Desperate Housewife Full Time

Hoy se cumple exactamente 1 año, 1 mes y 1 día desde que decidí de dejar de trabajar y dedicarme a mis hijos a tiempo completo. Sí, ya sé, cómo llevo la cuenta. Pero, es que hoy es mi aniversario de haber cambiado drásticamente mi forma de ver la vida. Cambié una posición regional con un título marketeable  y en inglés, por una posición más común y, por qué no decirlo, con un título más desprestigiado como: “ama de casa”.

Recuerdo como si fuera ayer cuando tomé la decisión de renunciar. No era que no me gustara mi trabajo, todo lo contrario, me encantaba. Había llegado a un punto ideal en el que me entendía perfectamente con mi jefa, los retos diarios me estimulaban y estaba en línea de carrera para un ascenso (o eso creía). Todo iba perfecto. Pero, había algo que no me hacía sentir bien del todo. Me acompañaba un constante sentimiento de incumplimiento (si es que existe eso). Sentía que no le cumplía bien a nadie: si me quedaba pegada en la oficina, le faltaba a mis hijos. Si me dedicaba a cumplir con las actividades de mis hijos, no cumplía con la oficina. A mi marido, ya ni lo veía, y por supuesto, para mis cosas no tenía ni un minuto. A las justas me lavaba los dientes. Ni hablar de ir al gimnasio, o la peluquería (salvo que fuera estrictamente necesario) y, menos almuercitos o lonches con las amigas, eso me quitaba demasiado tiempo, tiempo que era para mis hijos. Vivía constantemente apurada y angustiada (bueno, no es que ahora viva en un spa tampoco, pero por lo menos cumplo con todos), siempre debiéndole algo a alguien.

Hasta que llegó mi punto de quiebre. La psicológa del nido me citó para conversar sobre mi hijo. Fui sola y apurada, porque tenía que regresar a la oficina para un “call”. Y ahí, entre otras cosas, me sacó el dibujo que había hecho mi hijo cuándo le pidieron que dibuje a su familia: había dibujado a la nana de su hermana. Sí, a la nana de su hermana. Ella es una mujer mayor, imponente y mandona que asumió el control casi absoluto de mi casa cuando yo estaba en la oficina, y naturalmente había impresionado a mi hijo.

Esta reunión coincidió con una evaluación de mi chamba, en dónde había sido evaluada como “inestable”, porque lo cierto era, que andaba más metida en las cosas de mi casa que en las de la chamba. Esos días lloré a moco tendido. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué no podía ser la súper profesional y la súper mamá que cumplía con todo, cómo siempre me había imaginado que sería? Además, por supuesto, también quería el cuerpazo de infarto, ese cuerpazo con el que siempre salen todas las mamás en las revistas. Lo peor, es que era cierto, en la oficina no quedaban ni rastros de la profesional que solía ser antes de los hijos. Y en la casa, andaba deprimida por no tener “quality time” diario con cada uno de mis hijos, para lograr un vínculo sólido. Y, para rematarla, salí embarazada de mi tercera hija.  


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No lo pensé mucho. Para mí, no había mucho que pensar. Hablé con mi esposo, que es mi compinche y me apoya en todo, y renuncié. Si iba a hacer algo mal en mi vida, definitivamente no iba a ser mi maternidad. Decidí dedicarme a ser mamá al 100%. Nada de trabajos part time, ni consultorías free lance. 
Siempre puedo regresar a trabajar (tendré que empezar desde debajo de nuevo, no importa) pero, mis hijos sólo van a ser niños por un tiempo más. Y quiero disfrutarlos todo lo que pueda. Así, que sí con un poco de pena, cambié mi codiciado título laboral, por uno menos valorado en el mercado profesional, pero con más valor para mi tranquilidad. Para que suene mejor lo puse en inglés, of course, porque ahora soy, una “desperate housewife full time”, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sin domingos, ni feriados, ni vacaciones. Yo creo que con este título en mi CV, voy a conseguir más chamba ¿uds. no?