Cosas que solo gente con Disfunción de Integración Sensorial puede entender

Hace unos días mientras navegaba en Pinterest (tablero acá) encontré unos cómics realizados por dos mujeres que padecen esta rara y poco entendida disfunción. Como ya saben quiénes me leen, mi hijo mayor ha sido diagnosticado con este raro desorden. (Ver post acá) Y ahora, más de un año después del diagnóstico y con toda esta noticia ya bien procesada y asimilada es que me doy cuenta que: a. efectivamente este desorden existe (en un principio me negué a creerlo) y b. que mi hijo (y varias personas que conozco) lo tiene y que es posible reírse (a veces es el mejor remedio) al respecto.

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Criando ninas vs. niños

Ayer, mientras esperaba mi turno para recoger unos papeles en el colegio de mi hijo, no pude evitar sobre escuchar la conversación de un par de mamás que estaban en cola atrás mío. No pude evitarlo, porque además que hablaban bastante alto, el tema era entretenidísimo: lo difícil que son las relaciones femeninas. Una mamá, le contaba a la otra lo mal que la estaba pasando su hija en el colegio pues no estaba dentro del “grupito” de su salón y, muchas veces, no tenía con quien jugar  en el recreo pues no se querían juntar con ella. Lo más preocupante, su hija estaba en ¡¡primer grado!!
Inmediatamente recordé una anécdota que ocurrió unos meses atrás en un cumpleaños al que fui con mis hijos: Mientras miraba como mi hijo se molía a golpes en el saltarín con algunos niños y yo trataba de evitar que se maten, había un grupo de niñas jugando tranquilas en los columpios; conversaban, se empujaban y se reían. Recuerdo haberle dicho a una amiga que no tiene hijos y me estaba acompañando: “¿por qué no juegan los hombrecitos, así? Creo que voy a morir de un paro cardíaco”.  A lo que me respondió: “porque las niñas juegan así, hasta que una le dice una cosa fea a otra, o deciden que alguna no puede jugar porque no les gusta su vestido y se armana grupitos y alguna sale llorando”. Y, dicho y hecho. Algo, pasó y una se fue llorando.

Es que definitivamente la socialización femenina es bastante complicada. Si bien, gracias a Dios, no nos agarramos a patadas. Si nos podemos decir e incluso hacer cosas tan feas, que una patada hubiera sido mejor. Por otro lado, me parece que con los hombres la cosa es más fácil. Lo veo en mi hijo: si algún niño no quiere jugar con él, va y busca a otro u otros, hasta que consigue un “partner” de juego. No se complica. Y, lo mismo sucede con las mamás de los niños. Todo es, no sé más fácil. Coordinar los “play dates” con niños, los juegos, los disfraces para actuaciones, y hasta solucionar alguna eventual pelea.

Por otro lado, y lo veo con mi pequeña de casi 3. Con las niñas, las cosas no son tan fáciles. Ellas se resienten, se molestan y se dejan de hablar. Claro, que a esa edad se olvidan en 3 minutos. Pero, es solo un adelanto de cómo será en el futuro. También ponen reglas sobre cómo debe vestirse una para jugar un determinado juego y en el peor de los casos, de cómo se debe vestir una para juntarse con un determinado grupo. Recuerdo en un evento infantil al que fui hace un tiempo ya con mi hijo mayor, las niñas no dejaban jugar a una porque no tenía vincha, y a ese juego sólo podían jugar las que tenían vincha. ¿Increíble, no? Tenían apenas 4 años. 
Pero, ¿qué se les puede pedir si a veces las mamás, sin darnos cuenta empezamos con esas pequeñas diferenciaciones? Como pasó en el salón de mi sobrina de 4 años (ella estudia en un colegio de puras mujeres). Una niña organizó una actividad (a esta edad obviamente, con el apoyo de su madre) y sólo invitó a 6 de las 9 niñas del salón. Desafortundamente, las niñas no invitadas se dieron cuenta. ¿Por qué hizo algo así? Sólo ella lo sabe, pero para mí es muy díficil de entender.

Entonces, ¿qué les podemos pedir a nuestras niñas si nosotras somos así? Menuda tarea las que tenemos las mujeres para lidiar entre nosotras y más aún, las que tenemos hijas mujeres para darles un ejemplo de amistad y solidaridad.

*Post publicado en el portal Mamitips

Desperate Housewife Full Time

Hoy se cumple exactamente 1 año, 1 mes y 1 día desde que decidí de dejar de trabajar y dedicarme a mis hijos a tiempo completo. Sí, ya sé, cómo llevo la cuenta. Pero, es que hoy es mi aniversario de haber cambiado drásticamente mi forma de ver la vida. Cambié una posición regional con un título marketeable  y en inglés, por una posición más común y, por qué no decirlo, con un título más desprestigiado como: “ama de casa”.

Recuerdo como si fuera ayer cuando tomé la decisión de renunciar. No era que no me gustara mi trabajo, todo lo contrario, me encantaba. Había llegado a un punto ideal en el que me entendía perfectamente con mi jefa, los retos diarios me estimulaban y estaba en línea de carrera para un ascenso (o eso creía). Todo iba perfecto. Pero, había algo que no me hacía sentir bien del todo. Me acompañaba un constante sentimiento de incumplimiento (si es que existe eso). Sentía que no le cumplía bien a nadie: si me quedaba pegada en la oficina, le faltaba a mis hijos. Si me dedicaba a cumplir con las actividades de mis hijos, no cumplía con la oficina. A mi marido, ya ni lo veía, y por supuesto, para mis cosas no tenía ni un minuto. A las justas me lavaba los dientes. Ni hablar de ir al gimnasio, o la peluquería (salvo que fuera estrictamente necesario) y, menos almuercitos o lonches con las amigas, eso me quitaba demasiado tiempo, tiempo que era para mis hijos. Vivía constantemente apurada y angustiada (bueno, no es que ahora viva en un spa tampoco, pero por lo menos cumplo con todos), siempre debiéndole algo a alguien.

Hasta que llegó mi punto de quiebre. La psicológa del nido me citó para conversar sobre mi hijo. Fui sola y apurada, porque tenía que regresar a la oficina para un “call”. Y ahí, entre otras cosas, me sacó el dibujo que había hecho mi hijo cuándo le pidieron que dibuje a su familia: había dibujado a la nana de su hermana. Sí, a la nana de su hermana. Ella es una mujer mayor, imponente y mandona que asumió el control casi absoluto de mi casa cuando yo estaba en la oficina, y naturalmente había impresionado a mi hijo.

Esta reunión coincidió con una evaluación de mi chamba, en dónde había sido evaluada como “inestable”, porque lo cierto era, que andaba más metida en las cosas de mi casa que en las de la chamba. Esos días lloré a moco tendido. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué no podía ser la súper profesional y la súper mamá que cumplía con todo, cómo siempre me había imaginado que sería? Además, por supuesto, también quería el cuerpazo de infarto, ese cuerpazo con el que siempre salen todas las mamás en las revistas. Lo peor, es que era cierto, en la oficina no quedaban ni rastros de la profesional que solía ser antes de los hijos. Y en la casa, andaba deprimida por no tener “quality time” diario con cada uno de mis hijos, para lograr un vínculo sólido. Y, para rematarla, salí embarazada de mi tercera hija.  


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No lo pensé mucho. Para mí, no había mucho que pensar. Hablé con mi esposo, que es mi compinche y me apoya en todo, y renuncié. Si iba a hacer algo mal en mi vida, definitivamente no iba a ser mi maternidad. Decidí dedicarme a ser mamá al 100%. Nada de trabajos part time, ni consultorías free lance. 
Siempre puedo regresar a trabajar (tendré que empezar desde debajo de nuevo, no importa) pero, mis hijos sólo van a ser niños por un tiempo más. Y quiero disfrutarlos todo lo que pueda. Así, que sí con un poco de pena, cambié mi codiciado título laboral, por uno menos valorado en el mercado profesional, pero con más valor para mi tranquilidad. Para que suene mejor lo puse en inglés, of course, porque ahora soy, una “desperate housewife full time”, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sin domingos, ni feriados, ni vacaciones. Yo creo que con este título en mi CV, voy a conseguir más chamba ¿uds. no?