10 tips para un buen hábito de sueño en los niños

Hace unos meses atrás publiqué un post (acá: Mi cama es mía y solo mía) y varias fotos (verlas acá) de cómo mis hijos se habían apropiado de mi cama tanto, tanto que mi esposo y yo nos teníamos que ir a dormir a otro lado porque los 5 no entrabamos en mi cama. Naturalmente, esta apropiación ilegal de nuestro espacio (ilegal sí, porque yo no practico el colecho -o al menos no lo hago voluntariamente) estaba causando estragos en la salud, rendimiento y vida sexual mía y de mi esposo.
10 tips para un buen hábito de sueño en los niños
Mi esposo se dormía en el borde y yo me iba a otro cuarto
Afortunadamente para mí, poco después que publiqué ese post me contactó Camila Soto, la única “gentle sleep coach” en el Perú (www.buhosdormilones.com), para ayudarme a iniciar un proceso gentil y respetuoso de devolver a mis hijos a sus camas. Camila es una coach gentil de sueño, es decir, aboga por entregar a los niños habilidades para dormir solos y de corrido de una manera agradable y respetuosa (lo cual encaja perfecto con mi estilo de crianza). Ella y yo nos reunimos y me dio varios tips y sugerenciasque apliqué con bastante éxito, y – como sé que el sueño es algo que nosotras las madres valoramos mucho – se los comparto acá.  
Pero, antes de dejarles los tips, debo señalar que mis hijos tienen 7, 5 y 4 años. Ya están un poco grandes (sobre todo el de 7) para cambiarles los hábitos. Aunque, esto no significa que no se puedan cambiar, para nada, pero sí significa que es más difícil y más trabajoso. Así que, si quieren recuperar su cama y volver a disfrutar de una buena noche de sueño ¡¡no esperen tanto como yo!!
10 tips gentiles para un buen hábito de sueño en los niños son:

1.       Tener una rutina previa al sueño clara y bien definida y (no salirse de ella). Yo la tuve con mis hijos desde el día que nacieron. Pero, conforme mis hijos crecían la fui cambiando y un poco que abandonando. Ya la retomé. 
2.       Alinear a toda la familia con la rutina pre-sueño. Todos debemos estar alineados: mamá, papá, abuelitos y nanas (si estos los ayudan con la hora de dormir). En mi caso, muchas veces mi esposo llega cuando yo los estoy acostando y los alborota a todos. Esto se acabó.
3.       La rutina pre-sueño ideal incluye cenar antes de bañarse, luego del baño leer algo o jugar algo muy tranquilo y estar en la cama a las 7:15p.m
4.       A partir de las 5:00 p.m. prohibido TV, videos, videojuegos y similares (estos los alteran y no los dejan descansar como se debe).
5.       En mi casa hemos creado una cartulina de los “buenos modales del sueño” con refuerzos positivos cuando cumplen estos modales.
6.       Antes de echarse a la cama para ir a dormir deben tomar agua, ir al baño y etc. Porque una vez acostados no deben estar saliendo, ni pidiendo cosas.
7.       Al acostarlos no meterse ni echarse a la cama con ellos. Debemos sentarnos en una silla al costado y ahí acompañarlos a que se duerman solos. A medida que van independizándose, la silla se va alejando.
8.       Al acostarlos, ponernos en “modo zombie” (esa es fácil) y no hablarles, no contestarles y evitar el contacto visual.
9.       Si se pasan a nuestra cama hay que devolverlos a la suya una y otra vez. Si se pasan 10 veces, los devolvemos las 10 veces.
10.   Así como hay una rutina para acostarse, debe haber una rutina para levantarse. El día debe empezar con una alarma o música y abriendo las cortinas.
La consistencia en estos puntos es vital. Debemos ser constantes y firmes para ayudar a nuestros hijos a dormir bien. Personalmente, solía fallar en la consistencia.  

La verdad que estos consejos y tips nos han ayudado mucho, mis hijos duermen mucho mejor, varias noches duermen corrido en sus camas (no todas aún) y, sobre todo, duermen más tiempo lo cual les permite más descanso y un mejor rendimiento general. Y no sólo ellos duermen mejor, mi esposo y yo también. Dormimos cómodos en nuestra cama y sin interrupciones (¡y sí, ahora tenemos más tiempo para hacer eso!).

Mi cama es mía y sólo mía

… ¡y en mi cama solo se duerme, se mira tele y se tiene sexo!
Eso nos gritaba mi hermana a voz en cuello a mis primas y a mí hace un par de semanas. Nos habíamos juntado en una noche de primas y yo me estaba quejando de lo mal que duermo últimamente pues, diariamente soy víctima de múltiples invasiones nocturnas a mi cama. Lamentablemente para mí, no puedo decir como mi hermana, que mi cama es mía y sólo mía. En algún momento la perdí y hoy le pertenece a toda mi familia. Y eso estaría bien si yo fuera practicante y/o promotora del colecho, pero NO lo soy. Y no sólo eso, estas invasiones nocturnas están arruinando mi descanso, mi nivel de energía, mi humor y hasta mi vida sexual.
Mi hermana, fiel seguidora de Tracy Hogg, admiradora del método Ferber y autora del célebre post: “Si tu hijo no duerme, es tu culpa” (clic acá para leerlo) es fiel creyente que a los niños hay que enseñarles a dormir, y enseñarles a dormir solos es uno de los mejores regalos que una madre le puede dar a sus hijos. Con esto, mis dos sobrinos de 2 y 4 años duermen solitos corrido todas las noches, y JAMÁS se pasan a la cama de sus papás. Si tienen pesadillas o se sienten mal, apenas se asoman a la esquina del cuarto de mi hermana (no entran) y la llaman. Ella o mi cuñado van y los acompañan de regreso a sus cuartos y ahí los dejan durmiendo de nuevo. Por otro lado, mi prima también es seguidora de Tracy Hogg y su método; y aunque no es tan fiel ni estricta como mi hermana sus hijos no se pasan todas las noches, toda la noche.

Así que estoy sola. No sé en qué momento perdí el control de la situación. Pero, creo que fue hace casi 4 años atrás cuando nació mi última hija y entre las lactadas nocturnas y el agotamiento diario, caía como un tronco en mi cama y no me importaba si tenía a todo el vecindario durmiendo dentro. Mi esposo también andaba muerto y así, nos dejamos ganar. El problema es que ahora los 3 se pasan casi todas las noches. Y si no son los 3, por lo menos 2 de ellos se pasan y encima mis hijos – los 3 – son gigantes. No son unos chiquititos pequeñitos que casi no se los siente. No, para nada. Son grandazos y ocupan un montón de espacio.
La situación se ha agravado con el regreso a clases, pues en el verano mi hijo mayor no sólo dormía en su cama toda la noche. Si no, se acostaba solo. La segunda y la tercera no se pasaban con la misma intensidad ni frecuencia que ahora. Por lo que definitivamente hay un factor de ansiedad y estrés muy fuerte en estas visitas nocturnas. Factor, que tengo que tomar en consideración.
Pero, estoy preparada para reclamar mi cama de nuevo. Volver a tomar posesión de ella. Tengo acá varios libros de niños para incentivarlos a dormir solos: el de psicólogas S.O.S, uno que tomé prestado de la biblioteca de una amiga y otros dos que me compré por internet. Tengo libros en español y en inglés (por si no les entra en un idioma). Mi esposo y yo estamos alineados, volví a leer a Tracy Hogg y a Winnicott y estoy mentalizada. ¡I’m ready!
Con mucho amor y con mucho respeto mis hijos se van de mi cama, y espero pronto poder decir como dice mi hermana: ¡Mi cama es mía y sólo mía, y sólo será usada para dormir, ver tele y tener sexo!

Dios ayúdame.

En San Valentín ¿A dónde se fue el amor?

Este San Valentín no recibí flores, ni chocolates, ni regalos. Menos aún, una joya (snif) ni nada por el estilo. Tampoco salí a comer, tomar, bailar ni al cine. Valgan verdades, hace años que no hago ninguna de las anteriores no sólo porque me llega tener que celebrar obligada por un tipo de mandato comercial, sino también porque el tráfico es más infernal que de costumbre y todo revienta de gente.
Lo interesante acá, es que ni cuenta me di que había sido, o era más bien dicho, San Valentín. Para mí era una día común y corriente de correteos. Caí en cuenta recién a la hora de la cena cuando una amiga me cuenta que estaba saliendo a comer con su marido a un sitio súper lindo y que no sabía que ponerse.
Pareja besándose en san Valentín con globos rojos

No quiero decir que estaba triste, porque en verdad no lo estaba. Pero de hecho estaba chocada, pues si bien mi marido y yo no somos los grandes celebradores de esta fecha siempre recibo mis reglamentarias flores y así me acuerdo que es San Valentín. Bueno pues, pensé, ya son 10 años juntos, ¿no? Tenía que llegar el día que se olvide de una celebración. Mejor que sea San Valentín, que un aniversario o algo así.
Debo reconocer que las manifestaciones de amor entre mi esposo y yo han cambiado mucho. Ya no son los besos intensos y eternos de cuando éramos enamorados, ni los regalos costosos y extravagantes de cuando éramos novios. Tampoco son escapadas románticas a sitios exóticos (con 3 hijos chiquitos, difícil). Nuestras manifestaciones de amor se han vuelto más infrecuentes. (leer con chiquitos no hay chiquitingo)
Así que me puse a pensar y a recordar. ¿Qué estaba pasando entre nosotros? El día de San Valentín mi esposo puso su despertador tempranito. Lo puso así, para poder llevarme a la clínica, que queda al otro lado de Lima, a que me tomen rayos x. La noche anterior fungió de mi chofer llevándome y trayéndome por todos lados (pues el dolor de codo no me deja manejar bien) y me acompañó al médico. Se sopló conmigo toda la espera al doc. en el hospital, a pesar que él odia los hospitales y doctores. Luego de la cita con el médico nos fuimos a comer a un sitio rico para que yo no esté tan triste por mi codo roto que me impide hacer deporte. Paramos en 3 restaurantes antes de elegir uno pues, como no teníamos reserva nos daban sitios sumamente incomodos. Sí, ya sé que engreída. Pero, me dolía mucho el codo y quería estar cómoda y comer rico. Y él supo reconocer eso sin criticarme.
Recuerdo también que mi esposo se pasa sábados enteros acompañándome en mis campeonatos de natación y días de días, escuchándome sobre mis entrenamientos, escrituras y reflexiones de todas las cosas que necesito hacer. Comparte orgulloso cada uno de mis logros. Los aprecia más que yo. Y aunque no siempre estemos de acuerdo en todo, siempre apoya y respeta todas mis decisiones. Me deja ser al 100%. Con él, yo soy más yo que nunca en mi vida.  
Y sí pues, este San Valentín no recibí flores, ni tarjetas, ni regalos. Pero, no los necesito. Tengo el regalo de contar con un compañero que me ama y comprende como nadie. Un compañero que hace que mis cosas ordinarias se vuelvan extraordinarias. Alguien con quien celebrar el amor en el día a día y darme cuenta que el amor está aquí, presente en los pequeños detalles.
Y bueno, antes que me olvide. El 15 de febrero a las 7:00 a.m. llegaron flores, globos y chocolates con una gran tarjeta de disculpa.
Eran de la florería, se habían confundido. Con tantos pedidos su servicio colapsó y no pudieron llegar a algunas casas. Esperaban que la hayamos pasado bonito y nos pedían mil disculpas.
Sí, la pasamos lindo gracias. Este año recibí el mejor regalo de todos: amor de verdad.

Netflix para adultos

Siempre hablo y doy recomendaciones sobre películas y series para niños o para ver con niños. Siempre estoy pendiente de buenos documentales para padres, madres, paternidad en general, educación. Pero, esta vez he decidido enfocarme en series (soy adicta a las series y Netflix satisface al 100% mi adicción) única y exclusivamente para adultos.  
Así, que sin más preámbulos les dejo mis top 7 (siempre 7) series de Netflix para público adulto. Créanme no se van a arrepentir de darles una mirada.
En orden ascendente estas son:

 7. Easy: Trata sobre las relaciones en el mundo de las citas. Cada capítulo es una historia distinta. Algunos capítulos son más hardcore que otros y mejor hechos que otros. Pero, en general son súper interesantes e invitan a reflexionar sobre las relaciones de pareja. Ojo: no apto para público conservador.

6. Orange is the New Black: la empecé a ver porque todo el mundo me la recomendaba y las criticas la alababan muchísimo. No defrauda, aunque todavía no me engancha al 100%. Humor negro que me encanta.

5. The Returned: ésta fue una sugerencia de Netflix luego de ver mis gustos peliculeros. La historia se

centra en un grupo de personas que han regresado luego de haber muerto por muchos años. Ninguno sabe que ha muerto, así como tampoco recuerdan nada de su muerte y no tienen idea de porqué regresaron. Miiiiiisterio y drama. Me encanta.

4. Master of None: La encontré de casualidad. Se trata de la vida de un 30ñero soltero, sin hijos tratando de hacerla en Nueva York. Suena como a conocido, pero es súper entretenida. Me recuerda a las series noventeras tipo Friends. Véanla.

3. The Affair: Esta serie me la recomendó una amiga diciendo: si quieres saber qué debes hacer y NO

hacer para evitar que te saquen la vuelta, debes de ver esta serie. Fue lo primero que vi apenas tuve Netflix y me enganché en una. Mi idea original era verla sola, pero mi marido se enganchó conmigo. Altamente recomendable cuando tienes muchos años de casada.

2. Stranger things: Es la típica serie nostálgica ochentera. El vestuario, la locación, el sound track y Winona Ryder son para la generación de los 80. Comprenderán que es la serie favorita de mi marido. Es misterio, drama, comedia y excelentes actuaciones. La serie recuerda mucho a E.T, los Goonies y Poltergeist. Con eso les digo todo.
1. Unbreakable Kimmy Schmidt: Otra súper recomendación de Netflix para mí. Me animé a verla y en el primer capítulo no podía creer la irreverencia. Kimmy Schmidt estuvo secuestrada por unfanático religioso durante 15 años y apenas es rescatada decide irse a Nueva York. Encuentra un roommate hilarante, una jefa de terror, la dueña del departamento está en drogas. Es demasiado divertida.

Ya saben, la próxima vez que tengan un tiempo libre y quieran algo que ver en Netflix vean algunas de estas. NO se van a arrepentir. ¿Tienen otras favoritas? ¿alguna sugerencia para mí?¿No tienen Netflix? No pues, que esperan.

Ser madre y sus dilemas – Milagros Sáenz y Stella Santiváñez

¿Cómo viven, sienten y practican su maternidad las limeñas de hoy?
Este libro escrito por quien les escribe (Milagros Sáenz) junto con Stella Santiváñez intenta retratar el significado de la maternidad en la Lima de hoy, plasmar los retos que trae consigo el ser mujer y el ser madre actualmente. Indagamos, preguntamos y nos cuestionamos cómo es que practican, viven y sienten su maternidad las limeñas en la actualidad.
Desde la sociología, recogemos diversos testimonios que nos indican que el ser madre va más allá del acto biológico. Es decir, implica más que el acto de parir pues trae consigo una serie de mandatos sociales y culturales que se imponen como verdades absolutas sobre las mujeres una vez somos madres imponiéndonos como válida y única una determinada manera de ser, sentir y vivir la maternidad. La sociedad nos comanda a expresar y ejercer nuestra maternidad de una determinada manera. Así, las mujeres – una vez somos madres – nos damos cuenta que ingresamos a un sub-mundo en dónde prácticamente (por no decir, todos) nuestros actos están regulados y se espera deben ser de cierta manera. La sociedad supone, asume y espera que nos comportemos de determinada manera una vez somos madres.
Cover of the book: Ser Madre y Sus Dilemas Milagros Sáenz y Stella Santivaez
Esto, genera mucha culpa y pesadumbre en aquellas mujeres que sienten y/o ejercen su maternidad de una manera distinta al resto. Aquellas que sólo quieren un hijo, aquellas que trabajan a tiempo completo porque su trabajo las hace feliz (y no por necesidad económica), aquellas que prefieren ir a la peluquería en vez de acompañar a sus hijos a una fiesta infantil, e incluso aquellas que NO quieren ser madres.
Cover of the book Ser madre y Sus Dilemas Milagros Sáez Stella Santivañez

Y este “deber ser” no sólo nos indica cómo debemos comportarnos, sino también como debemos sentirnos y sentir con respecto a nuestros hijos. Debemos amarlos desde el minuto que nos enteramos que vamos a ser madres, es más, debemos incluso amarlos y desearlos antes de ser madres, pues es así el instinto maternal, el amor materno no tiene límites y – se asume – todas queremos y estamos llamadas a ser madres. Nada más lejos de la realidad cómo podremos observar en el libro.

Lo interesante del libro es que rompe con estos mitos y nos muestra una maternidad real y actual. Nos muestra lo complejo de la maternidad, nos muestra que el ser mujer y madre es único y distinto en cada mujer, así como únicas y distintas somos todas las mujeres. Nos muestra que no hay una forma “ideal” de ser madre, que el “instinto materno” no existe como tal y que cada mujer siente y expresa esta maternidad de una manera distinta y ninguna es mejor o peor que otra. Simplemente, son distintas y “El amor maternal es sólo un sentimiento humano. Y es, como todo sentimiento humano, incierto, frágil e imperfecto[1]”.


Si te pareció interesante esta pequeña reseña del libro, quieres saber más al respecto y/o quieres tener tu copia del libro ya y además aprovechar la oferta por estreno. Ingresa a la fan page del libro: Facebook.com/SerMadreysusDilemasLibro  o escribe a: pedidos.sermadreydilemas@gmail.com



[1]Elizabeth Badinter

¡Sorpresa! Estoy embarazada

Antes de empezar tengo que hacer un disclaimer: NO estoy embarazada. No estoy embarazada, ni planeo estarlo y es más, no puedo estarlo en algún futuro. Así que respiren profundamente si se pusieron nerviosas, y quédense tranquilas que de esta panzita no sale un hijo más. El título de este post es porque recordé que hace 4 años atrás, por estos mismos días pensé que tenía gastritis y en verdad, lo que tenía era un embarazo de casi 8 semanas. Sí, un embarazo sorpresa.
Hoy lo recordé con cierta nostalgia mientras ordenaba la ropa de mis hijos y caí en cuenta que mi bebé, tiene ya 3 años. Se terminaron sus “toddler years” y con ella los míos, pues ahora sólo tengo niños (ya no toddlers) en casa y muchas de las medidas de seguridad que tomé los últimos 6 años son innecesarios. Se pasó rápido y aunque en un momento se me hizo eterno y abrumador, la verdad que hoy por hoy, no lo cambiaría por nada.
Salí embarazada de mi 3era hija cuando la segunda no había cumplido un año aún. Y como conté líneas arriba, yo pensaba que tenía gastritis pues, jamás se me ocurrió que estaba embarazada. No estaba en los planes tener a la 3era tan rápido. Es más, luego del complicado parto de la segunda las recomendaciones médicas fueron claras: NO salir embarazada en mínimo 3 años. Sí, doctor no se preocupe. No saldré embarazada antes de los 5 ni aunque me paguen.
Y ahí estaba yo, embarazadísima antes del año. En aquel entonces trabajaba full time y finalmente había logrado el dichoso equilibrio entre trabajo y familia. Estaba contenta. Había retomado el gimnasio con fuerza pues quería recuperar mi figura y empecé a sentirme un poco mal. Pensé que era una pequeña gastritis consecuencia de mi nueva rutina de entrenamiento y la dieta que también había empezado. No le hice caso y empecé a tomar anti ácidos, hasta que un día después del almuerzo me sentía muy mal: mareada, nauseabunda con una fuerte acidez y demás.
Una amiga de la chamba me preguntó: ¿no estarás embarazada? ¡Imposible! Le respondí. Debe ser mi gastritis. Sin embargo, me puse a revisar mi agenda y me di cuenta que tenía dos semanas de atraso. Bueno pensé, es normal luego de la lactancia prolongada. Pero, igual no me pude sacar la idea de la cabeza, pues todas las chicas de mi chamba estaban convencidas que lo estaba, así que esa tarde fui a hacerme los análisis. Unas horas más tarde, las sospechas de mis compañeras de trabajo estaban confirmadas: ¡¡¡tenía 8 semanas de gestación!!!
No voy a negar que fue un tremendo shock confirmar mis sospechas. No podría describir mis sentimientos. Sólo recuerdo haber estado como flotando y luego mucho desasosiego. Estaba molesta. Molesta conmigo, con mi esposo, con todo. ¿Cómo en pleno siglo XXI me podía pasar esto? ¿Qué clase de irresponsable era? Y la pregunta del millón: ¿En qué momento pasó? No sé uds. pero yo tengo muy claro el momento de la concepción de mis hijos mayores. Fueron totalmente planeados. Pero, con la 3era ni idea. Recuerdo que cuando le conté a mi marido, así a la volada: “bla, bla y bla y por si acaso, creo que estoy embarazada” sus primeras palabras fueron: ¿Cuándo? ¿Cómo? Y aunque ahora cuando lo recuerdo me río, en ese momento no me causó ninguna gracia.

Naturalmente, a las pocas semanas el miedo pasó, la ira y el agotamiento extremo pasaron y llegó la alegría del 3er hijo. Si bien fue un embarazo de alto riesgo pasó tranquilo, sin mayores incidentes y con la ventaja de estar bien cimentada como madre. Lo disfruté mucho pues sabía que sería el último. Y ahora, que escribo estas líneas y recuerdo esos momentos de incertidumbre, nervios pero, gran alegría, no saben las ganas que tengo de volver a decirle a mi marido: ¡sorpresa! ¡estoy embarazada! De nuevo. 

¡Ups! La fregué o los deseos ocultos de mi inconsciente

O como diría el Chavo, fue sin querer queriendo (o los deseos ocultos de mi inconsciente) que comparto en mi blog de maternidad.
Estos últimos días mi esposo anda feliz contándole a tutti li mundi una anécdota que no me deja muy bien que digamos. Se la ha contado a toda mi familia, su familia, amigos en común, compañeros de trabajo, en fin, a quien quiera escucharlo. Además, me insta a que lo cuente en este blog de maternidad (NeuroMamá Blog) porque según mi hermana (y él la apoya) en este blog, “me las doy de sufrida”. Cuando en realidad – según ellos dos – el verdadero sufrido es mi marido. Incluso mi papá, (sí mi papá) le ha dicho que debería abrir su blog y llamarlo: “Papá sufrido, el esposo de la Neuro Mamá”.
Así que bueno, ante tanta presión familiar me ánimo a contarles la dichosa anécdota. Pero, antes de continuar sólo quiero aclarar una cosita pequeñita. Quisiera recordar que tal cómo lo puse acá: post 20 cosas sobre mí, una de las cosas que yo más valoro es mi sueño; amo dormir, soy súper dormilona, me encanta dormir y últimamente no lo puedo hacer tanto como quisiera. Además, estos últimos días he estado agotada y a la hora de dormir, no duermo: caigo desmayada a mi cama y entro en un coma profundo.
Dicho esto y sin más preámbulos les cuento la historia.
Como probablemente ya saben, mi hija la última ha dejado el pañal hace poco (ver post acá). Como su dejada del pañal diurna es reciente todavía no me animo a quitarle el pañal por la noche, así que todavía duerme con su pañal por las noches. Hace un par de semanas a eso de la 1:00 a.m. (yo estaba seca, durmiendo) y ella se acerca a la cama y me dice: “pila mamá. Pila”.  Según cuenta mi esposo, yo le respondí: “Ya, pues haz pila, estás con pañal. Para eso lo tienes”. Me di media vuelta y seguí durmiendo como si nada.
Mi hijita se fue furiosa lloriqueando a su cuarto y él salió atrás de ella sin poderlo creer. La llevo al baño, le cambio el pañal, le puso ropa interior y la volvió a acostar. Luego, se echó a dormir a mi lado incrédulo.
A la mañana siguiente, cuándo tomábamos desayuno en nuestro tradicional caos mañanero me dice medio en risa, medio en serio: Anoche te maleaste, ¿cómo es posible que le hayas dicho eso a la chiquitita? ¿Cómo es posible que a la niña, que ha logrado un hito en su desarrollo la mandes a volar de esa manera? ¿QUÉ? Respondí, ¿qué hablas? Y me contó todo lo que había ocurrido la noche anterior, de la cual yo recordaba NADA. Y no miento, no me acordaba nada.
Y hasta el día de hoy, dos semanas después, sigo sin recordar nada de este suceso. Definitivamente, contesté dormida lo primero que me salió – y fue del alma – aunque Freud diría que fue de mi subconsciente. Por más que trato y trato, no recuerdo nada. Y bueno, consciente o subconsciente el hecho es que me queda claro que mi esposo no me mintió porque ahora mi hijita en las noches, ya no viene a buscarme a mí, si no va de frente dónde su papá. La escucho entre sueños pasarle la voz y pedirle cosas.

Debo confesar que, que mi hijita no me busque a mi en las noches me hace sentir… descansada. 
Finalmente, luego de 6 años y 7 meses puedo dormir corrido y sin sentirme culpable. ¡Qué viva el inconsciente! Y creo que voy a meter la pata más seguido (jejejeje).

Los papis también lloran

La semana pasada, a eso de las 8:00 a.m. recibí una llamada de mi marido súper afectado porque había tenido que dejar a nuestra hija la segunda (en pre-kínder) llorando en el salón. En un inicio cuando recibí su llamada no entendía a que venía, me hablaba entre molesto y fastidiado que había tenido que escaparse del salón con ayuda de la profesora, que él no podía con el calor horroroso que hay en Lima, con la falta de aire acondicionado en el salón y menos aún podía lidiar con el tráfico matutino y con su camisa arrugada todas las mañanas y  bla, bla, bla.
Tarde un poco en darme cuenta que en verdad con lo que él no podía lidiar era con dejar a su princesa preciosa (ver post sobre su princesa preciosa acá) llorando. Lo del tráfico, el calor y demás era una excusa para no admitir(me) que se le rompía el corazón cada vez que tenía que desprender las manitos aferradas de su hijita a su camisa y entregársela a la Miss mientras la escuchaba gritar: “papá llévame a tu trabajo, llévame a mi casita. ¡No me dejes!”.
Pero, ¿qué había pasado? Los primeros días de clase mi hija llegaba como una reina feliz a su colegio nuevo (ver post acá).  No entendía. Le pedí a mi esposo que se calme, que me cuente lo que había pasado y que no se sienta mal, que lo más probable fuera que nuestra hija sólo hubiera llorado 30 segundos más después que él se fue. De todas maneras, mi esposo –aduciendo una importante reunión a primera hora de la mañana – me pidió que los lleve yo al día siguiente.
Y lo hice. Al día siguiente, llevé a los dos colegiales súper temprano. El mayor ya superada su crisis (post sobre crisis: ¿qué es peor a que tu hijo llore el primer día de clases?) entró al colegio refeliz, pero la segunda efectivamente, ha tenido un pequeño retroceso.  No voy a mentir y decir que yo la dejé feliz de la vida, pero lo cierto es que la dejé cantando con una compañerita, tranquila y sin derramar una lágrima. Y así fue el resto de la semana porque, ¡oh, sorpresa! A mi marido, de pronto, le salieron reuniones impostergables a primera hora del día todo el resto de esa semana.
Pero, hoy lunes todos volvimos a nuestra rutina diaria y mi esposo llevó a los dos colegiales. Mientras me alistaba en casa para llevar a la tercera al nido suena mi teléfono y ¡oh sorpresa! Era mi esposito. Ahora sí furibundo, diciéndome que él ya no volví a llevar a los niños al colegio y bla, bla, bla. Luego de escucharlo un rato despotricar contra la vida pude escuchar lo que realmente decía entre tanta desazón. Esta mañana había sido horrible, sonaron las dos campanas y nuestra hija no le soltaba la mano, se aferraba con más fuerza que nunca a su camisa, la Miss lo espetaba a que se vaya y él sin saber bien que hacer, se fue corriendo.
Inmediatamente me llamó para descargar su ira compartir su pena. Y no es porque sea el mes de la mujer (y me sienta más conectada con los negados sentimientos masculinos) pero, atrás de esa rabia, pude sentir la pena de mi marido. Le partía el alma tener que dejar a su princesa llorando en manos extrañas, tener que salir a hurtadillas y no poder llevársela como era su deseo oculto: “La próxima me la llevo a la oficina. Que no me digan nada. Yo no la puedo dejar así. No la vuelvo a dejar así”.
Continuamos hablando, él necesitaba hablar. Compartir que es horrible dejar a tus hijos llorando en el colegio (díganmelo a mí), que es horrible sentirse tonto e inútil mientras ves a tus hijos llorar y tú sólo los quiere calmar, abrazar y llevártelos a la casa pero, sabes que no puedes, no debes. Además, creo que es doblemente duro para los papás porque son muy pocos los congéneres que están ahí pasando por trances similares. Por lo general somos las mamás las que estamos ahí, y ya en el colegio estamos curtidas en estos temas.
Pero, tranquilo, tranquilo Rey. No te castigues privándote de llevar a tus hijos al colegio cada mañana. No renuncies a ese ritual tan lindo que tienes con tu hijo mayor y quieres mantener con la segunda. Ella se acostumbrará e irá al colegio tan feliz como su hermano. Es natural estar triste, sentirse tonto, querer llorar y enojarse muchísimo por eso. Porque, como bien dice nuestro hijo mayor, los papis también lloran… aunque algunos lloran renegando. 

¿De verdad queremos casarnos las mujeres?

Hace un tiempo vengo investigando y leyendo bastante sobre temas de género. No es que me considere a mí misma una feminista sustancial, ni nada por el estilo. Todo lo contrario, diría yo. Pero, como mujer y científica social, considero que los temas de género son relevantes y sumamente pertinentes (además de entretenidos), para todas aquellas personas con un poco de curiosidad sobre las estructuras sociales dominantes.

¿Estructu.., qué?? Bueno, si alguna vez te has cuestionado sobre por qué las cosas son como son y no son de otra manera, o más específicamente, te has hecho preguntas tipo: ¿por qué somos las mujeres quienes debemos encargarnos de la casa? ¿Por qué es el matrimonio monógamo (una sola pareja) el que prima? ¿Siempre fueron por amor los matrimonios? ¿Está mal si no me provoca tener hijos? O cosas similares. Esas son el tipo de preguntas que cuestionan las estructuras sociales existentes. Y eres el tipo de persona que disfrutará este post.

Cuando estaba haciendo mis investigaciones (vía google) encontré este texto que me hizo sonreír y pensar mucho: “El matrimonio es un chollo [éxito] para los varones: recientes investigaciones conceden un promedio de 10 años más de vida a los hombres casados que a los viudos, solteros y divorciados; los casados además presentan menos enfermedades. En el caso de las mujeres es al contrario: las mujeres solteras o divorciadas sin hijos viven más y más sanas que las casadas, que presentan el doble de enfermedades, sobre todo mentales” (Paloma GÓMEZ, 2001:80) [1]  

O sea,  ¿qué? ¿Todas aquellas que nos creímos el cuento de hadas y firmamos un papelito (o nos fuimos a vivir, para tal caso) con nuestro príncipe azul, estamos fritas? Y ¿los hombres, no? ¡¡Qué!! Sobre todo, porque somos nosotras las que nos bancamos casi al 100% la chamba del hogar (y no me digan que no, por favor). Precisamente, puede ser esta chamba extra la que nos quita salud. Aunque leyendo bien, no es todo culpa de los hombres. Parece que tienen que ver más los hijos, pues según el texto son las divorciadas o solteras sin hijos, quienes tienden a vivir más y más sanas y con menos enfermedades mentales.  

Entonces, ¿Es el marido, o son los hijos los que inciden en que las mujeres presentemos el doble de enfermedades mentales según esta autora? Me inclino a pensar que es una mezcla de ambos. Pues, en nuestra sociedad un matrimonio no es concebido sin hijos, sin familia. Y el estrés que sufrimos las mujeres por ser las perfectas madres, esposas, amas de casa y profesionales mellan en nuestra salud física y mental. Estrés que no tienen ni las solteras, ni divorciadas sin hijos. Además, admitámoslo: los hijos dan un montón [un montón] de trabajo, y en muchos casos, los maridos también. O, ¿quién no ha escuchado decir (o ha dicho) que los maridos, son un hijo más?
Por otro lado, este estudio no está considerando que en primer lugar, las mujeres que optamos por este estilo de vida (madres y esposas a tiempo completo), ¿ya estábamos un poco más locas de arranque, y las enfermedades mentales son solo consecuencia natural? 

Lamentablemente, este pequeño texto deja en el aire muchas preguntas importantes para poder llegar a una conclusión rigurosa. Y por más que busqué y busqué no he encontrado el texto completo de la autora, ni ningún otro texto que corrobore lo dicho. Sin embargo, abre la puerta a muchas preguntas y reflexiones en torno al matrimonio, la familia y los hijos. En sociedades como la nuestra, el casarse y tener hijos se hace de una manera irreflexiva. 

Evitamos cuestionarnos si ¿de verdad todas queremos el pack completo: esposo e hijos? A la luz de los hechos, quizá debimos de optar por uno de los dos. Jajajaja  Si por ahí hay alguna soltera o divorciada sin hijos, todavía está a tiempo. Bromas a parte, es interesante ver el mundo desde otra perspectiva. A mí, por lo menos de calma el saber que no todo debe ser (ni es) perfecto e igual.

[1] Juliano, Dolores: El mito del instinto materno. En: revista Mujeres y Salud

Con chiquitos, no hay chiquitingo

Anoche, después que todos mis hijos cayeron rendidos antes de las 7:30 p.m mi esposo y yo decidimos pasar un momento romántico. Abrimos una botella de vino, sacamos unos piqueítos y nos pusimos a ver una peli (sí, así como hacíamos cuando éramos enamorados). Luego de un rato, empezamos a ponernos románticos y todo iba bien hasta que… pum, pum, pum pasitos y alguien tratando de abrir la puerta (que estaba con llave). Luego, unos llantitos y… no la vimos, ni en la tele.  
Un par de semanas atrás pasó algo peor, la puerta no estaba bien cerrada y cuando mi esposo y yo estábamos súper románticos mi hijo haciendo gala de toda su fuerza y terquedad (pues le gritábamos que se vaya) abrió la puerta. Nuestra fuga fue mejor que la de cualquier película de acción que hayan visto. No sé cómo hice, pero entré debajo de la cama y mi marido se transformó en flash. Mi hijo no sospechó nada (o al menos eso queremos creer). Por supuesto, después de esa entrada mi libido desapareció por varias semanas…

Y si bien estas anécdotas son graciosas y bastante comunes (al menos en mi vida de pareja), hacen mella en ella. Cada vez es más difícil para mí encontrar un largo momento a solas con mi esposo. Un momento en el que no esté muerta, ni estresada, ni tenga ganas de vegetar. Y no me refiero un momento para ponernos románticos con chiquitingo. Si no, simplemente un momento para poder conversar sobre nosotros, sobre lo que pasa en nuestras vidas y recordar los motivos por los que estamos juntos en primer lugar.

Jamás me imaginé que luego de reproducirnos como conejos, y haber sido protagonista de una historia de amor TRIPLE X digna de los mejores estudios hollywoodenses, mi esposo y yo íbamos a vernos forzados (por nuestros propios hijos) a llevar una vida casta, digna de monjes contemplativos de los claustros cistercienses. Y no hay técnica, ni consejo, ni artículo de Cosmopolitan que me digan cómo librarme de la estricta abstinencia en la que me encuentro. No, no es falta de motivación lo juro, aunque confieso que muchas veces me falta energía, pero es más que nada falta de oportunidad…
A couple hugging shirtless banned.

Sí ya sé, tengo que crear las oportunidades. Ser más creativa, sacar fuerzas de la flaqueza, mandarlos más seguido con sus abuelos, agotarlos más durante el día para que se duerman más temprano, escaparnos sólo los dos más seguido, ser más estricta, hacer una campaña más fuerte en contra del colecho. O si no, simplemente resignarme y agradecer a Dios por la oportunidad que me da la vida de purgar todos mis pecados y abrirme camino al cielo practicando devotamente las virtudes de la castidad y la templanza.  ¡Amén!