¿Y ya pensaste en el nido?

La verdad es que yo no lo había hecho, y no porque no me preocupara la educación de mi hijo sino que a sus 10 meses de vida me parecía que le faltaba aún un largo camino por recorrer. Por eso, cuando estaba en una reunión con un grupo de neuro-mamás recontra “hard core” (de esas que me hacen quedar como un chancay de a veinte) que no solo habían mandado o pensaban mandar a sus hijos al nido ni bien cumplido el año, sino que habían hecho reservas en el nido de su preferencia con más de 6 meses de anticipación e incluso llevaban a sus hijos a clases de estimulación temprana (a varios centros) desde los tres meses de edad. No pude evitar asustarme por mi desidia en el tema educativo. ¡Mi hijo se iba a quedar sin ir al colegio!

En el camino a casa trate de calmarme, miraba a mi bebe y recordaba lo mosca que era: gateó a los 5 meses, decía papá y mamá al padre correcto, prácticamente caminaba solo… Sin embargo no podía quitarme de la cabeza su falta de asistencia a un centro de educación institucionalizado. No habíamos ido a ninguna clase de estimulación de nada. Me asusté aún más cuando le conté a mi esposo esto y con cara de pánico me empezó a enumerar a todos los hijos de sus amigos que no habían ingresado al colegio, ¡no podíamos permitir que nuestro pequeñín se atrase!

Empecé a averiguar por todas partes y descubrí todo un mundo nuevo, un mundo donde oh, horror!! Si no te apuras en reservar la matricula de tu hijo en el nido corres el riesgo que llegado marzo tu hijo no tenga a donde ir. Claro, que no es que no haya nidos y todos estén full (o sea, no hay tantos niños en Lima), es simplemente que ese nido que tu quieres, el nido con el que sueñas, el nido que trazará el futuro no solo educacional sino también social de tu hijo, ese! está lleno. Y hay lista de espera. Y esto genera un círculo vicioso en el que las neuro-mamas angustiadas se apuran en separar la matricula con meses, algunas incluso años de anticipación.

Llamé a los nidos más conocidos, y por supuesto -no encontré cupo. Busqué frenéticamente en todos los nidos que me habían recomendado y no tuve suerte. Finalmente cuando ya había tirado la toalla encontré un nido que aunque nuevo era bilingüe, ofrecía educación interactiva y el método de enseñanza socrático en el que – gracias a Dios – quedaba un cupo. Le rogué a la encargada que me reservara el espacio que iría a pagar al día siguiente. Llegué a mi casa feliz: mi hijo no sería analfabeto. Fui corriendo a abrazarlo mientras él gritaba de emoción y agitaba los brazos para que lo cargara. Fue ahí cuando caí en cuenta que lo más importante que tenia para ofrecerle a mi hijo era tiempo, tiempo conmigo forjando un vínculo emocional sólido (gracias a mi hermana psicóloga por el dato) y que el tiempo se pasa rápido y mi bebé, seria mío solo mío por poco tiempo más.

Al día siguiente llamé al nido a disculparme, mi hijo no asistiría el próximo año… se quedaría en casa aprendiendo con su mamá. Ya tendrá muchos años por delante para estudiar.

¡Todo extremo es malo!

Durante mi embarazo investigué todo lo que pude en Internet, en libros y en revistas. Me suscribí a decenas de páginas sobre fertilidad, embarazo, crianza, desarrollo del bebè y similares. Compré varios libros y me presté varios otros. Leía tanto, que podía decir de memoria las etapas de crecimiento de un embrión. Me fui al extremo de convertirme en ratón de biblioteca embarazado. Entre todos los libros que me recomendaron, el primero fue el famoso: “Que esperar cuando se está esperando”. En mi necedad por querer leerlo todo, no hice caso a mi partera que me recomendó que mejor no lo leyera, ni a una buena amiga que me recomendó lo mismo.

Debí hacerles caso. Guiada por este libro me torturé y torturé a mi hijo durante bastante tiempo. En la sección: “que puede preocupar” donde aparentemente, preocupa todo. Leí que un bebé saludable debe de patear mínimo unas 10 veces durante una hora. Cuando sentía que mi bebé no se había movido por bastante tiempo lo empujaba y empujaba hasta obtener una respuesta, la mayoría de las veces obtenía una fuerte respuesta y después los consabidos 10 movimientos, pero otras veces solo me respondía una vez. ¿Pueden imaginar mi desesperación cando veía los minutos pasar y solo había percibido un movimiento? Volvía a empujar mi barriga una y otra vez hasta lograr que mi pequeño reaccione. Terminaba con la barriga adolorida de tanto empujar y con el pobre bebé moviéndose como un loco para tratar de encontrar una nueva posición.

También leí, que una embarazada no debe exponerse a altas temperaturas y mucho menos bañarse con agua muy caliente (tipo jacuzzi), sobre todo en la etapa final del embarazo. Además, una simpática persona –cuando estas embarazada siempre hay alguien con alguna historia de horror para compartir – me contó sobre el efecto sauna. ¿El efecto sauna? Cuando te duchas con agua muy caliente en un ambiente pequeño y cerrado (como son la mayoría de los baños) se genera un calor tipo sauna. Gracias a esta información, me la pase duchándome con agua helada prácticamente TODO el invierno (mi tercer trimestre).

Me aconsejaron también, que era básico hacerle a mi bebé pruebas a la vista y el oído. Así, que empecé a probar un día sí y otro también, que mi hijo no tuviera estos problemas.Prendía una linterna y apuntaba a la barriga para ver si se movía -ahora pienso ¿pasará algo de luz al útero a través de capas y capas de piel, musculo y grasa? También ponía audífonos en mi barriga y ponía un rock muy fuerte para sentir una reacción. Me imagino que mi pobre hijo debe de haberse pegado tremendos sustos al escuchar los alaridos de Metallica.

Cuando estaba a punto de desfallecer convencida de que mi hijo no era sordo, pero había una gran probabilidad de que fuera ciego (pues casi nunca reaccionaba a la prueba de la linterna). Decidí dejar de lado todas esas revistas, libros y páginas web y decidí guiarme por mi sentido común y mi intuición. Decidí disfrutar mi embarazo sin aprensión, confiando en Dios y esperando lo mejor. Así, guiada por mi intuición aprendí los patrones de movimiento de mi hijo, me di cuenta que bañándome con agua tibia estaba más contenta, y que esas pruebas podían esperar. La pasamos tan bien juntos que decidió quedarse dentro míos 5 días más. Y, bueno por seguir mi propia intuición y guiarme por mi experiencia sin hacer caso a nadie ni cuenta me di que había empezado el trabajo de parto … es que bueno, a veces, ¡la intuición también falla!

Los inicios: obsesión por un embarazo saludable

Todo empezó el día que me enteré que estaba embarazada. Junto con la dicha y alegría que sentí al enterarme que iba a ser madre por primera vez vino también el miedo; miedo a que algo salga mal, o a hacer algo mal. Un miedo (que ahora sé) es bastante común en las embarazadas. Quería llevar mi embarazo a buen puerto, quería tener un embarazo lo más sano posible, ¿Cómo lo lograría? ¿Cómo haría para que este bebe que crecía dentro mío –al cual ya quería más que a nada en este mundo- creciera y se desarrollara plenamente? ¿Qué debía de hacer o dejar de hacer para que salga bien?

Ya lo sé: llevar un embarazo saludable

Llevé mi obsesión a la comida y el deporte. Algunas mujeres que caen presas de la obsesión por un embarazo saludable se privan de absolutamente de todo lo rico (y digamos un poquito dañino) que tiene este mundo, entrenan, van al gimnasio y al final terminan más regias que cuando estaban embarazadas. En otros casos – como en el mío – la obsesión por llevar un embarazo saludable y transmitirle todos los nutrientes a mi bebé se transformó en un reto económico pues, todos mis productos se volvieron orgánicos, libres de EPAs, BPAs y cuanto químico hay (y todo eso es bastante más caro) y en el tema de la nutrición terminé engordando 25 kilos.

mujer a las 26 semanas de embarazo
Yo a las 26 semanas de embarazo

Había leído en algún lado que durante el embarazo una debía comer entre 120 y 160 calorías diarias más de las que come normalmente y yo… ¡No quería privar a mi pequeño de ningún nutriente! NINGUNO, así que tenía que cumplir con mi cuota calórica. Comía todo, todo el tiempo. Me torturé física y psicológicamente planeando nutritivos almuerzos, desayunos y cenas que muchas veces incluían comidas que odio -como los frijoles y alverjas- y también (no lo voy a negar ahora) comidas que amo como la torta de chocolate, los tallarines y la pizza (hecha en casa por si acaso. Recuerden que todo tenía que ser con alimentos de primera).

También había leído que las embarazadas no deben comer huevos crudos, ni jamones, ni prosciutto, ni quesos que no estén pasteurizados ni nada que no esté bien cocinado debido a riesgos de transmitir bacterias al feto. De más está decir, que pasé mi embarazo friendo jamones, obviando el prosciutto, convirtiendo al sushi en mi mayor enemigo y leyendo las etiquetas de todos los quesos para comprobar que estuvieran debidamente pasteurizados. En un momento mi neurosis fue tal, que cuando me di cuenta que me había pasado un pedacito de jamón sin cocinar en un restaurante traté de escupirlo. En ese momento, mi esposo me miró con tal cara que me curó de toda mi obsesión y terminé pasándome ese jamón, pero no pude evitar preguntarme por un par de semanas si ese jamón no traería desagradables consecuencias.

Increíblemente llegue hasta las 39 semanas de gestación, ya con una barriga que reventaba, usando la ropa de mi esposo (porque nada me quedaba de lo gorda que estaba) y por supuesto como buena mamá “saludable” haciendo deporte hasta el día anterior al parto. Luego de cinco horas de un trabajo de parto prácticamente inexistente llegó el regalo más grande que Dios me ha dado, el bebé más hermoso que había visto jamás, llegó mi hijo; sano, saludable, pesando 4 kilos y 80 grs y con hambre.

¡Ahhhh, salió a su mamá!

Bienvenidos a Neuro Mamá

¿Cuál es el nombre de tu blog?

¡¿Neuro Mamá? !   ¡¡¡NeuroMamá!!!

¿Por qué? ¿acaso eres neuróloga? ¿psicóloga? ¿psiquiatra?

No. Solo soy neurótica, una madre de 3 hijos con aspiraciones neuróticas. Con deseos conscientes e inconscientes de control absoluto sobre la vida y milagros de mis 3 hijos y muchas neurosis maternas.

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