Mi esposo no me ayuda

Comparto con uds. esta emotiva carta escrita por una mamá cansada y abrumada, pues siente que su esposo no la ayuda en casa como ella necesita. Hace un tiempo escribí algo similar (ver post acá) sobre el espinoso tema de la ayuda paterna en casa. Y, digo espinoso porque si bien la generación de hombres de hoy ayuda mil veces más que la anterior, aún muchas de nosotras sentimos que no se involucran ni se responsabilizan lo suficiente por los temas del hogar.

Quizá muchas se sientan identificadas, quizá muchas no (yo sí) y también lo escribí (por acá). Sin más, acá les dejo la carta y ya saben, si alguna quiere compartir algo, pues, ¡bienvenida!

Querida NeuroMamá:

Antes que nada quiero dejar en claro que tengo un marido excepcional, lo amo con locura y pasión, lo admiro muchísimo como persona, como hombre, como esposo y sobre todo como padre. Además quiero que sepas que yo siempre he considerado que el rol de la mujer es completamente diferente al del hombre. Las mujeres cargamos en el cuerpo a nuestros hijos y de nuestros senos sale su alimento, creo que la naturaleza es sabia, y nos llama a hacernos cargo de ellos.

Desde que fui madre me rehúse a trabajar. Sentí desde el día uno la necesidad/obligación de proteger a mi bebé, de quedarme y velar por su bienestar. No había sueldo que me convenza de delegar su cuidado. Y cómo buena neuro, al inicio me rehúse a tener nana porque “nadie podía cuidar a mi bebé mejor que yo”, luego aprendí a aceptar ayuda porque, como una sabia mujer me dijo, “no hay bebé feliz de una mamá tan cansada que es infeliz” (esa fuiste ¡tú!).

Yendo al grano, los primeros meses de los bebés son agotadores, entre dar la leche, sacarle el chancho y hacerlo dormir, el asunto NUNCA acaba. Es muy difícil encontrar momentos para descansar, y la crianza de un niño no es tarea de uno sólo, es casi imposible (mis respetos para las madres solteras). Y aunque mi esposo ayuda muchísimo, siempre es bajo sus condiciones, es decir, cuando él tiene tiempo para hacerlo. Siempre se da un tiempo, no lo voy a negar.
Pero, siempre es bajo sus reglas, y hasta ahora no logro que se comprometa con un horario. Y si lo hace, falla. Sabe que yo estaré ahí para suplirlo. Y si le reclamo que se había comprometido, pues me dice que tiene que trabajar y que para eso estoy yo ahí. Más de una vez me ha pasado que un sábado a las 11 am, me ardían los ojos por la falta de sueño y mi esposo llega de jugar tennis y se hecha a tomar una siesta… PLOP. O peor aún, un viernes invita a un amigo a tomarse una chela en la casa, se toma sus traguitos y al dia siguiente son las 8 am y sigue durmiendo plácidamente. Ya durmió casi 8 horas corridas y no tiene cuado despertarse.

Acaso ¿no está viendo lo agotada que estoy? ¿Acaso ese hijo no es suyo también? Yo no duermo 8 horas corridas hace tanto tiempo que ya ni quiero sacar la cuenta. Y en este tipo de situaciones he tenido discusiones – mejor seamos sinceros, peleas –  que nunca acaban. Entre los argumentos que me da y que más me revientan están: “Esa es tu chamba, cuidar a los hijos, la mia es traer plata”, “Ya va a pasar, son solo unos meses, aguanta”, “No veo a otras mujeres quejarse tanto como tú”, “Vas a sobrevivir, fulanita la hizo y sin nana”. El asunto se pone peludo, porque contestarle así a una mujer hormonal, que no duerme más de 4 horas seguidas hace 2 meses, es casi como escupirle en la cara a un loco de manicomio. Entonces siempre me sale el tiro por la culata, porque no solo que no me ayuda todo lo que yo necesito, sino que terminamos peleados. Yo lloro de cansancio y frustración y él ayuda de mala gana, tan mala gana que le quito al bebe y le digo que con esa actitud no se cuida a un niño.
Meme: Yes, I'm a stay-at-home mom. Go ahead and ask me what I do all day long. I dare you.

Pero eso no es todo, a veces me sale con la de “aún no arreglas esa luz, ¿qué has hecho todo el día?”. Entonces yo me pregunto, ¿qué $%&#% cree que hago todo el día? Es que acaso, ¿NO entiende por lo qué paso? ¿No entienden que no solo es física sino también emocionalmente agotador? Su chamba son 8 horas, 5 días a la semana, y la mía nunca acaba. Es maravilloso ser madre, pero a veces sí necesito dejar mi mente en blanco, hablar de alguna otra cosa que no sean mis hijos. Mataría por tener tiempo de practicar algún deporte. ODIO quejarme, pero necesito descargarme.

NeuroMamá, no soy la única, he hablado con otras amigas y sus esposos les dicen lo mismo. Entonces, ¿cómo hacemos para que nos entiendan un poco más?

¿Y el marido?

Debo confesar que desde que me volví mamá mi esposo pasó a un segundo plano. No fue por falta de amor, para nada. Siempre lo he amado muchísimo. Fue porque simplemente no tenía ojos, ni tiempo ni ganas para nadie ni nada que no fuera mi hijo. Los sentimientos que estaba experimentando como madre primeriza y el encanto hacia mi recién nacido eran tan fuertes que, absolutamente todo pasó a un segundo plano, incluso yo. 

Naturalmente, con el tiempo me acostumbré a estos sentimiento tan poderosos, perdí el miedo a salir y dejar a mi bebé y me acostumbré al trabajo duro que es criar a un niño (sobre todo un recién nacido). Regresé al primer plano del que nunca debí salir, me acordé que tenía un esposo que me gustaba mucho y salí embarazada de mi segunda hija. El impacto de la llegada de la segunda no fue tan fuerte, aunque el amor y las ganas de estar el 100% de mi tiempo con ella sí. Me debatía entre querer darle a la segunda la misma calidad y nivel de atención que le había dado al primero, y poder mantener la misma cantidad y calidad de tiempo con mi hijo mayor. En este debate, ni si quiera existía una opción para mi marido.


La llegada de nuestra tercera hija nos agarró de sorpresa. Cuando recién empezábamos a disfrutar ser una familia de cuatro, recién empezábamos a salir solos de nuevo. ¡Pum! Venía la tercera. Yo no había recobrado ni mi peso, ni mi figura. Todavía, no me sentía muy cómoda repartiendo mi tiempo entre dos y mucho menos sabía cómo sería mi vida con tres. Nuevamente, mi marido pasó a un segundo plano, aunque creo que nunca salió del todo.

Con la llegada del primer hijo ni mi esposo ni yo nos dimos cuenta del cambio de prioridades. Fue algo natural. Con la llegada de la segunda, él sintió un poco la pegada y empezó a reclamar. Pero, fue con la llegada de la tercera que ya se empezó a quejar abiertamente. Yo andaba totalmente desquiciada tratando de atender a tres pequeñitos,  medio depre porque mi cuerpo había sufrido daños irreparables y con cero ganas de atender a “un hijo más”. Así que, él se mantuvo en el segundo plano al que lo había relegado. Se quejaba constantemente de que “ya no tenía esposa”, y creo que hasta cierto punto era cierto, pues yo sólo tenía fuerza y ganas para ser la madre de sus hijos.

Después de un tiempo me nivelé, me acostumbré a lidiar con 3 pequeñitos, recuperé (algo) de mi figura y me acordé de mi esposo. Felizmente, él estaba ahí con ganas de ser recuperado por su mujer. No fue fácil. Nos costó retomar nuestro ritmo de pareja (y nunca será como antes de los hijos), pero me sorprendí recordando lo bien que la pasamos juntos. Y, creo que eso es a veces lo que pasa con las parejas, sobre todo con las que tienen hijos: nos olvidamos de lo bien que lo pasamos juntos, de las aficiones comunes que nos unen. Nosotras andamos tan metidas en mil cosas de la crianza, estamos tan cansadas que nos olvidamos cómo empezó todo: con una historia de amor, ¿no?
Y bueno, yo no me quiero olvidar de la mía. Quizá a muchas les sonaré anticuada y totalmente anti-feminista (por no decir machista) pero –  estoy siguiendo el consejo de mis abuelitas – y estoy “atendiendo” a mi marido. Estoy invirtiendo en mi matrimonio. Estoy durmiendo menos y saliendo más (en horas de adultos), organizo más “dates” y menos “play dates”. Estoy recordando, que fue con él con quien decidí empezar esta historia de amor, esta familia y que es con él con quien quiero ser una familia hasta que la muerte nos separe, y amén.  

Ya estoy cansada

No sé si es porque estamos cerca  a fin de año,  o porque estoy cargando un resfrío que no me suelta desde hace más de 1 mes, o porque he aumentado mis horas de chamba fuera de casa, o simplemente porque ya llegué a mi límite y necesito descansar; pero ya no aguanto más. ¡Estoy agotada! No jalo ni un día más de colegios, nidos, actividades y pañales. Me cuesta un horror levantarme por las mañanas y cambiar a mis hijos para sus actividades diarias. En las noches, escucho a mi bebe llorar y rezo para que su papá también la escuche y sea él quien vaya. Encima, ya casi no tengo paciencia y para rematarla, ya no me interesa socializar con nadie.   
Me encuentro en una etapa (espero que lo sea) árida de mi vida como madre. Sin ninguna motivación aparente fuera de los pequeños gustos que trae el día a día con los niños. Cómo decía arriba, no sé si es porque ya es fin de año y me faltan vitaminas, o quizá porque mi tiroides está mal y las hormonas me están jugando una mala pasada. Pero, yo que no me perdía una, ya ni ganas de salir a la calle tengo. Es un suplicio ir a fiestas, talleres, charlas, actividades y shows (ojo, salvo que mis hijos sean los protagonistas, ahí sí se me vienen todas las ganas del mundo de participar y madrugo para sentarme en primera fila).  

No sé qué me está pasando, y la verdad es que no me gusta. No sé si a todas les pasa, o si a alguien ya le pasó antes. En mi caso, es la primera vez que estoy tan cansada y aburrida. ¿Por qué no decirlo? Aburrida y cansada. Quizá, esta rutina de ser mamá ya caló en mí. Quizá esta “jornada atípica” de trabajo de 24 x 7 x 365 ya hizo mella. Y la escasez de adultos interesantes (léase pares) con las que conversar en mí día a día de madre hace que mi motivación para participar en actividades se reduzca aún más. Pero, Uds. dirán, y ¿tus amigas? Sí, mis amigas están bien, gracias. Y cada una, está en su nota. Muy pocas tienen hijos. ¿Acaso no hay alguna otra gente con quien puedas conversar de algo? Y sí, si hay, supongo. Tendré que buscarlas. 

¿Y el hastío? Espero que ya pasará, ¿no? Por lo pronto, estoy tomando vitaminas y con una actitud más relajada frente a mis obligaciones. Si llegan tarde al colegio/nido, pues llegan. Ya no grito, ni me estreso, ni corro como una loca. Si no comen toda su comida, les doy sus gomitas multivitamínicas y me quedo tranquila. Si la chiquitita no duerme en la noche, pues será vampira. Ya no me estreso. Si la tarea no está lista y perfumada para el día correspondiente, pues no me importa, total, yo ya terminé el colegio. Es deber de mi hijo terminarla. Quien sabe, quizá con esta nueva actitud recobre mi energía (o por lo menos mi buen carácter). También, estoy haciendo más deporte y estoy planeando una escapadita con mi marido… aunque pensándolo bien, ¿los maridos no dan casi tanta chamba como un hijo? Aquí entre nos, el mío sí. Así, que quizá una escapadita solita con algunas amiguitas, a tomar un traguito y conversar un poquito…

Ahhh, creo que ya recuperé la energía.  

Carta a NeuroMamá…a propósito de un reciente viaje a Europa

Hola Neuro-Mamá,
Antes que nada quiero decirte que soy tu fan. Me encantan tus anécdotas y siempre me haces reír. Te escribo a raíz de un reciente viaje que hice a Europa en el que observé muchas cosas curiosas que muero de ganas de comentar…

Siempre supe que hay grandes diferencias culturales entre países y que los europeos son muy diferentes a los latinos. Este viaje me permitió descubrir una posible explicación: la manera como criamos a nuestros hijos. La forma de crianza de nosotras, las peruanas, es muy peculiar. En este viaje, éramos mi esposo y yo vs. mi hija, digo, mi esposo, mi hija y yo… jajajaja. Nada de nanas. No pude evitar compararme con cada madre que vi en la calle. Me sorprendió que nadie cargaba tanto a su hija como yo. Las europeas los hacen caminar, inclusive desde tan pequeñitos como la mía (año y medio), los niños tienen 2 opciones: coche o mano, a veces aparece una tercera, el canguro, pero definitivamente no iban cargaditos contra la cadera de mamá.

También caí en cuenta que ahogo a mi hija en besos, y que en consecuencia, ella es una gran besuqueadora. No vi en 14 días ninguna europea que cargue a su mostrito y le diga “a ver besito a papá, al abuelito, a la tía, al fulanito que casi ni conoces”, y que reciba una ola de aplausos por ello. Y de ahí deriva que cuando me presentaban a algún europeo automáticamente y por “educación” yo les metía la cara tratando de besarlos y ellos me extendían la mano… “Que frios”, pensé la primera vez, a la quinta vez me sentí súper inoportuna y hasta invasiva. Así que dejé de andar de repartidora de besitos, incluso era más cómodo para mí, y me he propuesto no forzar/pedir besitos a mi chiquitina.

Otra cosa que me sorprendió es que niños pataletudos hay en TODO el mundo. No faltó en cada paseo por lo menos un par de niños berrinchudos, eso no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió, es como lo manejaban las mamás. Más de una vez pensé que el niño lloraba porque se había perdido, y NO, no era eso, la mamá estaba a una prudente distancia, viendo con paciencia y casi sin inmutarse el despliegue de ira de la criatura, la que luego de un rato entraba en razón y con el rabo entre las piernas volvía hacia la madre. Y no sólo eso, sino que ningún europeo se preocupaba o prestaba atención. Sólo la inoportuna latina que te escribe miraba con asombro y hasta, sólo la primera vez, quiso entrometerse para ayudarlo a “buscar a su mami”. En el aeropuerto de Lima un niño se tiró al piso y no faltó más de una vieja que tuviera algo que decir al respecto, desde “señora, recoja a su hijo”, hasta “¡ayyyy Dios!”. Y eso, obviamente trae consecuencias, las madres peruanas no sabemos manejar una pataleta con dignidad: o los arrastramos por el piso, o los gritamos y nos frustramos, o terminamos dándoles lo que quieren (para que no hagan roche) o, simplemente llamamos a la nana…

Y hablando de nanas, las europeas van con sus 2,3 o 4 hijos a todos lados. Ellas y sus maridos con todos los hijos. Los niños se saben manejar en grupo, juegan cerca de los papás, se sientan y comen tranquilos. Me rompí el cerebro preguntándome porqué mi enana simplemente camina a donde se le da la gana y ni se preocupa por perderse, mientras los gringuitos siempre andan a la vista de la madre. ¿Por qué mi hija acaba de comer y se baja de la silla ipso facto, mientras los europeitos mueren de aburrimiento en sus sillas y esperan a sus viejitas? ¿Por qué mi traviesa es tan poco “sobreviviente” y se paraba chancando, atorando en el ascensor, la escalera eléctrica? No vi a ningún europeito meterse en tantos problemas… Creo que tengo la respuesta: mi hija está malacostumbrada a la nana. Las peruanas tenemos nanas, abuelas, tías que cuidan 100% del tiempo a nuestros pequeños. Cuando mi hija se aburre, la nana se la lleva a dar una vuelta. Ella no está acostumbrada a esperar pacientemente. Si terminó de comer, se la llevan a jugar.  Cuando se va corriendo, siempre la persigue la nana (no vaya a ser que se caiga o algo) ella sabe que siempre hay alguien atrás. En este viaje no siempre tuvo a alguien atrás, y casi se rompe en mil pedazos. La verdad, no es tan “ranger” como los europeitos, y es porque no ha necesitado serlo.

También observé que, los esposos de las europeas no son “cooperadores”, ellos saben que no se trata de “cooperar”, sino que también es ¡¡responsabilidad de ellos!!! Mientras, mi marido se daba palmaditas en su propia espalda, porque (y cito) la estaba “rompiendo” como papá, estos gringos chambeaban callados y sin esperar agradecimiento. En el aereopuerto ya de regreso a Lima, vi a una familia, iban papá y mamá con 3 niños. Mamá empujaba el coche de uno de ellos, papá cargaba 3 maletas, 2 niños y un carry-on, ¡no exagero!  Seguramente era el turno del papá, y no escuché ni una queja de su parte. Mientras mi esposo se creía un héroe por llevar él sólo las 2 maletas. Me quedé pensando, ¿cómo lo entreno? ¡Yo quiero el shampoo que ella está usando!!!

Increíble compararnos con otra cultura. ¿Lo estamos haciendo mal o muy bien? Sólo el tiempo lo dirá. Sólo sé que para mi próximo viaje, llevo a mi chiquitina cuando sea más grande y no tenga pensamientos suicidas.

Abrazos

Neuro-mamá 2

La más metiche del salón

Sí, ya sé lo que están pensando, que la más metiche del salón, de la promoción y de la vida soy yo. Y que me siento muy orgullosa de serlo y les voy a contar al respecto. Pues, NO. No es así.  Esta vez no voy a hablar de mí, y de cómo me meto en todo lo concerniente a mis hijos, de eso ya he hablado suficiente. Ahora más bien, voy a hablar de un (gracias a Dios) poco común espécimen de neuro madre que pulula por los colegios (y los nidos también), y a la cuál desde el día de hoy le he cogido una tirria enfermiza: la mamá más metiche del salón (a.k.a la mini miss).

Definitivamente, la vida de esta madre gira alrededor de sus hijos y no tiene nada mejor que hacer que andar alrededor de ellos. Hasta ahí, todo bien. Además, uds. dirán ¿en qué se diferencian de ti, entonces? Bueno, espero (realmente, lo hago) que nos diferenciemos en el hecho que, yo jamás me tomaré atribuciones que no me corresponden, y menos aún me meteré en dónde no me han llamado. Y es precisamente en esto en lo que radica mi repentino odio a la versión más hard core de las neuromamás: su falta de límites, el no saber hasta dónde y cuándo meterse, el tomarse atribuciones que nadie les ha dado, y por último no darse cuenta cuándo incomodan y es momento de parar. 

Afortunadamente, sólo me he topado con un par de especímenes de este tipo en mi vida. Ambas en la primera infancia de mis hijos. Una de ellas alborotaba con su entusiasmo el nido al que asistían mis hijos, además de fungir de organizadora del salón: organizaba el cumpleaños de la Miss, de la auxiliar, del portero y hasta de los pájaros mascotas que hay; también las tardes de juegos, fiestas de navidad, de halloween y similares y, por supuesto se colaba a todos los paseos (sí, sí aún a aquellos en los que estaba prohibido). Para mí, que en aquel entonces trabajaba, me era muy útil. Claro, el problema era para las mamás que estaban ahí y, sobre todo, para la miss. Más de una vez en la que llegué tarde a la hora de entrada me la encontré mirando por la ventana del salón dando órdenes a los niños y a la auxiliar, o peor aún diciéndole a la miss que debía de hablar con alguna mamá porque no veía bien al niño. O, la peor de todas, sentada en la alfombra del salón y sin moverse cuando la miss (con cara de desesperación) hacía sonar su campanita y era hora de empezar clases. Ella no se movía.

Little girl dessed up as a viking

El otro espécimen lo tengo ahora en mi salón. Y quizá, el motivo por el cual le tengo tanta tirria es porque se mete en todo aunque nadie le haya pedido y con su presencia altera a mi hijo (pues él quiere que también esté su mami). Cuando se pide voluntarias para ayudar en ciertos eventos ella, por supuesto, es la primera en apuntarse y la última en irse. Y bueno, ahí todo ok pero… cuando no es su turno de colaborar, ella igual está ahí. Llega primera y se va última y no capta que su presencia es non grata. No deja participar a otras mamás,  aunque a ellas sí les corresponde. Para muestra un botón, esta mañana insistió en quedarse a ayudar en una celebración interna, a pesar que no está permitido, y se fastidió muchísimo cuándo le dije que no se podía quedar pues no era su turno. 

Por lo pronto, la auxiliar la tiene entre ceja y ceja pues le quita funciones (¿quizá quiere su chamba?). De verdad que no habría ningún problema si no fuera porque – en mi opinión – estas madres tanto la primera (la del nido) y la segunda (del colegio) con su actitud muestran una total falta de respeto y consideración para con las demás personas. La profesora, los otros padres de familia (que sí cumplen con las disposiciones del centro educacional), los niños (sí ellos también) y por último, el centro de estudios. En fin, tomaré esto como lo que no quiero llegar a hacer por muy neuro que sea. 

Desperate Housewife Full Time

Hoy se cumple exactamente 1 año, 1 mes y 1 día desde que decidí de dejar de trabajar y dedicarme a mis hijos a tiempo completo. Sí, ya sé, cómo llevo la cuenta. Pero, es que hoy es mi aniversario de haber cambiado drásticamente mi forma de ver la vida. Cambié una posición regional con un título marketeable  y en inglés, por una posición más común y, por qué no decirlo, con un título más desprestigiado como: “ama de casa”.

Recuerdo como si fuera ayer cuando tomé la decisión de renunciar. No era que no me gustara mi trabajo, todo lo contrario, me encantaba. Había llegado a un punto ideal en el que me entendía perfectamente con mi jefa, los retos diarios me estimulaban y estaba en línea de carrera para un ascenso (o eso creía). Todo iba perfecto. Pero, había algo que no me hacía sentir bien del todo. Me acompañaba un constante sentimiento de incumplimiento (si es que existe eso). Sentía que no le cumplía bien a nadie: si me quedaba pegada en la oficina, le faltaba a mis hijos. Si me dedicaba a cumplir con las actividades de mis hijos, no cumplía con la oficina. A mi marido, ya ni lo veía, y por supuesto, para mis cosas no tenía ni un minuto. A las justas me lavaba los dientes. Ni hablar de ir al gimnasio, o la peluquería (salvo que fuera estrictamente necesario) y, menos almuercitos o lonches con las amigas, eso me quitaba demasiado tiempo, tiempo que era para mis hijos. Vivía constantemente apurada y angustiada (bueno, no es que ahora viva en un spa tampoco, pero por lo menos cumplo con todos), siempre debiéndole algo a alguien.

Hasta que llegó mi punto de quiebre. La psicológa del nido me citó para conversar sobre mi hijo. Fui sola y apurada, porque tenía que regresar a la oficina para un “call”. Y ahí, entre otras cosas, me sacó el dibujo que había hecho mi hijo cuándo le pidieron que dibuje a su familia: había dibujado a la nana de su hermana. Sí, a la nana de su hermana. Ella es una mujer mayor, imponente y mandona que asumió el control casi absoluto de mi casa cuando yo estaba en la oficina, y naturalmente había impresionado a mi hijo.

Esta reunión coincidió con una evaluación de mi chamba, en dónde había sido evaluada como “inestable”, porque lo cierto era, que andaba más metida en las cosas de mi casa que en las de la chamba. Esos días lloré a moco tendido. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué no podía ser la súper profesional y la súper mamá que cumplía con todo, cómo siempre me había imaginado que sería? Además, por supuesto, también quería el cuerpazo de infarto, ese cuerpazo con el que siempre salen todas las mamás en las revistas. Lo peor, es que era cierto, en la oficina no quedaban ni rastros de la profesional que solía ser antes de los hijos. Y en la casa, andaba deprimida por no tener “quality time” diario con cada uno de mis hijos, para lograr un vínculo sólido. Y, para rematarla, salí embarazada de mi tercera hija.  


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No lo pensé mucho. Para mí, no había mucho que pensar. Hablé con mi esposo, que es mi compinche y me apoya en todo, y renuncié. Si iba a hacer algo mal en mi vida, definitivamente no iba a ser mi maternidad. Decidí dedicarme a ser mamá al 100%. Nada de trabajos part time, ni consultorías free lance. 
Siempre puedo regresar a trabajar (tendré que empezar desde debajo de nuevo, no importa) pero, mis hijos sólo van a ser niños por un tiempo más. Y quiero disfrutarlos todo lo que pueda. Así, que sí con un poco de pena, cambié mi codiciado título laboral, por uno menos valorado en el mercado profesional, pero con más valor para mi tranquilidad. Para que suene mejor lo puse en inglés, of course, porque ahora soy, una “desperate housewife full time”, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sin domingos, ni feriados, ni vacaciones. Yo creo que con este título en mi CV, voy a conseguir más chamba ¿uds. no?  


Mi secreto para tener alta el autoestima

Llegó el verano y con él llegaron mis complejos. Después de 3 hijos, de engordarme 25 kilos en mis dos primeros embarazos unidos a la fuerza de gravedad y el paso de los años, mi cuerpo no es el mismo.  Lo sé, lo acepto y, lo peor de todo, lo noto constantemente. Lo noto porque la ropa no me queda igual, lo noto porque mucha de mi ropa simplemente no me queda (o sea, no me entra) y lo noto porque obviamente, no estoy ciega. No importa cuánto baje de peso, mi cuerpo no es el mismo y a menos que recurra a la magia de la cirugía plástica (¿Uds. Creen que el Dr. Morillas me haría un canje?), mi cuerpo nunca jamás volverá a ser el mismo (y ni con la cirugía).

Continúo con mi lento y doloroso proceso de bajar de peso, y así esta mañana decidí probarme

un bikini de aquellos que guardo como un recuerdo de tiempos mejores, y honestamente porque todavía no pierdo la esperanza de volverlo a usar (soñar es vivir la dicha… la,la,la) Cuando lo vi pensé ¿cómo me entraba esto? ¡Es enano! Igual, me lo probé sólo por infligirme un poco más de dolor, y cuándo estaba en esas, mirándome al espejo y tocando mi panza todavía gorda por la severa diástasis que tengo, llena de estrías y con una hernia horrorosa en el ombligo por cargar 3 bebes grandazos (4 kilos, 4 .380 kgs y la que nació de 35 semanas pesó 2.800 kgs), viene mi hijita la segunda y me empieza a jalar el ombligo, y yo le digo no, deja el ombligo de mamá, pobrecita mamá su ombligo está feo. Ella me dice, en su media lengua: “ño mami, linda como una pipesa (princesa)”. ¿Si hijita? Sí, linda mami como pipesa Bancanieves”.


Ni dudar, que en ese momento me sentí la más bella del mundo y la más linda pipesa. Pero, claro consiente yo de mi realidad me disponía a sacarme el bikini cuando ella me dice: “Ño mami, no saque vestido de pipesa. “Yo quieyo poner mi popa de baño de Papunzel”. Mi hijo mayor al escuchar el alboroto que hacía su hermana entró al cuarto y me dijo: “mami, ¿por qué te has disfrazado de linda?” ¿Qué? pensé, piensa que estoy linda… por supuesto mi súper yo (al mejor estilo Freudiano) entró en acción: ¿cómo andaré en la casa todos los días si piensa que estoy linda con esto? “Hijito, ¿cómo qué me he disfrazado de linda? “Ayyyy, mami tú sabes”.
Me miré al espejo, y lo cierto es que en lugar de verme como un desastre (como casi siempre que hago este tipo de pruebas) me ví bien. Después de muuuucho tiempo, me gusto mi imagen en el espejo. Así, que me la creí y me quedé con mi bikini (ten cuidado Tilsa) y salí a la playa feliz de la vida con mis hijos fans de la mano y pasé un lindo día sintiéndome linda por dentro, y también por fuera.

Email de una (neuro) mamá rebelada de la moda

Mamá Bloguera en pijama

Ser mamá agota. Como madres necesitamos sentirnos lo más cómodas posibles y, en ese sentido, muchas optamos por rebelarnos contra el mundo de la moda. Tal como lo ha hecho esta mamá quien se ha rebelado de la moda y optado por andar lo más cómoda posible sin importarle las críticas que pueda recibir de miembros de su familia. 

Reproduzco este correo en el que un miembro de su familia critica duramente la forma de vestir de una cansada madre que privilegió comodidad ante todo. Y cómo su esposo salió en su defensa.

La reproduzco, porque sé que muchas se sentirán identificadas con la respuesta… (ojo, los nombres y algunos datos han sido cambiados para proteger las identidades de los involucrados)

De: crco@zzzz.com
Para: pen@gmail.com
CC: “Family”
Subject: aviso de servicio público
Cuñadita, sugiero por el bien del matrimonio (y please tomen nota las demás hermanas) eliminar de sus listas de regalos (y de su lista de ropa) los buzos para estar en la casa. Esos buzos (en especial si son esos horrendos de terciopelo…) son sinónimo de: no bañarse, no peinarse y quedarse resina en la jato. Eso solamente las llevará a que sus esposos empiecen a deslizar la mirada de cuando en cuando pa’ entretener la retina, xq su esposa está en la jato, resina, con un buzo manchado que como la dueña, tampoco se ha lavado. Así que las inspiro e invito a que cambien esos buzos por jeans o leggins apretados (…) hará que sus esposos estén más contentos y puedan tomar cerveza y ver futbol de manera más tranquila y relajada!!!

Espero que no tomen esto como machismo, sino como consejo sincero y moderno. jajajajaja

Un abrazo,

¡¡No a los buzos cochinos!!!
La respuesta:

De: pen@gmail.com
Para: crco@zzzzz.com
CC: “Family
Subject: Re: aviso de servicio público

Estimado cuñado secreto,

El buzo aterciopelado se queda en mi lista y en mi closet. Como comprenderás, las mujeres reales, de carne y hueso, que trabajan y/o cuidan niños, se levantan a atender a sus hijos a las 11pm, a las 4am y empiezan su día a las 6am, cambian pañales y limpian mocos a diario y sin feriados… Algunos días no estamos cansadas, sino MUERTAS. Esos días queremos estar cómodas y si, tal vez ese día no nos bañemos, pero no porque no queramos vernos como las modelos de Brahma, sino porque el espíritu no nos da más. Ese día si mi esposo me mira y aún me ve linda, me va a hacer la mujer más feliz de la tierra, y no me interesa si me miente, solo que me diga q me veo linda. Si a pesar de que no me pude bañar, peinar y acicalar no por flojera (aclaro eso para que las ociosas no se trepen al coche), sino porque estoy más que cansada, pero por lo menos tuve la gentileza de sacarme la pijama, espero que mi esposo lo reconozca y me siga viendo linda, esa es mi mayor garantía de felicidad. Y, si él no lo sabe apreciar, pues ¡piña!


Y ahora te exhorto a que te adaptes a mi pedido y me busques el buzo para casa más lindo que encuentres, para que mi esposo no se canse del mismo buzito negro de terciopelo, que siempre uso.


Pep

Y lo mejor: la respuesta de su esposo
De: mango@gmail.com
Para: pen@gmail.com
CC: “Family
Subject: Cuñado secreto
Esa es mi Tennenbaum ¡carajo! Tú siempre estás guapa linda, hasta con vómito de nuestra bebe en la cabeza.

De vuelta a casa

Finalmente, luego de estar exactamente 10 días fuera de Lima volví a casa. Como ya había dicho en mi post anterior (Mi viaje romántico) me moría de angustia de dejar a mis hijitos. Pero, finalmente aproveché que los estaba dejando en muy buenas manos y disfruté a mil. Me relajé, me olvidé de la dieta, paseé duro y sobre todo: ¡dormí! Dormí como no dormía hace más de cuatro años (la edad de mi hijo mayor). Dormí tanto, que me da vergüenza decirlo. Incluso, hubo un par de días que después de desayunar, regresaba a seguir durmiendo…
Lo bueno de este viaje es que aprendí a disfrutar sin mis hijos, sin sentirme culpable o mala madre o angustiada porque algo les pase. Mis hijos sobrevivieron y yo también. Sobreviví sobre todo a ese sentimiento de culpa que siempre me agarra cuando los tengo que dejar por muchas horas para hacer cosas mías (cosas tipo peluquería, gimnasio, encuentros con amigas, etc.). Este viaje me permitió reencontrarme con actividades que me encantan y que normalmente en Lima no puedo, como leer hooooras, comer con calma y ¿ya dije dormir?

Ahora que he vuelto a hacer cosas que me gustan y que me recuerdan quién soy yo (además de ser mamá de 3 lindos) me siento más satisfecha conmigo y con mi vida. Me ha sido muy valioso reencontrarme conmigo misma y con lo que me gusta (entre eso mi esposo: descubrir que me encanta luego de 8 años de relación ¡no tiene precio!). He regresado y estoy yendo a nadar y al gimnasio. Me he comprado un par de libros y los estoy leyendo (no a la 1:00 a.m. cuando todos duermen, sino a una hora decente) y estoy planeando más cosas para mí. Lo bueno de todo esto, es que me siento más contenta, más descansada y más feliz, y esto se refleja también en mi relación con mis hijos. Me siento tan contenta que mi hijo mayor me preguntó ayer: “mami ¿por qué tu carita está feliz siempre?”
Definitivamente aunque en un inicio estaba a punto de no subirme al avión con tal de pasar más tiempo con mis hijos, me alegro mucho de haber viajado, de haberme reconectado y de haber disfrutado a mi esposo a mil en estos 10 días. Y como dice la gente: ¡Qué se repita!

woman with a big hat in a swimming pool



Mi viaje romantico

Después de 4 años, 1 mes y 5 días de no tener más de un fin de semana sola con mi esposo hoy nos embarcamos en un viaje romántico de 10 días. Añoro el tiempo que pasábamos juntos los dos solos  teniendo conversaciones sin que nadie nos interrumpiera, saliendo hasta tarde y levantándonos tarde, en fin llevando una vida plena de adultos. Sin embargo, ahora que finalmente llegó el momento de salir (en unas horas) lo único que quiero es echarme a llorar: ¡no quiero dejar a mis hijitos! ¡Nunca he estado tanto tiempo lejos de mis Little Monsters!!
 

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