Nana: ¿tener o no tener?

La verdad es que no soy fan de las nanas. Tener que compartir la crianza, los cuidados y sobre todo el amor de mi pequeño con una extraña no me agrada en absoluto. Ver como mi bebe mira con ojos de amor a otra persona que no soy yo me revienta, y en un principio me estresaba sobremanera que no pudiéramos generar correctamente el tan importante vínculo madre-hijo por tener siempre una tercera persona al lado.

Así que cuando estaba embarazada decidí que la ayuda de una nana no era necesaria, que yo sola iba a poder con mi hijo, con la casa y con mi carrera. La realidad se encargó de mostrarme cuan equivocada estaba. Si bien la familia ayuda, al final del día todos tienen su vida y no podía contar con que siempre iba a haber alguien para socorrerme. Además, los cuidados de un recién nacido abruman a cualquiera. Al 3er mes de estar sola necesitaba ayuda a gritos. Estaba al borde de la locura: seguía tan gorda que todavía usaba ropa de maternidad, no tenía ningún proyecto personal establecido, y algunos días (varios en verdad) ni siquiera me alcanzaba el tiempo para ducharme. Necesitaba una nana y ¡urgente!

Niña con nana alimentando caballo

Tuve suerte y encontré rápidamente una nana con todas las características y requisitos que buscaba. Funcionó muy bien hasta hace un par de meses en que – con pena – la tuve que invitar a retirarse. Ahora, estoy sola con mi bebé de 15 meses, y nuevamente me encuentro en el dilema de tener o no una nana. Si bien, ahora es más fácil, también es físicamente más extenuante y también ahora tengo más proyectos y temas que atender. De igual manera, las inseguridades que tenía en un principio: no generar el vínculo correctamente, que la quiera más a ella que a mí, están totalmente disipadas. Está claro para mi bebé que yo soy su mamá y el vínculo es tan sólido como puede ser.

Sin embargo, aún tengo reparos en contratar una nana. Lo cierto es que no me asumo como una de esas madres nana-dependientes, y no entiendo porque tengo esas necesidad de querer hacerlo todo yo. Debo de entender que no me hace mala madre contratar ayuda. También soy consciente que necesito tiempo para mí, para mis cosas y para mi esposo (que está relegado a un quinto plano y me lo hace notar constantemente). Debo reconocer (nuevamente) que necesito ayuda y que –por el bien de mi familia – debo buscarla ¡ya!

¿Es posible tenerlo todo?

¿Es posible tenerlo todo?

Hace varios años atrás mi hermana volvió de una charla dictada por una prestigiosa mujer de negocios con una idea fija: NO se puede tener todo en esta vida, si quieres dedicarte bien a algo debes optar. Se refería principalmente al conocido dilema de la mujer moderna: trabajo o familia. Según esta mujer, no se podía triunfar en los dos al mismo tiempo. Si quieres ser la súper empresaria de éxito, no puedes ser la mamá que lleva y recoje todos los días a los niños del colegio, hace tareas con ellos y les cambia pañales y les limpia los mocos todos los días. Para mi hermana fue una revelación; en cuanto se casara y tuviera hijos se le acababa la vida profesional. A mí ni me interesó; tenía 22 años y todas las ganas de comerme el mundo. Esa mujer no habría podido con todo, pero yo sí iba a poder.

Una mujer sonríe feliz dentro de un carro

Pasó el tiempo y me fui a hacer la maestría de mis sueños, en el último año salí embarazada y conseguí una oferta de trabajo inmejorable… la cual fue retirada cuando se enteraron que tenía 7 meses de embarazo. Me dolió un poco, sobre todo me dolió que algo que me hacía tan feliz (como mi embarazo) de cierta manera resultara incompatible con otra cosa que también me causaba mucha felicidad: mi desarrollo profesional. No me desanimé; de todas maneras necesitaba tiempo para ordenar mi vida y mi mundo para la llegada del bebe. Eso sí, dejé de buscar trabajo, no valía la pena, con mi panza de 7 meses ni siquiera me consideraban. Ya, en cuanto naciera mi hijo retomaría la búsqueda.

Y nació mi hijo. Jamás pensé que llegaría amar a alguien con tanta intensidad. Un sentimiento indescriptible y tan fuerte que me hizo pensar que los 3 meses que yo me había dado a mi misma de plazo para empezar a buscar trabajo eran muy pocos. Necesitaba al menos unos 6 para poder dejarlo y salir a trabajar. Y llegaron los 6 meses, los 9, y finalmente llegó el año… y con ellos todos los plazos para reincorporarme al mundo laboral. No lo hice, ni siquiera hice el intento. No pude, y aún ahora (a los 15 meses) la sola idea de dejar a mi bebé por tantas horas en manos que no son las mías, me crispa. Y es ahora, cuando recuerdo la conclusión que trajo mi hermana.

No quiero abandonar mi carrera profesional, pero no quiero perderme el día a día con mi hijo. No puedo evitar pensar que estoy desperdiciando mis estudios y desaprovechando mi talento. No puedo dejar de sentirme culpable por no trabajar. Pero, por otro lado, quiero estar ahí para ver cómo crece mi hijo, y que sea conmigo con quien descubra el mundo. Si bien la culpa por dejar a un lado mi vida profesional me corroe, la sola idea de dejar a mi hijo me paraliza. Realmente, admiro a las mujeres que logran doblegar sus sentimientos y salen a trabajar todas las mañanas para forjarles un futuro mejor a sus familias. Yo, no puedo. Y por eso me siento terrible.

Leí en algún lugar que esos son los paradigmas que la sociedad le impone a la mujer de hoy: tener éxito profesional, tener una linda familia y para remate estar regia. Pero ¿le podemos echar la culpa a la sociedad? O ¿somos nosotras mismas las que queremos todo? Dicen los freudianos que tus deseos no son únicamente tuyos, sino los impuestos por la sociedad (léase tus padres). Lamentablemente, eso no me hace sentir mejor. Quiero una carrera exitosa y ser mamá a tiempo completo, ¡ah! y además quiero estar regia. Y hasta que no logre desprenderme de alguno de ellos (o halle la fórmula del negocio propio con mi hijo en brazos), no voy a dejar de cuestionarme si es que acaso ¿no estaré pidiendo demasiado?

Los inicios: obsesión por un embarazo saludable

Todo empezó el día que me enteré que estaba embarazada. Junto con la dicha y alegría que sentí al enterarme que iba a ser madre por primera vez vino también el miedo; miedo a que algo salga mal, o a hacer algo mal. Un miedo (que ahora sé) es bastante común en las embarazadas. Quería llevar mi embarazo a buen puerto, quería tener un embarazo lo más sano posible, ¿Cómo lo lograría? ¿Cómo haría para que este bebe que crecía dentro mío –al cual ya quería más que a nada en este mundo- creciera y se desarrollara plenamente? ¿Qué debía de hacer o dejar de hacer para que salga bien?

Ya lo sé: llevar un embarazo saludable

Llevé mi obsesión a la comida y el deporte. Algunas mujeres que caen presas de la obsesión por un embarazo saludable se privan de absolutamente de todo lo rico (y digamos un poquito dañino) que tiene este mundo, entrenan, van al gimnasio y al final terminan más regias que cuando estaban embarazadas. En otros casos – como en el mío – la obsesión por llevar un embarazo saludable y transmitirle todos los nutrientes a mi bebé se transformó en un reto económico pues, todos mis productos se volvieron orgánicos, libres de EPAs, BPAs y cuanto químico hay (y todo eso es bastante más caro) y en el tema de la nutrición terminé engordando 25 kilos.

mujer a las 26 semanas de embarazo
Yo a las 26 semanas de embarazo

Había leído en algún lado que durante el embarazo una debía comer entre 120 y 160 calorías diarias más de las que come normalmente y yo… ¡No quería privar a mi pequeño de ningún nutriente! NINGUNO, así que tenía que cumplir con mi cuota calórica. Comía todo, todo el tiempo. Me torturé física y psicológicamente planeando nutritivos almuerzos, desayunos y cenas que muchas veces incluían comidas que odio -como los frijoles y alverjas- y también (no lo voy a negar ahora) comidas que amo como la torta de chocolate, los tallarines y la pizza (hecha en casa por si acaso. Recuerden que todo tenía que ser con alimentos de primera).

También había leído que las embarazadas no deben comer huevos crudos, ni jamones, ni prosciutto, ni quesos que no estén pasteurizados ni nada que no esté bien cocinado debido a riesgos de transmitir bacterias al feto. De más está decir, que pasé mi embarazo friendo jamones, obviando el prosciutto, convirtiendo al sushi en mi mayor enemigo y leyendo las etiquetas de todos los quesos para comprobar que estuvieran debidamente pasteurizados. En un momento mi neurosis fue tal, que cuando me di cuenta que me había pasado un pedacito de jamón sin cocinar en un restaurante traté de escupirlo. En ese momento, mi esposo me miró con tal cara que me curó de toda mi obsesión y terminé pasándome ese jamón, pero no pude evitar preguntarme por un par de semanas si ese jamón no traería desagradables consecuencias.

Increíblemente llegue hasta las 39 semanas de gestación, ya con una barriga que reventaba, usando la ropa de mi esposo (porque nada me quedaba de lo gorda que estaba) y por supuesto como buena mamá “saludable” haciendo deporte hasta el día anterior al parto. Luego de cinco horas de un trabajo de parto prácticamente inexistente llegó el regalo más grande que Dios me ha dado, el bebé más hermoso que había visto jamás, llegó mi hijo; sano, saludable, pesando 4 kilos y 80 grs y con hambre.

¡Ahhhh, salió a su mamá!

Bienvenidos a Neuro Mamá

¿Cuál es el nombre de tu blog?

¡¿Neuro Mamá? !   ¡¡¡NeuroMamá!!!

¿Por qué? ¿acaso eres neuróloga? ¿psicóloga? ¿psiquiatra?

No. Solo soy neurótica, una madre de 3 hijos con aspiraciones neuróticas. Con deseos conscientes e inconscientes de control absoluto sobre la vida y milagros de mis 3 hijos y muchas neurosis maternas.

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