Las fiestas infantiles parte 2: La fiesta de mi hijo

En uno de mis últimos posts #las fiestas infantiles#, me quejo sobre la competitividad que generan – entre las madres – las fiestas de los niños. Bueno, quizás no me queje del todo, pero definitivamente sí comparto mi extrañeza por el hecho que las fiestas han dejado de lado la sencillez a la que mi generación estaba acostumbrada: chizitos, canchita, gelatina y con suerte un payaso, y privilegian la fastuosidad. Hoy en día, la sofisticación de las madres limeñas (porque, según veo es un fenómeno exclusivo de Lima) ha creado toda una industria en la que se deben mover varios millones de soles al año.

Las invitaciones, toman casi tan tiempo de elaboración como los partes de matrimonio, y en muchas ocasiones son incluso más ingeniosas que los mejores productos de merchandising de las grandes corporaciones. A mi casa han llegado invitaciones que eran CDs con música moderna para niños y grandes con el nombre y foto de la cumpleañera cuál estrella de rock, DVDs con la película del tema del cumpleaños, un cofre pirata con monedas de chocolate, tarjetas interactivas y varias tarjetas tipo magnetos para la refrigeradora. Por otro lado, ya en la fiesta los toldos imitan castillos de princesas que le darían envidia a la propia Cenicienta; y para los niños estos reproducen espacios de súper héroes que ni a los ejecutivos top de Marvel se les hubiera ocurrido.

Con tanto despliegue de magia y producción es difícil no contagiarse y querer también ser protagonista de una fiesta apoteósica.  Así, que yo también fui “víctima” de la millonaria industria de las fiestas infantiles y celebré la fiesta de mi hijo con la intención de dejar la magia de Disney como un chancay de a veinte. Y si bien fue una inversión considerable (llamémoslo inversión, porque no es un gasto cuando se trata de nuestros hijos 😉 ) valió la pena cada centavo.

Valió la pena, no sólo porque tuve la fiesta que cuando niña siempre soñé y nunca tuve (los padres de mi generación no eran tan dados al gasto), sino –y sobre todo-porque mi hijo, el dueño del santo, estuvo FELIZ. Estaba fascinado viendo a Spiderman, Doki, el Show de los Muppets, La era del Hielo; fascinado por encontrarse con todos sus amiguitos. Además, no sólo disfrutó él, sino también mi hijita menor, mi esposo, todos mis invitados y por supuesto, yo.

No se puede negar que hacer una fiesta de este estilo es bastante superfluo, y muchas veces los niños son igual de felices con algo menos elaborado. Pero, lo cierto es que si bien estas fiestas las hacemos principalmente pensando en nuestros niños, las mamás disfrutamos tanto el proceso y la organización y las hacemos con tanta ilusión que, si podemos darnos el gusto, realmente ¿por qué no?

¡Las mujeres trabajamos más!

Definitivamente las mujeres trabajamos más (y me refiero a más que los hombres). Eso es algo que en verdad siempre supe. Pero, ayer me quedó más claro que nunca cuando, decidí darme una “escapada” para hacer algo por mí: deporte (natación específicamente). Con poca chamba pendiente, decidí que podía salir. Pero, para variar, me atrasé un poco y salí con los minutos contados. Cuando llegué a la piscina tenía solo 30 minutos para nadar, alistarme y cambiarme para recoger a mis hijos del nido. Dentro del gimnasio, me encontré con un par de amigos de mi esposo que caminaban tranquilos en las caminadoras. 

Yo por mi lado nadé hecho una bala. Salí sin aliento y con el corazón a mil, corrí al camarín y en el camino me resbalé y me golpeé. Me dolió, pero no tuve tiempo para sobarme. Me bañé batiendo un record  mundial, y salí de nuevo corriendo para llegar corriendo al nido e ir corriendo a mi casa para almorzar, nuevamente, corriendo.

Saliendo del camarín, volví a ver a los amigos de mi esposo – que tienen hijos pequeños, uno de ellos un bebé menor que la mía – conversando y tomando tranquilamente unos refrescos en la cafetería. Mientras, por otro lado vi a una chica, que haciendo un uso del tiempo más eficiente que el mío, había logrado nadar y cambiarse en 15 minutos (¡lo sé, increíble!) y le daba la mano a uno de sus hijos, y cargaba a su otra hija (la habían estado esperando mientras nadaba) y salían a toda velocidad mientras le daba instrucciones a la nana que los acompañaba.
Los amigos de mi esposo, seguían como si nada. En ese momento, sentí un poco de envidia. Ahí, estaban ellos de los más tranquilos sin preocuparse de nada más que sus rutinas, sus cosas. Tan tranquilos, confiados que sus mujeres estaban lidiando con los hijos y todos los demás quehaceres domésticos. Sin preocuparse por el almuerzo de nadie que no fuera ellos mismos y sin ninguna culpa por estar ahí y no en su casa pasando tiempo de calidad con los hijos. Fue ahí, cuando caí en cuenta que definitivamente las mujeres trabajamos más, mucho más. Y, más aun las que sufrimos de neurosis aguda, como yo.
Dos chicas en bikini tachadas son el signo de no. Porque las mujeres no pueden divertirse igual que los hombres
¡Prohibido divertirse y verse bien!

Mi rutina, y la de todas mis amigas y conocidas con hijos, es muy similar: levantarse alrededor de las 6:00 a.m. y no parar hasta las 8:30 p.m, hora en la que -con suerte – ya todos están dormidos y tienes algo de tiempo para relajarte y hacer lo que te gusta. Porque, aunque tu esposo sea un modelo de padre abnegado, el 95% de la chamba de los hijos y la casa siempre va a recaer en ti y no hay nada que puedas hacer por evitarlo. La distribución de tareas domésticas nos antecede muchos años atrás en la historia cultural de la humanidad y –salvo en casos muy aislados – el niño va a preferir siempre a su madre y, en la medida de lo posible, va a querer que sea sólo ella, la que supla todas sus necesidades afectivas y biológicas.

Y, óyelo bien esto es algo muy positivo, ¡sí! aunque tú sientas que ya no tienes pulmones y no puedes más. Siéntete bien porque significa que has generado un vínculo muy estrecho con tu hij@ y su futuro emocional (sólo el emocional porque del económico no podemos decir nada) está garantizado. Lamentablemente, no podemos garantizar tú salud física ni mental, pero sí la de tu marido que va a poder ir al gimnasio sin ningún sentimiento de culpa, va a poder trabajar tranquilo sintiéndose el mejor padre del mundo mientras tú haces malabares para poder cumplir diligentemente con todas tus responsabilidades.   

Y, es que como dije antes (clic acá) la sociedad exige mucho a las mujeres de hoy, porque además de tener que ser excelentes madres, debemos tener también una carrera promisoria, y encima, un cuerpo de infarto.  Y como también lo mencioné en este blog, no se puede tener todo y lamentablemente para mí – y creo que para muchas neuro_mamás también – ceder el cuidado de los hijos a otra persona NO es una alternativa. Así, que nuevamente tengo que decidir que dejo de hacer para no morir en el intento, y esta vez le tocó el turno al cuerpo sexi del verano. Bye, bye ser regia este verano, adiós bikini, sé que nos volveremos a ver. ¡¡¡Lo juro!!! 

 

La fiesta de mi hijo

“Es solo una fiesta para niños, no puede ser tan complicado. No me digas que no hay en Lima – una ciudad con más de 8 millones de habitantes – otros proveedores que no sean esos tres que no están libres”.  Me decía mi esposo, hace unas semanas atrás, cuando al borde de la desesperación le conté que ni la “party planner”, ni el show, ni la “caterer” que yo quería estaban libres para el cumpleaños de nuestro hijo mayor.

La verdad, que yo tampoco entiendo, sobre todo porque los llamé, con  lo que yo creí que era un exceso de anticipación: 3 meses antes. Además, pensé que dado el excesivo costo de sus servicios, me iba a ser fácil separarlos. Y sobre todo, lo que menos entiendo, es porqué son los únicos con los que puedo trabajar. La presión social de mi círculo de pares, hace que sea imposible hacer una fiesta que no cumpla con los estándares mínimos suministrados por estos proveedores. ¡Estoy frita!

Y es que es difícil comprender, sobre todo para aquellos fuera del círculo de neuro_mamás, el  por qué tener que trabajar con los mismos proveedores, el por qué tener que impresionar a nuestros invitados con la cantidad de muñecos en el show, la calidad de la comida y la calidad y cantidad de las sorpresas para los niños. Es cierto, que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero,  ¿es esto, realmente lo mejor? Lo que quizá jamás nadie comprenda, es que secretamente, muy secretamente, las mamás competimos por quién hace la fiesta más linda: con la mejor decoración, el mejor show, lo mejor de todo y, no olvidar: ¡quién se ve más regia ese día!

Y, a pesar, que conscientemente no quiera competir, y me parezca una tontería superlativa. Lo cierto es, que ya estoy en la competencia. Solo por haber elegido ese nido para mi hijo, por postularlo a ese colegio, por frecuentar ese círculo. Y no lo voy a negar: me gusta competir y quiero ganar. No solo porque quiero darle lo mejor a mi hijo en su cumpleaños, sino también porque eso es a lo que él ya está acostumbrado. En sus cortos tres años de vida, esos son los estándares que él conoce.

Desafortunadamente, con el tiempo corriendo en mi contra, no puedo detenerme a filosofar sobre la vanidad que me rodea.  Así, que he tenido que hacer uso de mis mejores armas: mis contactos entre las “mamás high”, y,  llamar a estos proveedores – no como cualquier hija de vecina – sino como “socia”. Y, conseguir que tengan algunas cancelaciones (de otras mamás no tan bien conectadas). Y, ya tengo a la mejor party planner organizando el cumple de mi hijo, a uno de los mejores shows en escena, y por supuesto, la comida va a estar espectacular, con la “caterer” especializada.

Ya puedo relajarme y descansar. Aunque claro, lo que nunca me va a dejar descansar es, esa parte de mí que constantemente me repite: ¿de verdad es todo esto necesario? ¿Qué pasó con lo más importante: qué tus hijos la pasen bien y estén felices? ¡Es solo una fiesta infantil! ¡Con canchita, gelatina y un mago, debería ser suficiente!

 Y es que quizá, en donde estoy y como soy, nunca sea suficiente.   

Un día sin hijos

Hace un par de días estuve conversando con una amiga y como siempre nuestra conversación derivó al tema favorito de toda NeuroMamá: los hijos. Pero, esta vez, a diferencia de las otras, hablamos de temas no tan bonitos, sino de temas que –a veces – muchas de nosotras no nos atrevemos siquiera a aceptar: lo agotador (física y emocionalmente) que es criar a un hijo.

Esta amiga, que es madre soltera, 100% soltera, confesó que una de sus fantasías más recurrentes es poder desaparecerse un día completo, solo 24 horas, en las que pudiera dormir corrido y levantarse a la hora que se le viniera en gana, que pudiera leer todas las revistas que no puede por falta de tiempo, en fin, un día donde no tuviera nada más en que pensar que no sea ella misma… confesó también, que se siente pésima por tener este deseo, que tuvo que hablarlo con su psicóloga 200 veces para quitarse el sentimiento de culpa y aceptar que es normal y hasta sano, desear desaparecer por un día para poder concentrarse en sí misma y continuar.
Woman driking coffee

Lo curioso es que tras esta confesión, inmediatamente todas las que estábamos ahí asentimos. Es agotador criar a un niño, incluso para aquellas que tenemos pareja, familia y ayuda doméstica. Lo que lo vuelve particularmente duro, es el hecho que a diferencia de cualquier otro trabajo, criar un hijo es un trabajo sin descanso, dónde una está de guardia las 24 horas del día, los 365 días del año. No hay domingos, ni feriados que valgan, no te puedes tomar un “almuerzo largo” y mucho menos dar una “escapadita” y, por supuesto, tampoco hay días de enfermedad. Esto, junto al vínculo emocional que desarrollas con el niño – en el que sientes sus estados de ánimo y cada uno de sus problemas (por muy pequeño que sea) – hace que termines emocionalmente drenada.

El deseo que mi amiga se atrevió a confesar, es un deseo que muchas (todavía no me atrevo a decir todas) madres tenemos en algún momento de nuestras vidas. ¿Quién no añora su vida pre-maternidad? ¿Quién no añora ser una sola de nuevo? Cómo no añorar, el poder descansar sin preocuparse de otro ser humano, uno tan pequeñito que no puede hacer nada por sí mismo, y que depende de ti –en muchos sentidos- para sobrevivir.  
Es normal tener esta fantasía, así como es normal, que ahora que escribo  tenga un sentimiento de culpa terrible. Sentimiento de culpa, que no me deja, porque sí; a veces, solo a veces – deseo desaparecer un día completo, así sola, sabiendo que mis hijos están bien y mejor aún, sabiendo que solo por ese día, solo por un día no me necesitan, no me extrañan y no se acuerdan de mí. Solo un día, para estar libre y tranquila, y solo por ese día ser yo y solo yo de nuevo. Sí, solo un día. ¿Qué terrible, no?

FELIZ DÍA MAMÁ

Todas las mamás somos diferentes. A algunas el embarazo nos cogió desprevenidas y sin ningún tipo de preparación. Otras planificamos bien, nos programamos, estudiamos todo lo que pudimos y hasta nos alcanzó el tiempo, para tener el cuarto, la ropa y la nana listos con bastante tiempo de anticipación. Finalmente, a otras nos costó mucho salir embarazadas, tuvimos que trabajar duro y esforzarnos  en grande para conseguirlo.

Algunas mamás somos tranquilas y relajadas, otras somos nerviosas y atolondradas. Unas trabajamos full time fuera de casa; otras trabajamos full time en nuestra casa; otras pusimos una emprendimiento que nos permite balancear horarios y estar en todas partes.

Todas somos distintas, pero a la vez todas somos iguales; en nuestro incondicional amor por  nuestros hijos y el saber, que una vez que se es mamá nunca se deja de serlo.

Porque somos mamás, ahora y por siempre!

¡¡Feliz día de las madres mamá!!

P.D, y porque en el fondo todas somos unas neuro_mamás!!

Vocabulario y competencia

Siempre me han llegado esas madres obsesas que llevan la cuenta del vocabulario de sus hijos y les gusta, en un afán competitivo (obvio, porque si no para que andan contando las palabras de sus hijos), compartir con otras madres el número de palabras que Fulanito o Menganita manejaban a tal o cual edad. Es típico encontrarte con algunas de estas madres que al preguntarte por la edad de tu bebé, inmediatamente añaden: “A esa edad, Menganita ya tenía un vocabulario de 160 palabras”; “Fulanito, a la misma edad contaba con un vocabulario de 250 palabras, el pediatra decía que jamás había visto algo así….”

Pues, bien por Fulanito o Menganita! A mí no me interesan sus progresos lingüísticos, y realmente, ¿quien cuenta tantas palabras? ¡O sea, por favor! ¿Quién tiene tiempo? Cuéntame que hiciste ayer y no me digas que te la has pasado contando las palabras de tu “superdotada” hija. Porque obviamente, debe ser superdotado para tener un vocabulario tan rico a esa corta edad. ¿No?

Lamentablemente, es imposible para una madre evitar comparar e incluso preocuparse un poco si su hijo/a no logra las metas de desarrolla a la velocidad que a ella le gustaría. Así que para salir de dudas y no quedarme atrás en la competencia de madres, y por su puesto también antendiendo el pedido de la abuela de mi bebé. Es que, no solo he contado sus palabras, al año 7 meses, sino también (y con esto les gané a todas!!) he hecho un diccionario con sus palabras y sus respectivos significados.

Y con mucho orgullo les digo que (al día de hoy) mi bebé cuenta con un florido vocabulario de más de 280 palabras que usa en pequeñas frases, y combina muy bien. Obvio, la lista debe ser actualizada ya que está parendiendo un promedio de 2 palabras diarias, si es que no es más. Pero, la verdad es que ¿quién tiene tiempo para contar? Yo estoy feliz con mi bebé aunque fuera mudo!!

El trabajo: ¿Cuál es tu reto más grande?

Hace unos días recibí un pedido para llenar una encuesta sobre como manejan su rol de madres las mujeres que trabajan. La encuesta tenía varias preguntas sobre quién cuidaba a los hijos, quién era el principal contribuidor a la economía familiar, entre otras cosas. La que más llamó mi atención fue una pregunta abierta que indagaba sobre cuál era el reto más duro al que una sentía que se tenía que enfrentarse como madre trabajadora. Al ser una pregunta abierta las opciones eran ilimitadas, pero no me tomó mucho tiempo decidirme: la culpa.

Hace un tiempo escribí que había dejado de trabajar voluntariamente cuando mi bebé nació. Una vez superados los primeros meses, y con ellos los miedos y angustias naturales me entraron ganas de volver a trabajar, de utilizar todo el potencial que tengo, de tener otros temas además de pañales y nidos. Así que decidí volver al campo laboral, claro que no a un empleo a tiempo completo, esos de 8 horas de lunes a viernes en los que una no es dueña de su tiempo. Decidí auto emplearme y trabajar como consultora independiente. Claro que no fue inmediato, entre que me decidía por una estrategia de trabajo, desempolvaba mi agenda de contactos profesionales para ofrecerles mis servicios y seguía pasando todo el tiempo que podía con mi hijo pasó un buen tiempo. Mi hijo tenía 1 año 4 meses cuando finalmente llegó mi primer cliente.

Pero junto con la alegría de conseguir mi primer cliente y los retos profesionales que esto traía, vinieron también los sentimientos de tristeza y culpa por tener que limitar la cantidad de tiempo que pasaba con mi pequeño. Mientras mi trabajo me permitía estar en casa y trabajar desde ahí, podía manejar tranquilamente la situación. Pero, cuando las circunstancias requerían que me ausente de casa, la situación era horrible. Dejaba a mi pequeño llorando, y gritando: “No mamá, no trabayo”, y me iba con el corazón en la boca. Llamaba a la casa para cerciórame que este bien, solo para escucharlo llorar de nuevo al oír mi voz. Las primeras veces fueron terriblemente duras, se me llenaban los ojos de lágrimas y me repetía a mi misma que esto era bueno para los dos: nos daría más independencia… aunque la verdad aún no estoy segura cómo.

Tenía, tengo aún sentimientos encontrados. No quiero dejar sólo a mi hijo, quiero pasar con él todo el tiempo que me sea posible, verlo crecer, acompañarlo mientras descubre el mundo; pero por otro lado, necesito trabajar. Por mi autoestima, por mi salud mental, porque no quiero sentir que invertí tanto en mi educación por gusto, y porque tengo que admitirlo: me hace feliz.

Es interesante, como el trabajar me ayuda a realizarme, pero a la vez me hace sentir culpable. Me parece increíble el sentir que cada vez que hago algo relacionado al trabajo siento que debería estar haciendo algo relacionado con mi hijo; y cuándo paso mucho tiempo con mi hijo siento que debería pasar más tiempo enfocada en mi trabajo. No me doy tregua. Siempre siento que me pierdo de algo. No sé, si esto le pasa a muchas madres que trabajan, pero lo cierto es que me pasa a mí. Tan es así, que ahora mientras escribo estas líneas y escucho a mi hijo reírse abajo pienso: “la que me estoy perdiendo, mejor bajo y dejo esto de lado para departir con él”. Sí, mejor bajo…

Mamás pisadas, hijos desquiciados

Hace unos días mientras tomaba un café con una amiga, ocurrió un extraño incidente – de esos que te dejan con cierto desasosiego una vez que han terminado – así, de esos que te dejan pensando. Quizá no hubiera sido tan extraño si la persona encargada de cuidar al niño (en este caso la mamá) hubiera ejercido un mejor control sobre su hijo. Pero, claramente la señora en cuestión no ejercía ningún tipo de autoridad sobre su hijo. Era el típico caso de
una mamá totalmente pisada y sometida por su hijo (ya) desquiciado.

La cosa sucedió algo así: mi amiga y yo estábamos felices de la vida tomando nuestro cafecito cuando de la nada un niño de unos 5 años le tira un juguete en la cabeza a mi amiga y le pregunta con tono de mando: ¿Cuál es tu nombre?  … (silencio) Mi amiga y yo estábamos en shock. El niño volvió a preguntar: ¿Cuál es tu nombre? Shock total. Levanté la vista para ver qué adulto “cuidaba” al niño y vi a su mamá;  no decía nada, no hacía nada, se limitaba a contemplar a su hijo. Sin poder salir de mi asombro ante la actitud de la madre y viendo el fastidio de mi amiga, le pregunté al niño: “¿Qué pasó? ¿Te confundiste?”. A lo que respondió: “No, yo quiero saber su nombre”. Miró a mi amiga y le dijo: “¿Cómo te llamas? ¡Dime tu nombre!”. A lo que ella – para mi sorpresa – respondió: “No quiero”.

Niño mirando a la cámara con cara de loco

Shock total. Levanté la vista de nuevo, buscando a la madre de la criatura para que haga algo pero, ella sólo atinaba a decirle a su hijo en una voz muy suave y sin una pizca de autoridad: “ven, ven, por favor ven.” Por supuesto, el niño ni se inmutó, y más bien me amenazó: “Si no me dice su nombre, le vuelvo a tirar esto, ¿ya?, y a ti también”. Nunca me había enfrentado a tanta malcriadez de un niño extraño. Para ser honesta no sabía bien qué hacer: ¿lo corregía yo? ¿obligaba a la madre a corregirlo? ¿le llamaba la atención a la madre? ¿Qué podía hacer? Una vez más, busqué con los ojos a la madre de la criatura para decirle que se lo llevara, pero no solo no se atrevía a mirarme, sino que parecía que se iba a poner a llorar. Así, que miré al niño y le dije con el tono más firme que pude: “ándate con tu mamá”, a lo cual el niño replicó algo. Volví a insistir: “mejor ¡anda con tu mama!, anda con tu mamá ahora”. El niño seguía clavado en su sitio… en un último intento hice contacto visual con la madre quien se armó de valor y mirando al piso se llevó a su hijo.

Terminado el incidente no podía pensar en otra cosa, ¿Qué le había pasado a esa mamá? ¿en qué momento perdió el control de su hijo? ¿por qué no lo corregía? ¿Tendría vergüenza de corregir a su hijo delante de dos desconocidas? ¿No es acaso más vergonzoso que se porte así? o ¿es que acaso las mamás estamos tan cegadas por el amor incondicional hacia nuestros hijos que no nos damos cuenta que a los demás, sus “gracias” les pueden parecer inoportunas y antipáticas? O peor aún, ¿tenemos miedo las madres de contrariar a nuestros hijos y que no nos quieran? ¿tenemos miedo de corregirlos y que se molesten con nosotras? ¿Acaso, nos olvidamos que el amor y el respeto vienen de la mano, y que a largo plazo el niño valorará más a una madre firme que le otorgue estructura con reglas claras? ¿No es mejor ser alguien a quien nuestros hijos puedan admirar?

Este incidente me dejó pensando muchas cosas. Mi hijo tiene un carácter muy, muy fuerte. Yo quiero que sea un niño seguro de sí mismo, que me quiera y me respete y respete también al otro. Soy consciente que necesito armarme de valor y coger toda mi fuerza de voluntad para doblegar el carácter de mi pequeño tirano, pero después de este episodio tengo más certeza que nunca, que aunque se me rompa el corazón no puedo permitirle que haga lo que se le dé la gana y por muy pequeño que sea tiene que aprender a no atropellar a la gente. Tiene que aprender que hay límites, tiene que aprender que la mamá manda.

Nos va costar bastante, pero ya tuve la oportunidad de ver el futuro y no me gusta. Gracias a Dios, estoy a tiempo de cambiarlo.

¡Necesito una nana! ¿Qué hago?

Una vez resuelta la disyuntiva de tener o no una nana y, decidiéndonos por tener una, entramos al lento e –increíblemente – angustiante proceso de elegir una nana. Conseguir una buena nana no es cosa fácil. Hay muchas chicas que quieren trabajar como nanas atraídas por los altos sueldos pero que carecen de experiencia y roce. Por otro lado, las nanas con experiencia y debidamente acreditadas quieren ganar unos sueldos de lujo (¡más que una oficinista!) y no quieren trabajar cama adentro. Aquellas que sí quieren trabajar cama adentro, no cobran tanto pero son una especie en extinción, y están tan pedidas que en las agencias (las top) hay lista de espera para conseguir una. La espera puede durar hasta 5 semanas.

Eso no es todo, el proceso se ha vuelto bastante sofisticado y profesional. Hay agencias especializadas que capacitan a las chicas y cobran comisiones altísimas. En estas agencias, uno ve el perfil de varias postulantes con sus respectivos currículos que incluyen: cartas de recomendación, certificado de estudios, certificados de notas (incluso del colegio), exámenes médicos (incluyendo análisis clínicos) y perfil psicológico, además de incluir el certificado de antecedentes penales. Todas las agencias ofrecen garantía, se puede cambiar de nana –en caso algo no funcione – en un plazo de hasta 6 meses.

Una vez que la agencia tiene candidatas que cumplen con los requisitos solicitados por las mamás – algunas agencias piden un perfil de familia para garantizar un mejor match – empiezan las entrevistas. Empiezan a desfilar una a una, todas las chicas. Responden las típicas preguntas, algunas con soltura y otras no tanto. El proceso de selección puede ser largo y doloroso. Tengo una amiga que entrevistó a 20 nanas y no eligió a ninguna, finalmente se decidió por una que conoció en un parque (un excelente lugar para “robar” nanas ya que las puedes ver en acción).

Pero, el proceso de selección no tiene que ser necesariamente tan difícil. El problema son las exigencias que nosotras –las neuro-mamás- ponemos. Unos requisitos que ya quisiera la oficina de admisiones de Harvard: que tenga buena presencia, que sea pulquérrima; que sea menor de 30 años pero mayor de 28, que sea mayor de 35 pero menor de 40; que tenga hijos, que no tenga hijos, que sea casada, que sea soltera; que sea flaca para que tenga energía y corra de tras de mi bebe, que sea alta porque mis hijos son grandes, que sea baja para que este a la altura de los niños; que sea divertida (¿?); que sea de provincia, que sea de Lima… en fin.

Si bien a algunos estos requisitos pueden sonar tontos, lo cierto es que para las mamás todos tienen una base psicológica y emocional importante. Y cuando se trata de elegir, lo mejor es NO desesperarse (aunque suene a misión imposible), tener claro lo que uno quiere y guiarse por la intuición. En mi caso es lo que mejor me ha funcionado, y no he entrevistado más que a 3 personas.

Ausencia justificada

Hace casi un mes que no publico y es que he estado full. Como buena neuro-mamá en mi afán de ser perfecta y además estar atrás de mi hijo (y para colmo sin nana) me olvidé de hacer muchas cosas que me gustan y me hacen sentir bien como persona. Una de ellas es escribir, aunque sea un blog. Pero conversando con una amiga y recordando viejos tiempos me acordé de muchas de las cosas que me gustaba hacer (a veces siento que en otra vida) que son cosas que me hacen ser la persona que soy. Es importante, hasta por mi salud mental, que tenga un espacio para mí y me dedique a cultivarlo y cultivarme.

Así, que acá estoy con más proyectos para este año que recién empieza, y recordando que si bien el ser mamá es lo mejor que me ha pasado, no significa que me debo olvidar quien soy y que también tengo derecho a pasarla bien fuera del ambiente de la maternidad. Y si por ahí hay alguien a la que también le pasa eso, pues bienvenida al club y que este año 2011 sirva para engreír a nuestros pequeños y también a nosotras mismas.