 pañales diarios, dando de lactar cada 4 horas (las 24 horas), y sin poder dormir por más de 3 horas seguidas. Lo único que quería era que se durmiera, o se quedara quieto en su cuna sin hacer ruido para yo poder dormir unas 3 horas más antes que se levante chillando por su nueva toma de leche. Cuando estaba al borde del colapso apareció mi esposo y luego de ver mi cara de desesperación me mandó a dormir. Me fui a dormir sintiéndome pésima por no haber tenido más paciencia. Sabía que me faltaban muchas malas noches más y tenía que adquirir técnicas para dominar mi agotamiento. No era culpa del bebé tener que lactar cada 4 horas (claro que tampoco era mía). Finalmente, el sentimiento de culpa cedió y me dormí con un nudo en la garganta. Nada ni nadie me había preparado para esa sensación de desesperación causada por mi hijo.

Hace un tiempo leí en algún lugar que los padres no están preparados para enfrentar sentimientos de ira, vergüenza y dolor frente a las acciones de sus hijos. Desde que el bebé es un proyecto y está en la barriga, los padres fantasean con momentos agradables y divertidos, nunca con momentos en que sus hijos los puedan sacar de quicio, frustrar y menos aún avergonzar.  Es cierto, jamás me imaginé que mi pequeño a su tan corta edad pudiera hacerme sentir tan frustrada e iracunda. La primera vez que lo sentí (a las 3:00 a.m., luego de unas semanas extenuantes) me sentí muy mal.

Los años han ido pasando y los retos son cada vez más grandes. No es lo mismo lidiar con un recién nacido que lidiar con un niño de casi 4 años, y mucho menos con un adolescente (falta mucho para mí, ¡felizmente!)  He logrado (hasta cierto punto) dominar ese sentimiento de culpa causado por la ira, vergüenza o dolor frente a las acciones de mis hijos, aunque claro no es nada fácil, más aún si consideramos que en todas nuestras fantasías maternales nos imaginamos disfrutando de las compañía de nuestros hijos, pasando ratos agradables en familia, divirtiéndonos y gozándolos.

Creo que en verdad, una nunca está 100% preparada para la maternidad. Sea esta buscada o sorpresiva hay muchos factores de por medio que hacen de la crianza de los hijos un reto diario. Es normal sentirse, en algunas ocasiones, no preparada y constantemente acechada por la pregunta: ¿lo estaré haciendo bien?

En mi opinión, lo importante es hacer lo mejor que una puede. En algunas ocasiones me sentiré más preparada que en otras, más capacitada que en otras para enfrentar los retos de la crianza pero en todas, siempre en todas, sé que estoy haciendo lo mejor que puedo y aunque quizá dude un poco, siempre tendré la certeza que lo estoy haciendo, eso sí, con todo mi amor.

¡Dejen mi panza en paz!

No sé si esto ya lo saben pero,  estoy embarazada de nuevo. Este es mi tercer embarazo y me agarra ya bastante conocedora de las vicisitudes del tema. Ya sé lo que es tener una panza y  tener que cargarla por todos lados. Sé también que junto con la panza vienen consejos no solicitados, preguntas impertinentes y hasta órdenes insolentes.  Ya estoy acostumbrada a llevar panzas grandes, a que todo el mundo me alucine con el tamaño de mi panza, e incluso estoy acostumbrada a que me pregunten una y otra vez (tanto amigos como extraños) para cuándo es, qué sexo es  y cómo se va a llamar.

A lo que no estoy acostumbrada y creo que jamás estaré (así esté llevando mi panza número 9) es y será a comentarios tipo: “pero estás segura que sólo hay uno ahí”,  o “¡wow! ahorita explotas”, o peor aún, los comentarios buena gente del tipo “pero, tú ¿no deberías usar una faja?” Ó, “¿no deberías estar descansando? Cargas mucho peso”.  Tampoco me puedo acostumbrar a que la gente agarre mi panza como si fuera la panza de buda y me la soben y soben, como si les fuera a caer plata. ¿Acaso piensan qué como hay otro ser humano dentro, esa panza ya es de dominio público? O sea, ¿pueden invadir mi espacio personal porque llevo un bebé dentro?

Pero, de todas estas cosas a las que no me acostumbro la que más me llega de todas, la que menos tolero  son los comentarios/ consejos con sentido moralizador, esos comentarios que más que nada son críticas y solo buscan juzgar tu buen juicio. Comentarios tipo: “¿Tú puedes tomar Coca-Cola? Pensé que las embarazadas no debían tomar gaseosa” o, “¿Al Starbucks? Tú, de lejitos” o, este que es el peor de todos que me lo dijo la mamá de un compañerito del nido de mi hijo: “Me encanta tu look ahora que estás embarazada, pero para nada me gusta que estés con una copa de vino. Para nada”. ¿Disculpa? ¿Acaso yo te digo algo sobre tu look de gaucha arrabalera? ¿Te digo algo sobre tus dientes llenos de nicotina?

Si me estoy tomando una copa de vino es porque sé que lo puedo hacer sin poner en riesgo a mi bebé, si me tomo una Coca-Cola y un café también es porque sé que no pasa nada si lo hago moderadamente. ¿Acaso porque estoy embarazada no me puedo dar un gustito?  Y, por último a ti ¿qué te importa? He parido ya, dos niños sanos y fuertes con los mismos cuidados. He cargado peso, no he usado faja y al final de cada embarazo he recuperado mi figura tranquila, así que déjenme llevar mi embrazo tranquila y relajada que más daño que el vino, el café o la torta de chocolate que me pueda comer, más daño le hace al bebé que su mamá esté alterada por comentarios impertinentes de gente metiche.

¡Qué vergüenza! ¿Qué hago?

Hace unos tres meses, cuando mi bebé (¿aún se considera un bebé?) tenía 14 meses estábamos en una fiesta y de la nada empezó a pegarle a un niño más pequeño en el saltarín. Grité NOOOO, con toda la fuerza y autoridad que pude. Paró y se quedó mirándome. Aproveche esta pausa para explicarle calmadamente que esa no era una conducta adecuada, mientras lo hacía un niño de aproximadamente 3 años se metió al saltarín. Pensé que luego de mi charla no había nada que temer. Pero, en menos de un minuto mi pequeño redujo a ese niño y lo hizo llorar. Yo quería llorar junto con el mientras la mamá del niño gritaba que saquen a ese chiquito del saltarín porque no dejaba jugar a nadie y yo trataba de comprender que le había pasado a mi otrora amigable hijo.

Estaba preocupada. No sabía qué hacer. Tenía una mezcla de vergüenza e ira frente a ese pequeño desobediente y pegalón, pero sobretodo sentía preocupación. ¿Por qué pegaba? ¿No le estaba dando suficiente atención y así me la reclamaba? ¿Sería quizá porque estaba yendo dos veces por semana a unas vacaciones útiles sin mí? O ¿simplemente estaba pasando por una etapa y no debería preocuparme? Una vez logré que se calmara, la fiesta continuó sin mayores contratiempos, pero yo ya estaba intranquila.
¿Qué había pasado? ¿Cómo podría controlar un nuevo episodio de estos? Llegué a casa y se lo comenté a mi esposo. Decidimos dejarlo como un episodio aislado. Pero, luego vinieron varios, varios más en los que a veces mi hijo simplemente llegaba a un lugar con la mano en alto para pegar a quien se le cruzara en el camino. Hice TODO lo que me aconsejaron el pediatra, amigas psicólogas, mi mamá, mi hermana, mi suegra, etc. Traté de recordar todos los capítulos que he visto de programas como súper niñera o niñera S.O.S, pero nada daba un resultado duradero.

Estaba abrumada, y había perdido confianza en mi forma de criar. No entendía, y aún no entiendo del todo que mueve a mi hijo a actuar de esa manera y como puedo ayudarlo a pasar esta etapa. Puede ser que se deba a que estoy embarazada, pero cuando empezó a pegar yo no estaba embarazada aún. Solo se, que de tanto preguntar y hacer lo que otros decían, dejé de lado mi instinto, dejé que me influenciaran demasiado consejos y sugerencias de terceras personas, que lo único que lograron fue confundirme más.

Felizmente, decidí (después de un buen tiempo) hacer caso a mi instinto y buscar ayuda psicológica para mí. Necesito mantener la calma y la confianza en mí misma mientras ayudo a mi hijo a pasar por esta etapa. Y es increíble, pero en tan solo unas semanas al estar yo más confiada y segura, la conducta de mi hijo ha mejorado bastante. Claro, no es que ahora sea un suave angelito (probablemente nunca lo sea, y no lo quiero así tampoco, me encanta su personalidad fuerte), pero de hecho juega más y pega menos y yo estoy más preparada para a enseñarle como enfrentar situaciones difíciles con otros niños.

Un Verano divertido

Mi hijo de 3 años estaba pasando un verano de lo “más divertido” hasta que el día de ayer, él que es un preguntón, me pregunta esto:
          “Mamá, ¿por qué todos los días tengo que hacer algo?” “Siempre tengo clases de algo. Ya me cansé”.  
          “Porque hijito, es divertido. Aprendes cosas nuevas,  te diviertes, juegas con tus amigos y la pasas súper bien”. 

Además, esto no me atrevo a decirlo en voz alta, la competencia para ingresar al colegio es FEROZ y a ti, a tus cortos 3 años te toca dar tus exámenes de ingreso en marzo, y queda muy poco tiempo para eso. Te enfrentarás, quizá sin tenerlo muy claro, a una evaluación que queramos o no será crucial en tu formación futura. Y, lamentablemente con las reglas de juego existentes, es algo de lo que no puedes escapar.    
Chld playing with bubbles in the sea shore
Foto de Jarslaw Mi´s

Sé que no es culpa tuya la demencia que se vive hoy en día con el ingreso a los colegios. Estás siendo arrastrado por una vorágine de locura en la que todos tenemos una responsabilidad: educadores, colegios, padres de familia y por supuesto el Estado (que algo está tratando de hacer…). Tampoco es culpa tuya, que dentro de esta locura entren en juego también, las expectativas (léase neurosis) de tus padres, abuelos, tíos y tías. Y, que estas expectativas tengan mucho que ver con el ego y la vanidad de tus padres. Y, por último, sé que tampoco es culpa tuya que en tu nido me hayan dicho, que –a pesar que sacas A en todo  y eres el más pequeño del salón – tienes débiles dos fonemas que ya deberías tener 100% dominados, que no coges bien el lápiz, que te molestas muy rápido (eso lo sacaste de tu papá) y, encima, solo sigues las instrucciones cuando te place y la gana se te da. Sin contar también, que todos tus compañeritos están en mil clases, academias y terapias. Lo que le pone más estrés a la situación.

Así que, lo siento mucho hijito lindo pero este verano tendrás que olvidarte de tu cuarto de juegos y tus juguetes. Tendrás que ir a tu terapia de lenguaje, a tu terapia de psicomotricidad acoutourier para controlar tu carácter, a clases de natación (para tonificar tus músculos que son “laxos”), al fútbol porque los niñitos deben jugar fútbol como parte de la socialización masculina (no quiero que seas la lorna que no tiene amigos por no poder jugar una pichanga) y finalmente irás, a tus queridas clases de golf, lo único que tú elegiste, lo único que pediste para hacer este verano y que tu papá y yo casi no aceptamos porque nos habían recomendado artes marciales para un carácter duro e impaciente como el tuyo.  

Quisiera poder zurrarme en estas recomendaciones, no ser tan neurótica y dejar que el proceso fluya, dejar que madurez naturalmente y que aprendas las cosas a tu ritmo y en tus propios tiempos, no en los tiempos que imponen estos indebidos exámenes de admisión, los cuales – lo reconozco – son avalados con actitudes como la mía.

 … Pero,… ¿Sabes qué? No quiero avalar más conductas demenciales. Quiero ser menos neuro y ser más mamá. Me cuesta, y mucho. Porque esto me importa, y mucho. Pero, mi intuición me dice que a tus 3 años y 3 meses mereces disfrutar tu verano haciendo lo que te place. Quizá tu papá me mate por esto, pero, tus clases se acabaron hoy. Aprenderás a jugar fútbol cuando tengas ganas, te meterás a la piscina con tus flotis hasta que tengas piso o te de vergüenza y quieras aprender a nadar (lo que pase primero). Se acabó esa terapia cuyo nombre no puedo ni escribir. Y, ¿sabes qué más? si te chotean de un colegio porque a los 3 años tienes dos fonemas débiles, pues ese colegio se pierde todo tu increíble potencial y talento. 

Si quieres, te quedas con las clases de golf. Solo si quieres, pero, este mes de febrero es tuyo, todo tuyo para que juegues con tus juguetes, corras en el parque, mires tele, te aburras un rato también y, por supuesto, te pelees con tu hermana que estoy segura será lo más valioso que podrás hacer este verano.

Las fiestas infantiles parte 2: La fiesta de mi hijo

En uno de mis últimos posts #las fiestas infantiles#, me quejo sobre la competitividad que generan – entre las madres – las fiestas de los niños. Bueno, quizás no me queje del todo, pero definitivamente sí comparto mi extrañeza por el hecho que las fiestas han dejado de lado la sencillez a la que mi generación estaba acostumbrada: chizitos, canchita, gelatina y con suerte un payaso, y privilegian la fastuosidad. Hoy en día, la sofisticación de las madres limeñas (porque, según veo es un fenómeno exclusivo de Lima) ha creado toda una industria en la que se deben mover varios millones de soles al año.

Las invitaciones, toman casi tan tiempo de elaboración como los partes de matrimonio, y en muchas ocasiones son incluso más ingeniosas que los mejores productos de merchandising de las grandes corporaciones. A mi casa han llegado invitaciones que eran CDs con música moderna para niños y grandes con el nombre y foto de la cumpleañera cuál estrella de rock, DVDs con la película del tema del cumpleaños, un cofre pirata con monedas de chocolate, tarjetas interactivas y varias tarjetas tipo magnetos para la refrigeradora. Por otro lado, ya en la fiesta los toldos imitan castillos de princesas que le darían envidia a la propia Cenicienta; y para los niños estos reproducen espacios de súper héroes que ni a los ejecutivos top de Marvel se les hubiera ocurrido.

Con tanto despliegue de magia y producción es difícil no contagiarse y querer también ser protagonista de una fiesta apoteósica.  Así, que yo también fui “víctima” de la millonaria industria de las fiestas infantiles y celebré la fiesta de mi hijo con la intención de dejar la magia de Disney como un chancay de a veinte. Y si bien fue una inversión considerable (llamémoslo inversión, porque no es un gasto cuando se trata de nuestros hijos 😉 ) valió la pena cada centavo.

Valió la pena, no sólo porque tuve la fiesta que cuando niña siempre soñé y nunca tuve (los padres de mi generación no eran tan dados al gasto), sino –y sobre todo-porque mi hijo, el dueño del santo, estuvo FELIZ. Estaba fascinado viendo a Spiderman, Doki, el Show de los Muppets, La era del Hielo; fascinado por encontrarse con todos sus amiguitos. Además, no sólo disfrutó él, sino también mi hijita menor, mi esposo, todos mis invitados y por supuesto, yo.

No se puede negar que hacer una fiesta de este estilo es bastante superfluo, y muchas veces los niños son igual de felices con algo menos elaborado. Pero, lo cierto es que si bien estas fiestas las hacemos principalmente pensando en nuestros niños, las mamás disfrutamos tanto el proceso y la organización y las hacemos con tanta ilusión que, si podemos darnos el gusto, realmente ¿por qué no?

La fiesta de mi hijo

“Es solo una fiesta para niños, no puede ser tan complicado. No me digas que no hay en Lima – una ciudad con más de 8 millones de habitantes – otros proveedores que no sean esos tres que no están libres”.  Me decía mi esposo, hace unas semanas atrás, cuando al borde de la desesperación le conté que ni la “party planner”, ni el show, ni la “caterer” que yo quería estaban libres para el cumpleaños de nuestro hijo mayor.

La verdad, que yo tampoco entiendo, sobre todo porque los llamé, con  lo que yo creí que era un exceso de anticipación: 3 meses antes. Además, pensé que dado el excesivo costo de sus servicios, me iba a ser fácil separarlos. Y sobre todo, lo que menos entiendo, es porqué son los únicos con los que puedo trabajar. La presión social de mi círculo de pares, hace que sea imposible hacer una fiesta que no cumpla con los estándares mínimos suministrados por estos proveedores. ¡Estoy frita!

Y es que es difícil comprender, sobre todo para aquellos fuera del círculo de neuro_mamás, el  por qué tener que trabajar con los mismos proveedores, el por qué tener que impresionar a nuestros invitados con la cantidad de muñecos en el show, la calidad de la comida y la calidad y cantidad de las sorpresas para los niños. Es cierto, que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero,  ¿es esto, realmente lo mejor? Lo que quizá jamás nadie comprenda, es que secretamente, muy secretamente, las mamás competimos por quién hace la fiesta más linda: con la mejor decoración, el mejor show, lo mejor de todo y, no olvidar: ¡quién se ve más regia ese día!

Y, a pesar, que conscientemente no quiera competir, y me parezca una tontería superlativa. Lo cierto es, que ya estoy en la competencia. Solo por haber elegido ese nido para mi hijo, por postularlo a ese colegio, por frecuentar ese círculo. Y no lo voy a negar: me gusta competir y quiero ganar. No solo porque quiero darle lo mejor a mi hijo en su cumpleaños, sino también porque eso es a lo que él ya está acostumbrado. En sus cortos tres años de vida, esos son los estándares que él conoce.

Desafortunadamente, con el tiempo corriendo en mi contra, no puedo detenerme a filosofar sobre la vanidad que me rodea.  Así, que he tenido que hacer uso de mis mejores armas: mis contactos entre las “mamás high”, y,  llamar a estos proveedores – no como cualquier hija de vecina – sino como “socia”. Y, conseguir que tengan algunas cancelaciones (de otras mamás no tan bien conectadas). Y, ya tengo a la mejor party planner organizando el cumple de mi hijo, a uno de los mejores shows en escena, y por supuesto, la comida va a estar espectacular, con la “caterer” especializada.

Ya puedo relajarme y descansar. Aunque claro, lo que nunca me va a dejar descansar es, esa parte de mí que constantemente me repite: ¿de verdad es todo esto necesario? ¿Qué pasó con lo más importante: qué tus hijos la pasen bien y estén felices? ¡Es solo una fiesta infantil! ¡Con canchita, gelatina y un mago, debería ser suficiente!

 Y es que quizá, en donde estoy y como soy, nunca sea suficiente.   

Vocabulario y competencia

Siempre me han llegado esas madres obsesas que llevan la cuenta del vocabulario de sus hijos y les gusta, en un afán competitivo (obvio, porque si no para que andan contando las palabras de sus hijos), compartir con otras madres el número de palabras que Fulanito o Menganita manejaban a tal o cual edad. Es típico encontrarte con algunas de estas madres que al preguntarte por la edad de tu bebé, inmediatamente añaden: “A esa edad, Menganita ya tenía un vocabulario de 160 palabras”; “Fulanito, a la misma edad contaba con un vocabulario de 250 palabras, el pediatra decía que jamás había visto algo así….”

Pues, bien por Fulanito o Menganita! A mí no me interesan sus progresos lingüísticos, y realmente, ¿quien cuenta tantas palabras? ¡O sea, por favor! ¿Quién tiene tiempo? Cuéntame que hiciste ayer y no me digas que te la has pasado contando las palabras de tu “superdotada” hija. Porque obviamente, debe ser superdotado para tener un vocabulario tan rico a esa corta edad. ¿No?

Lamentablemente, es imposible para una madre evitar comparar e incluso preocuparse un poco si su hijo/a no logra las metas de desarrolla a la velocidad que a ella le gustaría. Así que para salir de dudas y no quedarme atrás en la competencia de madres, y por su puesto también antendiendo el pedido de la abuela de mi bebé. Es que, no solo he contado sus palabras, al año 7 meses, sino también (y con esto les gané a todas!!) he hecho un diccionario con sus palabras y sus respectivos significados.

Y con mucho orgullo les digo que (al día de hoy) mi bebé cuenta con un florido vocabulario de más de 280 palabras que usa en pequeñas frases, y combina muy bien. Obvio, la lista debe ser actualizada ya que está parendiendo un promedio de 2 palabras diarias, si es que no es más. Pero, la verdad es que ¿quién tiene tiempo para contar? Yo estoy feliz con mi bebé aunque fuera mudo!!