La fiesta de mi hijo

“Es solo una fiesta para niños, no puede ser tan complicado. No me digas que no hay en Lima – una ciudad con más de 8 millones de habitantes – otros proveedores que no sean esos tres que no están libres”.  Me decía mi esposo, hace unas semanas atrás, cuando al borde de la desesperación le conté que ni la “party planner”, ni el show, ni la “caterer” que yo quería estaban libres para el cumpleaños de nuestro hijo mayor.

La verdad, que yo tampoco entiendo, sobre todo porque los llamé, con  lo que yo creí que era un exceso de anticipación: 3 meses antes. Además, pensé que dado el excesivo costo de sus servicios, me iba a ser fácil separarlos. Y sobre todo, lo que menos entiendo, es porqué son los únicos con los que puedo trabajar. La presión social de mi círculo de pares, hace que sea imposible hacer una fiesta que no cumpla con los estándares mínimos suministrados por estos proveedores. ¡Estoy frita!

Y es que es difícil comprender, sobre todo para aquellos fuera del círculo de neuro_mamás, el  por qué tener que trabajar con los mismos proveedores, el por qué tener que impresionar a nuestros invitados con la cantidad de muñecos en el show, la calidad de la comida y la calidad y cantidad de las sorpresas para los niños. Es cierto, que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero,  ¿es esto, realmente lo mejor? Lo que quizá jamás nadie comprenda, es que secretamente, muy secretamente, las mamás competimos por quién hace la fiesta más linda: con la mejor decoración, el mejor show, lo mejor de todo y, no olvidar: ¡quién se ve más regia ese día!

Y, a pesar, que conscientemente no quiera competir, y me parezca una tontería superlativa. Lo cierto es, que ya estoy en la competencia. Solo por haber elegido ese nido para mi hijo, por postularlo a ese colegio, por frecuentar ese círculo. Y no lo voy a negar: me gusta competir y quiero ganar. No solo porque quiero darle lo mejor a mi hijo en su cumpleaños, sino también porque eso es a lo que él ya está acostumbrado. En sus cortos tres años de vida, esos son los estándares que él conoce.

Desafortunadamente, con el tiempo corriendo en mi contra, no puedo detenerme a filosofar sobre la vanidad que me rodea.  Así, que he tenido que hacer uso de mis mejores armas: mis contactos entre las “mamás high”, y,  llamar a estos proveedores – no como cualquier hija de vecina – sino como “socia”. Y, conseguir que tengan algunas cancelaciones (de otras mamás no tan bien conectadas). Y, ya tengo a la mejor party planner organizando el cumple de mi hijo, a uno de los mejores shows en escena, y por supuesto, la comida va a estar espectacular, con la “caterer” especializada.

Ya puedo relajarme y descansar. Aunque claro, lo que nunca me va a dejar descansar es, esa parte de mí que constantemente me repite: ¿de verdad es todo esto necesario? ¿Qué pasó con lo más importante: qué tus hijos la pasen bien y estén felices? ¡Es solo una fiesta infantil! ¡Con canchita, gelatina y un mago, debería ser suficiente!

 Y es que quizá, en donde estoy y como soy, nunca sea suficiente.   

Vocabulario y competencia

Siempre me han llegado esas madres obsesas que llevan la cuenta del vocabulario de sus hijos y les gusta, en un afán competitivo (obvio, porque si no para que andan contando las palabras de sus hijos), compartir con otras madres el número de palabras que Fulanito o Menganita manejaban a tal o cual edad. Es típico encontrarte con algunas de estas madres que al preguntarte por la edad de tu bebé, inmediatamente añaden: “A esa edad, Menganita ya tenía un vocabulario de 160 palabras”; “Fulanito, a la misma edad contaba con un vocabulario de 250 palabras, el pediatra decía que jamás había visto algo así….”

Pues, bien por Fulanito o Menganita! A mí no me interesan sus progresos lingüísticos, y realmente, ¿quien cuenta tantas palabras? ¡O sea, por favor! ¿Quién tiene tiempo? Cuéntame que hiciste ayer y no me digas que te la has pasado contando las palabras de tu “superdotada” hija. Porque obviamente, debe ser superdotado para tener un vocabulario tan rico a esa corta edad. ¿No?

Lamentablemente, es imposible para una madre evitar comparar e incluso preocuparse un poco si su hijo/a no logra las metas de desarrolla a la velocidad que a ella le gustaría. Así que para salir de dudas y no quedarme atrás en la competencia de madres, y por su puesto también antendiendo el pedido de la abuela de mi bebé. Es que, no solo he contado sus palabras, al año 7 meses, sino también (y con esto les gané a todas!!) he hecho un diccionario con sus palabras y sus respectivos significados.

Y con mucho orgullo les digo que (al día de hoy) mi bebé cuenta con un florido vocabulario de más de 280 palabras que usa en pequeñas frases, y combina muy bien. Obvio, la lista debe ser actualizada ya que está parendiendo un promedio de 2 palabras diarias, si es que no es más. Pero, la verdad es que ¿quién tiene tiempo para contar? Yo estoy feliz con mi bebé aunque fuera mudo!!

El trabajo: ¿Cuál es tu reto más grande?

Hace unos días recibí un pedido para llenar una encuesta sobre como manejan su rol de madres las mujeres que trabajan. La encuesta tenía varias preguntas sobre quién cuidaba a los hijos, quién era el principal contribuidor a la economía familiar, entre otras cosas. La que más llamó mi atención fue una pregunta abierta que indagaba sobre cuál era el reto más duro al que una sentía que se tenía que enfrentarse como madre trabajadora. Al ser una pregunta abierta las opciones eran ilimitadas, pero no me tomó mucho tiempo decidirme: la culpa.

Hace un tiempo escribí que había dejado de trabajar voluntariamente cuando mi bebé nació. Una vez superados los primeros meses, y con ellos los miedos y angustias naturales me entraron ganas de volver a trabajar, de utilizar todo el potencial que tengo, de tener otros temas además de pañales y nidos. Así que decidí volver al campo laboral, claro que no a un empleo a tiempo completo, esos de 8 horas de lunes a viernes en los que una no es dueña de su tiempo. Decidí auto emplearme y trabajar como consultora independiente. Claro que no fue inmediato, entre que me decidía por una estrategia de trabajo, desempolvaba mi agenda de contactos profesionales para ofrecerles mis servicios y seguía pasando todo el tiempo que podía con mi hijo pasó un buen tiempo. Mi hijo tenía 1 año 4 meses cuando finalmente llegó mi primer cliente.

Pero junto con la alegría de conseguir mi primer cliente y los retos profesionales que esto traía, vinieron también los sentimientos de tristeza y culpa por tener que limitar la cantidad de tiempo que pasaba con mi pequeño. Mientras mi trabajo me permitía estar en casa y trabajar desde ahí, podía manejar tranquilamente la situación. Pero, cuando las circunstancias requerían que me ausente de casa, la situación era horrible. Dejaba a mi pequeño llorando, y gritando: “No mamá, no trabayo”, y me iba con el corazón en la boca. Llamaba a la casa para cerciórame que este bien, solo para escucharlo llorar de nuevo al oír mi voz. Las primeras veces fueron terriblemente duras, se me llenaban los ojos de lágrimas y me repetía a mi misma que esto era bueno para los dos: nos daría más independencia… aunque la verdad aún no estoy segura cómo.

Tenía, tengo aún sentimientos encontrados. No quiero dejar sólo a mi hijo, quiero pasar con él todo el tiempo que me sea posible, verlo crecer, acompañarlo mientras descubre el mundo; pero por otro lado, necesito trabajar. Por mi autoestima, por mi salud mental, porque no quiero sentir que invertí tanto en mi educación por gusto, y porque tengo que admitirlo: me hace feliz.

Es interesante, como el trabajar me ayuda a realizarme, pero a la vez me hace sentir culpable. Me parece increíble el sentir que cada vez que hago algo relacionado al trabajo siento que debería estar haciendo algo relacionado con mi hijo; y cuándo paso mucho tiempo con mi hijo siento que debería pasar más tiempo enfocada en mi trabajo. No me doy tregua. Siempre siento que me pierdo de algo. No sé, si esto le pasa a muchas madres que trabajan, pero lo cierto es que me pasa a mí. Tan es así, que ahora mientras escribo estas líneas y escucho a mi hijo reírse abajo pienso: “la que me estoy perdiendo, mejor bajo y dejo esto de lado para departir con él”. Sí, mejor bajo…

¡Necesito una nana! ¿Qué hago?

Una vez resuelta la disyuntiva de tener o no una nana y, decidiéndonos por tener una, entramos al lento e –increíblemente – angustiante proceso de elegir una nana. Conseguir una buena nana no es cosa fácil. Hay muchas chicas que quieren trabajar como nanas atraídas por los altos sueldos pero que carecen de experiencia y roce. Por otro lado, las nanas con experiencia y debidamente acreditadas quieren ganar unos sueldos de lujo (¡más que una oficinista!) y no quieren trabajar cama adentro. Aquellas que sí quieren trabajar cama adentro, no cobran tanto pero son una especie en extinción, y están tan pedidas que en las agencias (las top) hay lista de espera para conseguir una. La espera puede durar hasta 5 semanas.

Eso no es todo, el proceso se ha vuelto bastante sofisticado y profesional. Hay agencias especializadas que capacitan a las chicas y cobran comisiones altísimas. En estas agencias, uno ve el perfil de varias postulantes con sus respectivos currículos que incluyen: cartas de recomendación, certificado de estudios, certificados de notas (incluso del colegio), exámenes médicos (incluyendo análisis clínicos) y perfil psicológico, además de incluir el certificado de antecedentes penales. Todas las agencias ofrecen garantía, se puede cambiar de nana –en caso algo no funcione – en un plazo de hasta 6 meses.

Una vez que la agencia tiene candidatas que cumplen con los requisitos solicitados por las mamás – algunas agencias piden un perfil de familia para garantizar un mejor match – empiezan las entrevistas. Empiezan a desfilar una a una, todas las chicas. Responden las típicas preguntas, algunas con soltura y otras no tanto. El proceso de selección puede ser largo y doloroso. Tengo una amiga que entrevistó a 20 nanas y no eligió a ninguna, finalmente se decidió por una que conoció en un parque (un excelente lugar para “robar” nanas ya que las puedes ver en acción).

Pero, el proceso de selección no tiene que ser necesariamente tan difícil. El problema son las exigencias que nosotras –las neuro-mamás- ponemos. Unos requisitos que ya quisiera la oficina de admisiones de Harvard: que tenga buena presencia, que sea pulquérrima; que sea menor de 30 años pero mayor de 28, que sea mayor de 35 pero menor de 40; que tenga hijos, que no tenga hijos, que sea casada, que sea soltera; que sea flaca para que tenga energía y corra de tras de mi bebe, que sea alta porque mis hijos son grandes, que sea baja para que este a la altura de los niños; que sea divertida (¿?); que sea de provincia, que sea de Lima… en fin.

Si bien a algunos estos requisitos pueden sonar tontos, lo cierto es que para las mamás todos tienen una base psicológica y emocional importante. Y cuando se trata de elegir, lo mejor es NO desesperarse (aunque suene a misión imposible), tener claro lo que uno quiere y guiarse por la intuición. En mi caso es lo que mejor me ha funcionado, y no he entrevistado más que a 3 personas.

Nana: ¿tener o no tener?

La verdad es que no soy fan de las nanas. Tener que compartir la crianza, los cuidados y sobre todo el amor de mi pequeño con una extraña no me agrada en absoluto. Ver como mi bebe mira con ojos de amor a otra persona que no soy yo me revienta, y en un principio me estresaba sobremanera que no pudiéramos generar correctamente el tan importante vínculo madre-hijo por tener siempre una tercera persona al lado.

Así que cuando estaba embarazada decidí que la ayuda de una nana no era necesaria, que yo sola iba a poder con mi hijo, con la casa y con mi carrera. La realidad se encargó de mostrarme cuan equivocada estaba. Si bien la familia ayuda, al final del día todos tienen su vida y no podía contar con que siempre iba a haber alguien para socorrerme. Además, los cuidados de un recién nacido abruman a cualquiera. Al 3er mes de estar sola necesitaba ayuda a gritos. Estaba al borde de la locura: seguía tan gorda que todavía usaba ropa de maternidad, no tenía ningún proyecto personal establecido, y algunos días (varios en verdad) ni siquiera me alcanzaba el tiempo para ducharme. Necesitaba una nana y ¡urgente!

Niña con nana alimentando caballo

Tuve suerte y encontré rápidamente una nana con todas las características y requisitos que buscaba. Funcionó muy bien hasta hace un par de meses en que – con pena – la tuve que invitar a retirarse. Ahora, estoy sola con mi bebé de 15 meses, y nuevamente me encuentro en el dilema de tener o no una nana. Si bien, ahora es más fácil, también es físicamente más extenuante y también ahora tengo más proyectos y temas que atender. De igual manera, las inseguridades que tenía en un principio: no generar el vínculo correctamente, que la quiera más a ella que a mí, están totalmente disipadas. Está claro para mi bebé que yo soy su mamá y el vínculo es tan sólido como puede ser.

Sin embargo, aún tengo reparos en contratar una nana. Lo cierto es que no me asumo como una de esas madres nana-dependientes, y no entiendo porque tengo esas necesidad de querer hacerlo todo yo. Debo de entender que no me hace mala madre contratar ayuda. También soy consciente que necesito tiempo para mí, para mis cosas y para mi esposo (que está relegado a un quinto plano y me lo hace notar constantemente). Debo reconocer (nuevamente) que necesito ayuda y que –por el bien de mi familia – debo buscarla ¡ya!

¿Es posible tenerlo todo?

¿Es posible tenerlo todo?

Hace varios años atrás mi hermana volvió de una charla dictada por una prestigiosa mujer de negocios con una idea fija: NO se puede tener todo en esta vida, si quieres dedicarte bien a algo debes optar. Se refería principalmente al conocido dilema de la mujer moderna: trabajo o familia. Según esta mujer, no se podía triunfar en los dos al mismo tiempo. Si quieres ser la súper empresaria de éxito, no puedes ser la mamá que lleva y recoje todos los días a los niños del colegio, hace tareas con ellos y les cambia pañales y les limpia los mocos todos los días. Para mi hermana fue una revelación; en cuanto se casara y tuviera hijos se le acababa la vida profesional. A mí ni me interesó; tenía 22 años y todas las ganas de comerme el mundo. Esa mujer no habría podido con todo, pero yo sí iba a poder.

Una mujer sonríe feliz dentro de un carro

Pasó el tiempo y me fui a hacer la maestría de mis sueños, en el último año salí embarazada y conseguí una oferta de trabajo inmejorable… la cual fue retirada cuando se enteraron que tenía 7 meses de embarazo. Me dolió un poco, sobre todo me dolió que algo que me hacía tan feliz (como mi embarazo) de cierta manera resultara incompatible con otra cosa que también me causaba mucha felicidad: mi desarrollo profesional. No me desanimé; de todas maneras necesitaba tiempo para ordenar mi vida y mi mundo para la llegada del bebe. Eso sí, dejé de buscar trabajo, no valía la pena, con mi panza de 7 meses ni siquiera me consideraban. Ya, en cuanto naciera mi hijo retomaría la búsqueda.

Y nació mi hijo. Jamás pensé que llegaría amar a alguien con tanta intensidad. Un sentimiento indescriptible y tan fuerte que me hizo pensar que los 3 meses que yo me había dado a mi misma de plazo para empezar a buscar trabajo eran muy pocos. Necesitaba al menos unos 6 para poder dejarlo y salir a trabajar. Y llegaron los 6 meses, los 9, y finalmente llegó el año… y con ellos todos los plazos para reincorporarme al mundo laboral. No lo hice, ni siquiera hice el intento. No pude, y aún ahora (a los 15 meses) la sola idea de dejar a mi bebé por tantas horas en manos que no son las mías, me crispa. Y es ahora, cuando recuerdo la conclusión que trajo mi hermana.

No quiero abandonar mi carrera profesional, pero no quiero perderme el día a día con mi hijo. No puedo evitar pensar que estoy desperdiciando mis estudios y desaprovechando mi talento. No puedo dejar de sentirme culpable por no trabajar. Pero, por otro lado, quiero estar ahí para ver cómo crece mi hijo, y que sea conmigo con quien descubra el mundo. Si bien la culpa por dejar a un lado mi vida profesional me corroe, la sola idea de dejar a mi hijo me paraliza. Realmente, admiro a las mujeres que logran doblegar sus sentimientos y salen a trabajar todas las mañanas para forjarles un futuro mejor a sus familias. Yo, no puedo. Y por eso me siento terrible.

Leí en algún lugar que esos son los paradigmas que la sociedad le impone a la mujer de hoy: tener éxito profesional, tener una linda familia y para remate estar regia. Pero ¿le podemos echar la culpa a la sociedad? O ¿somos nosotras mismas las que queremos todo? Dicen los freudianos que tus deseos no son únicamente tuyos, sino los impuestos por la sociedad (léase tus padres). Lamentablemente, eso no me hace sentir mejor. Quiero una carrera exitosa y ser mamá a tiempo completo, ¡ah! y además quiero estar regia. Y hasta que no logre desprenderme de alguno de ellos (o halle la fórmula del negocio propio con mi hijo en brazos), no voy a dejar de cuestionarme si es que acaso ¿no estaré pidiendo demasiado?

Los inicios: obsesión por un embarazo saludable

Todo empezó el día que me enteré que estaba embarazada. Junto con la dicha y alegría que sentí al enterarme que iba a ser madre por primera vez vino también el miedo; miedo a que algo salga mal, o a hacer algo mal. Un miedo (que ahora sé) es bastante común en las embarazadas. Quería llevar mi embarazo a buen puerto, quería tener un embarazo lo más sano posible, ¿Cómo lo lograría? ¿Cómo haría para que este bebe que crecía dentro mío –al cual ya quería más que a nada en este mundo- creciera y se desarrollara plenamente? ¿Qué debía de hacer o dejar de hacer para que salga bien?

Ya lo sé: llevar un embarazo saludable

Llevé mi obsesión a la comida y el deporte. Algunas mujeres que caen presas de la obsesión por un embarazo saludable se privan de absolutamente de todo lo rico (y digamos un poquito dañino) que tiene este mundo, entrenan, van al gimnasio y al final terminan más regias que cuando estaban embarazadas. En otros casos – como en el mío – la obsesión por llevar un embarazo saludable y transmitirle todos los nutrientes a mi bebé se transformó en un reto económico pues, todos mis productos se volvieron orgánicos, libres de EPAs, BPAs y cuanto químico hay (y todo eso es bastante más caro) y en el tema de la nutrición terminé engordando 25 kilos.

mujer a las 26 semanas de embarazo
Yo a las 26 semanas de embarazo

Había leído en algún lado que durante el embarazo una debía comer entre 120 y 160 calorías diarias más de las que come normalmente y yo… ¡No quería privar a mi pequeño de ningún nutriente! NINGUNO, así que tenía que cumplir con mi cuota calórica. Comía todo, todo el tiempo. Me torturé física y psicológicamente planeando nutritivos almuerzos, desayunos y cenas que muchas veces incluían comidas que odio -como los frijoles y alverjas- y también (no lo voy a negar ahora) comidas que amo como la torta de chocolate, los tallarines y la pizza (hecha en casa por si acaso. Recuerden que todo tenía que ser con alimentos de primera).

También había leído que las embarazadas no deben comer huevos crudos, ni jamones, ni prosciutto, ni quesos que no estén pasteurizados ni nada que no esté bien cocinado debido a riesgos de transmitir bacterias al feto. De más está decir, que pasé mi embarazo friendo jamones, obviando el prosciutto, convirtiendo al sushi en mi mayor enemigo y leyendo las etiquetas de todos los quesos para comprobar que estuvieran debidamente pasteurizados. En un momento mi neurosis fue tal, que cuando me di cuenta que me había pasado un pedacito de jamón sin cocinar en un restaurante traté de escupirlo. En ese momento, mi esposo me miró con tal cara que me curó de toda mi obsesión y terminé pasándome ese jamón, pero no pude evitar preguntarme por un par de semanas si ese jamón no traería desagradables consecuencias.

Increíblemente llegue hasta las 39 semanas de gestación, ya con una barriga que reventaba, usando la ropa de mi esposo (porque nada me quedaba de lo gorda que estaba) y por supuesto como buena mamá “saludable” haciendo deporte hasta el día anterior al parto. Luego de cinco horas de un trabajo de parto prácticamente inexistente llegó el regalo más grande que Dios me ha dado, el bebé más hermoso que había visto jamás, llegó mi hijo; sano, saludable, pesando 4 kilos y 80 grs y con hambre.

¡Ahhhh, salió a su mamá!

Bienvenidos a Neuro Mamá

¿Cuál es el nombre de tu blog?

¡¿Neuro Mamá? !   ¡¡¡NeuroMamá!!!

¿Por qué? ¿acaso eres neuróloga? ¿psicóloga? ¿psiquiatra?

No. Solo soy neurótica, una madre de 3 hijos con aspiraciones neuróticas. Con deseos conscientes e inconscientes de control absoluto sobre la vida y milagros de mis 3 hijos y muchas neurosis maternas.

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