¡Necesito una nana! ¿Qué hago?

Una vez resuelta la disyuntiva de tener o no una nana y, decidiéndonos por tener una, entramos al lento e –increíblemente – angustiante proceso de elegir una nana. Conseguir una buena nana no es cosa fácil. Hay muchas chicas que quieren trabajar como nanas atraídas por los altos sueldos pero que carecen de experiencia y roce. Por otro lado, las nanas con experiencia y debidamente acreditadas quieren ganar unos sueldos de lujo (¡más que una oficinista!) y no quieren trabajar cama adentro. Aquellas que sí quieren trabajar cama adentro, no cobran tanto pero son una especie en extinción, y están tan pedidas que en las agencias (las top) hay lista de espera para conseguir una. La espera puede durar hasta 5 semanas.

Eso no es todo, el proceso se ha vuelto bastante sofisticado y profesional. Hay agencias especializadas que capacitan a las chicas y cobran comisiones altísimas. En estas agencias, uno ve el perfil de varias postulantes con sus respectivos currículos que incluyen: cartas de recomendación, certificado de estudios, certificados de notas (incluso del colegio), exámenes médicos (incluyendo análisis clínicos) y perfil psicológico, además de incluir el certificado de antecedentes penales. Todas las agencias ofrecen garantía, se puede cambiar de nana –en caso algo no funcione – en un plazo de hasta 6 meses.

Una vez que la agencia tiene candidatas que cumplen con los requisitos solicitados por las mamás – algunas agencias piden un perfil de familia para garantizar un mejor match – empiezan las entrevistas. Empiezan a desfilar una a una, todas las chicas. Responden las típicas preguntas, algunas con soltura y otras no tanto. El proceso de selección puede ser largo y doloroso. Tengo una amiga que entrevistó a 20 nanas y no eligió a ninguna, finalmente se decidió por una que conoció en un parque (un excelente lugar para “robar” nanas ya que las puedes ver en acción).

Pero, el proceso de selección no tiene que ser necesariamente tan difícil. El problema son las exigencias que nosotras –las neuro-mamás- ponemos. Unos requisitos que ya quisiera la oficina de admisiones de Harvard: que tenga buena presencia, que sea pulquérrima; que sea menor de 30 años pero mayor de 28, que sea mayor de 35 pero menor de 40; que tenga hijos, que no tenga hijos, que sea casada, que sea soltera; que sea flaca para que tenga energía y corra de tras de mi bebe, que sea alta porque mis hijos son grandes, que sea baja para que este a la altura de los niños; que sea divertida (¿?); que sea de provincia, que sea de Lima… en fin.

Si bien a algunos estos requisitos pueden sonar tontos, lo cierto es que para las mamás todos tienen una base psicológica y emocional importante. Y cuando se trata de elegir, lo mejor es NO desesperarse (aunque suene a misión imposible), tener claro lo que uno quiere y guiarse por la intuición. En mi caso es lo que mejor me ha funcionado, y no he entrevistado más que a 3 personas.

Ausencia justificada

Hace casi un mes que no publico y es que he estado full. Como buena neuro-mamá en mi afán de ser perfecta y además estar atrás de mi hijo (y para colmo sin nana) me olvidé de hacer muchas cosas que me gustan y me hacen sentir bien como persona. Una de ellas es escribir, aunque sea un blog. Pero conversando con una amiga y recordando viejos tiempos me acordé de muchas de las cosas que me gustaba hacer (a veces siento que en otra vida) que son cosas que me hacen ser la persona que soy. Es importante, hasta por mi salud mental, que tenga un espacio para mí y me dedique a cultivarlo y cultivarme.

Así, que acá estoy con más proyectos para este año que recién empieza, y recordando que si bien el ser mamá es lo mejor que me ha pasado, no significa que me debo olvidar quien soy y que también tengo derecho a pasarla bien fuera del ambiente de la maternidad. Y si por ahí hay alguien a la que también le pasa eso, pues bienvenida al club y que este año 2011 sirva para engreír a nuestros pequeños y también a nosotras mismas.

Nana: ¿tener o no tener?

La verdad es que no soy fan de las nanas. Tener que compartir la crianza, los cuidados y sobre todo el amor de mi pequeño con una extraña no me agrada en absoluto. Ver como mi bebe mira con ojos de amor a otra persona que no soy yo me revienta, y en un principio me estresaba sobremanera que no pudiéramos generar correctamente el tan importante vínculo madre-hijo por tener siempre una tercera persona al lado.

Así que cuando estaba embarazada decidí que la ayuda de una nana no era necesaria, que yo sola iba a poder con mi hijo, con la casa y con mi carrera. La realidad se encargó de mostrarme cuan equivocada estaba. Si bien la familia ayuda, al final del día todos tienen su vida y no podía contar con que siempre iba a haber alguien para socorrerme. Además, los cuidados de un recién nacido abruman a cualquiera. Al 3er mes de estar sola necesitaba ayuda a gritos. Estaba al borde de la locura: seguía tan gorda que todavía usaba ropa de maternidad, no tenía ningún proyecto personal establecido, y algunos días (varios en verdad) ni siquiera me alcanzaba el tiempo para ducharme. Necesitaba una nana y ¡urgente!

Niña con nana alimentando caballo

Tuve suerte y encontré rápidamente una nana con todas las características y requisitos que buscaba. Funcionó muy bien hasta hace un par de meses en que – con pena – la tuve que invitar a retirarse. Ahora, estoy sola con mi bebé de 15 meses, y nuevamente me encuentro en el dilema de tener o no una nana. Si bien, ahora es más fácil, también es físicamente más extenuante y también ahora tengo más proyectos y temas que atender. De igual manera, las inseguridades que tenía en un principio: no generar el vínculo correctamente, que la quiera más a ella que a mí, están totalmente disipadas. Está claro para mi bebé que yo soy su mamá y el vínculo es tan sólido como puede ser.

Sin embargo, aún tengo reparos en contratar una nana. Lo cierto es que no me asumo como una de esas madres nana-dependientes, y no entiendo porque tengo esas necesidad de querer hacerlo todo yo. Debo de entender que no me hace mala madre contratar ayuda. También soy consciente que necesito tiempo para mí, para mis cosas y para mi esposo (que está relegado a un quinto plano y me lo hace notar constantemente). Debo reconocer (nuevamente) que necesito ayuda y que –por el bien de mi familia – debo buscarla ¡ya!

¿Es posible tenerlo todo?

¿Es posible tenerlo todo?

Hace varios años atrás mi hermana volvió de una charla dictada por una prestigiosa mujer de negocios con una idea fija: NO se puede tener todo en esta vida, si quieres dedicarte bien a algo debes optar. Se refería principalmente al conocido dilema de la mujer moderna: trabajo o familia. Según esta mujer, no se podía triunfar en los dos al mismo tiempo. Si quieres ser la súper empresaria de éxito, no puedes ser la mamá que lleva y recoje todos los días a los niños del colegio, hace tareas con ellos y les cambia pañales y les limpia los mocos todos los días. Para mi hermana fue una revelación; en cuanto se casara y tuviera hijos se le acababa la vida profesional. A mí ni me interesó; tenía 22 años y todas las ganas de comerme el mundo. Esa mujer no habría podido con todo, pero yo sí iba a poder.

Una mujer sonríe feliz dentro de un carro

Pasó el tiempo y me fui a hacer la maestría de mis sueños, en el último año salí embarazada y conseguí una oferta de trabajo inmejorable… la cual fue retirada cuando se enteraron que tenía 7 meses de embarazo. Me dolió un poco, sobre todo me dolió que algo que me hacía tan feliz (como mi embarazo) de cierta manera resultara incompatible con otra cosa que también me causaba mucha felicidad: mi desarrollo profesional. No me desanimé; de todas maneras necesitaba tiempo para ordenar mi vida y mi mundo para la llegada del bebe. Eso sí, dejé de buscar trabajo, no valía la pena, con mi panza de 7 meses ni siquiera me consideraban. Ya, en cuanto naciera mi hijo retomaría la búsqueda.

Y nació mi hijo. Jamás pensé que llegaría amar a alguien con tanta intensidad. Un sentimiento indescriptible y tan fuerte que me hizo pensar que los 3 meses que yo me había dado a mi misma de plazo para empezar a buscar trabajo eran muy pocos. Necesitaba al menos unos 6 para poder dejarlo y salir a trabajar. Y llegaron los 6 meses, los 9, y finalmente llegó el año… y con ellos todos los plazos para reincorporarme al mundo laboral. No lo hice, ni siquiera hice el intento. No pude, y aún ahora (a los 15 meses) la sola idea de dejar a mi bebé por tantas horas en manos que no son las mías, me crispa. Y es ahora, cuando recuerdo la conclusión que trajo mi hermana.

No quiero abandonar mi carrera profesional, pero no quiero perderme el día a día con mi hijo. No puedo evitar pensar que estoy desperdiciando mis estudios y desaprovechando mi talento. No puedo dejar de sentirme culpable por no trabajar. Pero, por otro lado, quiero estar ahí para ver cómo crece mi hijo, y que sea conmigo con quien descubra el mundo. Si bien la culpa por dejar a un lado mi vida profesional me corroe, la sola idea de dejar a mi hijo me paraliza. Realmente, admiro a las mujeres que logran doblegar sus sentimientos y salen a trabajar todas las mañanas para forjarles un futuro mejor a sus familias. Yo, no puedo. Y por eso me siento terrible.

Leí en algún lugar que esos son los paradigmas que la sociedad le impone a la mujer de hoy: tener éxito profesional, tener una linda familia y para remate estar regia. Pero ¿le podemos echar la culpa a la sociedad? O ¿somos nosotras mismas las que queremos todo? Dicen los freudianos que tus deseos no son únicamente tuyos, sino los impuestos por la sociedad (léase tus padres). Lamentablemente, eso no me hace sentir mejor. Quiero una carrera exitosa y ser mamá a tiempo completo, ¡ah! y además quiero estar regia. Y hasta que no logre desprenderme de alguno de ellos (o halle la fórmula del negocio propio con mi hijo en brazos), no voy a dejar de cuestionarme si es que acaso ¿no estaré pidiendo demasiado?

El nido parte II: ¿Cuál es el apuro?

Como no puedo con mi genio he seguido averiguando con todos mis conocidos cuyos hijos tienen más o menos de la edad de mi hijo si es que van a mandar a sus hijos al nido y cuando lo van a hacer. Y todos aquellos que están en un rango de entre 6 meses más o menos que mi hijo van a asistir al nido el próximo año. Los mayores empiezan en marzo y los menores en agosto y por supuesto, todos ya tienen su matrícula pagada. El único niño de 1 año que conozco que no tiene planes para ir al nido, ni a nada parecido el próximo año (o sea, de 1 año y medio) es mi hijo.

Pero, es que no me parece que sea tiempo aún de mandarlo. Claro, que lo que todas te dicen es que es mejor que vaya al nido a que esté en la casa todo el día con las empleadas. No estoy de acuerdo, si tú tienes una buena nana y confías en ella no veo por qué no puedas dejar a tu hijo en un ambiente seguro y familiar donde está cómodo, protegido y dispone de toda la atención que requiere. Además, si tienes la suerte de no trabajar, o trabajar cerca o dentro de casa realmente no vale la pena exponerlo. Por supuesto, para algunas personas esto es totalmente irracional, pero realmente no entiendo la necesidad de adelantar etapas. ¿Por qué no esperar a que estén emocionalmente más maduros antes de mandarlos al nido? Antes de los dos años no están listos para seguir normas sociales, por muy adelantados que sean.

De todas maneras después de pensar sobre las necesidades emocionales e intelectuales de mi hijo y machacar y machacar con el tema a quien me quiera escuchar o –en este caso- leer. He decidido que la mejor alternativa es matricular a mi pequeño en clases de estimulación temprana (aunque creo que a su edad – 1año y 1 mes – y dados los niveles de adelanto de hoy, ya sería una estimulación tardía, jajaja). Para mí, es la mejor opción: es sólo 2 o 3 veces por semana, dura una hora, la hace con la mamá o el papá (o incluso con la nana si ningún familiar puede), socializa con otros niños y aprende cosas nuevas. Es perfecta para neuro-mamás como yo que sienten que sus niños todavía no están listos para el nido.

Claro que la estimulación temprana también es todo un tema. Si se usa para reforzar el vinculo madre-hijo, o se usa para que el niño aprenda cosas antes que el promedio, cosas que –según mi hermana la psicóloga– de todas maneras aprendería a su propio ritmo, pero hay padres estresados (ejem) que quieren que aprendan todo, y todo rápido. En fin. Hay estimulación con danzas y juegos, estimulación con música, estimulación en el arte, estimulación del instituto Loczy, el popular Mami & yo, es decir, hay para todos los gustos. Que no les quede duda, que el próximo año mi pequeño y yo estaremos muy ocupados, porque obvio que nos matricularemos a todos los tipos de estimulación que ofrece el mercado Limeño. Ay, pues es que si no lo matriculo en todas no sería una neuro-mamá.

¿Y ya pensaste en el nido?

La verdad es que yo no lo había hecho, y no porque no me preocupara la educación de mi hijo sino que a sus 10 meses de vida me parecía que le faltaba aún un largo camino por recorrer. Por eso, cuando estaba en una reunión con un grupo de neuro-mamás recontra “hard core” (de esas que me hacen quedar como un chancay de a veinte) que no solo habían mandado o pensaban mandar a sus hijos al nido ni bien cumplido el año, sino que habían hecho reservas en el nido de su preferencia con más de 6 meses de anticipación e incluso llevaban a sus hijos a clases de estimulación temprana (a varios centros) desde los tres meses de edad. No pude evitar asustarme por mi desidia en el tema educativo. ¡Mi hijo se iba a quedar sin ir al colegio!

En el camino a casa trate de calmarme, miraba a mi bebe y recordaba lo mosca que era: gateó a los 5 meses, decía papá y mamá al padre correcto, prácticamente caminaba solo… Sin embargo no podía quitarme de la cabeza su falta de asistencia a un centro de educación institucionalizado. No habíamos ido a ninguna clase de estimulación de nada. Me asusté aún más cuando le conté a mi esposo esto y con cara de pánico me empezó a enumerar a todos los hijos de sus amigos que no habían ingresado al colegio, ¡no podíamos permitir que nuestro pequeñín se atrase!

Empecé a averiguar por todas partes y descubrí todo un mundo nuevo, un mundo donde oh, horror!! Si no te apuras en reservar la matricula de tu hijo en el nido corres el riesgo que llegado marzo tu hijo no tenga a donde ir. Claro, que no es que no haya nidos y todos estén full (o sea, no hay tantos niños en Lima), es simplemente que ese nido que tu quieres, el nido con el que sueñas, el nido que trazará el futuro no solo educacional sino también social de tu hijo, ese! está lleno. Y hay lista de espera. Y esto genera un círculo vicioso en el que las neuro-mamas angustiadas se apuran en separar la matricula con meses, algunas incluso años de anticipación.

Llamé a los nidos más conocidos, y por supuesto -no encontré cupo. Busqué frenéticamente en todos los nidos que me habían recomendado y no tuve suerte. Finalmente cuando ya había tirado la toalla encontré un nido que aunque nuevo era bilingüe, ofrecía educación interactiva y el método de enseñanza socrático en el que – gracias a Dios – quedaba un cupo. Le rogué a la encargada que me reservara el espacio que iría a pagar al día siguiente. Llegué a mi casa feliz: mi hijo no sería analfabeto. Fui corriendo a abrazarlo mientras él gritaba de emoción y agitaba los brazos para que lo cargara. Fue ahí cuando caí en cuenta que lo más importante que tenia para ofrecerle a mi hijo era tiempo, tiempo conmigo forjando un vínculo emocional sólido (gracias a mi hermana psicóloga por el dato) y que el tiempo se pasa rápido y mi bebé, seria mío solo mío por poco tiempo más.

Al día siguiente llamé al nido a disculparme, mi hijo no asistiría el próximo año… se quedaría en casa aprendiendo con su mamá. Ya tendrá muchos años por delante para estudiar.

¡Todo extremo es malo!

Durante mi embarazo investigué todo lo que pude en Internet, en libros y en revistas. Me suscribí a decenas de páginas sobre fertilidad, embarazo, crianza, desarrollo del bebè y similares. Compré varios libros y me presté varios otros. Leía tanto, que podía decir de memoria las etapas de crecimiento de un embrión. Me fui al extremo de convertirme en ratón de biblioteca embarazado. Entre todos los libros que me recomendaron, el primero fue el famoso: “Que esperar cuando se está esperando”. En mi necedad por querer leerlo todo, no hice caso a mi partera que me recomendó que mejor no lo leyera, ni a una buena amiga que me recomendó lo mismo.

Debí hacerles caso. Guiada por este libro me torturé y torturé a mi hijo durante bastante tiempo. En la sección: “que puede preocupar” donde aparentemente, preocupa todo. Leí que un bebé saludable debe de patear mínimo unas 10 veces durante una hora. Cuando sentía que mi bebé no se había movido por bastante tiempo lo empujaba y empujaba hasta obtener una respuesta, la mayoría de las veces obtenía una fuerte respuesta y después los consabidos 10 movimientos, pero otras veces solo me respondía una vez. ¿Pueden imaginar mi desesperación cando veía los minutos pasar y solo había percibido un movimiento? Volvía a empujar mi barriga una y otra vez hasta lograr que mi pequeño reaccione. Terminaba con la barriga adolorida de tanto empujar y con el pobre bebé moviéndose como un loco para tratar de encontrar una nueva posición.

También leí, que una embarazada no debe exponerse a altas temperaturas y mucho menos bañarse con agua muy caliente (tipo jacuzzi), sobre todo en la etapa final del embarazo. Además, una simpática persona –cuando estas embarazada siempre hay alguien con alguna historia de horror para compartir – me contó sobre el efecto sauna. ¿El efecto sauna? Cuando te duchas con agua muy caliente en un ambiente pequeño y cerrado (como son la mayoría de los baños) se genera un calor tipo sauna. Gracias a esta información, me la pase duchándome con agua helada prácticamente TODO el invierno (mi tercer trimestre).

Me aconsejaron también, que era básico hacerle a mi bebé pruebas a la vista y el oído. Así, que empecé a probar un día sí y otro también, que mi hijo no tuviera estos problemas.Prendía una linterna y apuntaba a la barriga para ver si se movía -ahora pienso ¿pasará algo de luz al útero a través de capas y capas de piel, musculo y grasa? También ponía audífonos en mi barriga y ponía un rock muy fuerte para sentir una reacción. Me imagino que mi pobre hijo debe de haberse pegado tremendos sustos al escuchar los alaridos de Metallica.

Cuando estaba a punto de desfallecer convencida de que mi hijo no era sordo, pero había una gran probabilidad de que fuera ciego (pues casi nunca reaccionaba a la prueba de la linterna). Decidí dejar de lado todas esas revistas, libros y páginas web y decidí guiarme por mi sentido común y mi intuición. Decidí disfrutar mi embarazo sin aprensión, confiando en Dios y esperando lo mejor. Así, guiada por mi intuición aprendí los patrones de movimiento de mi hijo, me di cuenta que bañándome con agua tibia estaba más contenta, y que esas pruebas podían esperar. La pasamos tan bien juntos que decidió quedarse dentro míos 5 días más. Y, bueno por seguir mi propia intuición y guiarme por mi experiencia sin hacer caso a nadie ni cuenta me di que había empezado el trabajo de parto … es que bueno, a veces, ¡la intuición también falla!

Los inicios: obsesión por un embarazo saludable

Todo empezó el día que me enteré que estaba embarazada. Junto con la dicha y alegría que sentí al enterarme que iba a ser madre por primera vez vino también el miedo; miedo a que algo salga mal, o a hacer algo mal. Un miedo (que ahora sé) es bastante común en las embarazadas. Quería llevar mi embarazo a buen puerto, quería tener un embarazo lo más sano posible, ¿Cómo lo lograría? ¿Cómo haría para que este bebe que crecía dentro mío –al cual ya quería más que a nada en este mundo- creciera y se desarrollara plenamente? ¿Qué debía de hacer o dejar de hacer para que salga bien?

Ya lo sé: llevar un embarazo saludable

Llevé mi obsesión a la comida y el deporte. Algunas mujeres que caen presas de la obsesión por un embarazo saludable se privan de absolutamente de todo lo rico (y digamos un poquito dañino) que tiene este mundo, entrenan, van al gimnasio y al final terminan más regias que cuando estaban embarazadas. En otros casos – como en el mío – la obsesión por llevar un embarazo saludable y transmitirle todos los nutrientes a mi bebé se transformó en un reto económico pues, todos mis productos se volvieron orgánicos, libres de EPAs, BPAs y cuanto químico hay (y todo eso es bastante más caro) y en el tema de la nutrición terminé engordando 25 kilos.

mujer a las 26 semanas de embarazo
Yo a las 26 semanas de embarazo

Había leído en algún lado que durante el embarazo una debía comer entre 120 y 160 calorías diarias más de las que come normalmente y yo… ¡No quería privar a mi pequeño de ningún nutriente! NINGUNO, así que tenía que cumplir con mi cuota calórica. Comía todo, todo el tiempo. Me torturé física y psicológicamente planeando nutritivos almuerzos, desayunos y cenas que muchas veces incluían comidas que odio -como los frijoles y alverjas- y también (no lo voy a negar ahora) comidas que amo como la torta de chocolate, los tallarines y la pizza (hecha en casa por si acaso. Recuerden que todo tenía que ser con alimentos de primera).

También había leído que las embarazadas no deben comer huevos crudos, ni jamones, ni prosciutto, ni quesos que no estén pasteurizados ni nada que no esté bien cocinado debido a riesgos de transmitir bacterias al feto. De más está decir, que pasé mi embarazo friendo jamones, obviando el prosciutto, convirtiendo al sushi en mi mayor enemigo y leyendo las etiquetas de todos los quesos para comprobar que estuvieran debidamente pasteurizados. En un momento mi neurosis fue tal, que cuando me di cuenta que me había pasado un pedacito de jamón sin cocinar en un restaurante traté de escupirlo. En ese momento, mi esposo me miró con tal cara que me curó de toda mi obsesión y terminé pasándome ese jamón, pero no pude evitar preguntarme por un par de semanas si ese jamón no traería desagradables consecuencias.

Increíblemente llegue hasta las 39 semanas de gestación, ya con una barriga que reventaba, usando la ropa de mi esposo (porque nada me quedaba de lo gorda que estaba) y por supuesto como buena mamá “saludable” haciendo deporte hasta el día anterior al parto. Luego de cinco horas de un trabajo de parto prácticamente inexistente llegó el regalo más grande que Dios me ha dado, el bebé más hermoso que había visto jamás, llegó mi hijo; sano, saludable, pesando 4 kilos y 80 grs y con hambre.

¡Ahhhh, salió a su mamá!

Bienvenidos a Neuro Mamá

¿Cuál es el nombre de tu blog? ¿Neuro Mamá? ¿por qué? ¿acaso eres neuróloga? ¿psicóloga? No, solo soy neurótica, una madre de 3 hijos con aspiraciones neuróticas.

Soy Milagros Sáenz creadora y autora del blog NeuroMamá (miembro de mamás blogueras peruanas) y en este este blog comparto mis dudas, anécdotas y angustias sobre ser una mamá (un poco) neurótica en el complicado mundo de hoy.

Tengo 3 hijos, un hombre y dos mujeres y debo admitir que jamás me imagine que me convertiría en una madre bloguera y menos aún neurótica, jamás. Ni siquiera en mis peores pesadillas me imaginé que me vería a mi misma convertida en una persona así. Lo cierto es que, con el dolor de mi corazón (de mi alma y mi billetera también) me he convertido en una mamá un poco paranoica, obsesiva, quisquillosa, maniática y sobre todo muy, pero muy neurótica. Una NeuroMamá.  

Yo que tanto me burlaba de esas madres que veía corriendo desesperadas cuando sus hijos se tropezaban y se golpeaban levemente, o que llaman al pediatra al primer estornudo, o que de pronto se olvidan de sus trabajos, sus amigas y HASTA DE SUS ESPOSOS por andar atrás de sus hijos. Esas madres con aspiraciones tan descabelladas que creen que sus hijos son Einstein porque cuentan hasta 10 antes del primer año, o creen que serán Phelps porque les gusta nadar en la piscina…

Logo NeuroMamá o neuro mamá
Nuevo logo de NeuroMamá o neuro-mamá o neuro mamá

Lo cierto es, que me convertí en una de esas. No sé cómo, ni cuándo. No sé si fue un proceso largo o corto, la verdad es que ya no lo recuerdo. Cuando caí en cuenta de lo que me había sucedido, era ya muy tarde… Me había convertido en una mamá neurótica, obsesionada con el bienestar de sus hijos y alucinada con sus futuros logros. Me preocupo si duermen mucho, si duermen poco, si toman mucha leche, si toman poca; si comen mucho, si están inapetentes; si hacen mucha pufi, si hacen poca. Cuento las onzas de agua, de leche y de comida que ingieren a diario, además arreglo personalmente sus ropas, les cambio pañales o acompaño al baño porque quiero ver (con mis propios ojos) como están sus deposiciones, los reviso siempre a ver si encuentro algún moretón, mancha o roncha que no haya estado ahí antes… en fin. Ahora que lo escribo me doy cuenta porque termino tan cansada, y eso que tengo ayuda profesional diaria.

Sé que suena un poco ¿cómo decirlo sin ofender? Raro, pero lo cierto es que soy una persona normal. Soy divertida (así me dicen los que me conocen), alegre, conversadora. Terminé el colegio y la universidad sin mayores contratiempos, es mas hasta hice una maestría. Si me ven por la calle, juro que no llamaría su atención, no se darían cuenta que soy una neuromamá, una mamá que vive obsesionada con sus hijos y cada día encuentra un motivo más por el que preocuparse.

Finalmente, este blog surge como una necesidad personal de compartir mis dudas, inquietudes y traumas con otras mamás, papás, tíos, tías, primos, herman@s, cualquier persona que pueda sentirse identificada o quizá incluso asustada por estos comentarios y quiera reírse un rato, compartir una experiencia, hacer una pregunta o simplemente darme más motivos para preocuparme y neurotizarme por el bienestar de mis hijos.

Espero que disfruten al leerlo tanto como yo disfruto al escribirlo.

Milagros Sáenz de NeuroMamá Blog con sus 3 hijos
Milagros Sáenz y sus 3 hijos