Mamitis

– Mami, ¿qué significa mamitis?
–  Mamitises cuando un hijo sólo quiere estar con su mami todo el día, sólo quiere jugar con su             mamá, acompañar a su mamá de aquí para allá y que su mamá lo bañe, le de comer, le haga                todo.
                   Ahhh, entonces, yo tengo mamitis. ¡¡Porque quiero estar todo el día contigo mami!!

Esta fue la conversación que tuve hace un par de semanas con mi hijo de 4 años mientras caminábamos juntos hacia el banco. Y es cierto, de un tiempo a esta parte está con una mamitis atroz. De verdad quiere estar conmigo cada segundo del día: me acompaña cuando me ducho, cuando me cambio, cuando voy al baño, cuando voy a hacer las compras y hasta cuando voy a la peluquería a hacerme la cera. Se pasa todas las noches a mi cama (es más, ahora se acuesta en mi cama) y me obliga (sí, obliga) a que yo haga lo mismo.

¿Lo peor? Es que su hermana está en un plan muy similar. Así, que me paso todo el día con dos pequeños pegados a cada una de mis piernas y cuando quiero o tengo que hacer algo que no los incluya tengo que esconderme, escaparme o peor aún, enfrentarme a horas de explicaciones, llantos y  negociaciones.

Honestamente, no entiendo que está pasando. No sé si es porque la hermanita menor (la 3era) está cada día más linda y rica y a sus 9 meses es toda una delicia y eso les da demasiados celos, o es que presienten, o más bien dicho, saben que en exactamente 13 días empezamos el colegio y toda esta vida de relajo y diversión se acaba. O quizá, sea ambos. Lo cierto es que este excesivo apego, sobre todo por parte del mayor está empezando a alterarme. No puedo hacer nada sola, tengo que escaparme (sí, lo siento psicólogas pero me escapo, ya no puedo dar tantas explicaciones y pasar hoooras despidiéndome) porque lo cierto es que, incluso en mis momentos de relax, como por ejemplo cuando voy a hacerme la cera, hay un niño metido en mi cabina.  


Y esta mañana colapsé, tenía todo (según yo) listo y organizado para salir a las 9:00 a.m. de mi casa para ir a la playa, y eran las 10:15 a.m y seguíamos metidos en la casa. Yo tenía a un niño a mi costado que me perseguía por todos lados, no paraba de hablar, de enseñarme cosas y preguntarme mil cosas de las que no tengo ni idea y para colmo cuando me veía más frenética en mi paseo por la casa más fuerte me hablaba. Hasta que exploté y le grité que – por favor – se vaya de mi vista. No me arrepentí de haberle gritado, estaba furiosa, agotada y muy frustrada. 

Mamitis


Seguí haciendo mis cosas, para por fin terminar, salir y cumplir con las mil cosas que tenía programadas cuando veo a mi hijo que, sin hacer caso a mi advertencia, estaba frente a mí saltando con toda su fuerza para llegar hasta un cuadro. Lo vi tan contento saltando, que no pude evitar enternecerme y sentirme pésima por haberle gritado. Me di cuenta de lo pequeñito que es: no llega a alcanzar los cuadros, tiene que poner un banquito para lavarse las manos y los dientes, vive en un mundo dónde la fantasía y la realidad se entremezclan y sólo quiere estar conmigo, conmigo, conmigo, conmigo y por mucho que eso agote, tengo suerte. 

Él y sus hermanas son el eje de mi vida y también el principal motivo por el que esta mañana estaba histérica tratando de salir lo más temprano de la casa para disfrutar de nuestro día de playa y pasarla lindo: jugar en la arena, bañarnos en el mar y en la piscina y que todos puedan cumplir con sus horarios de siestas y de comidas (sí, como buena neuro cumplo los horarios estrictamente)… Pero, entonces me di cuenta que no era necesario esperar a llegar a la playa para pasarla bien, me di cuenta que por estar tan metida en mis organizaciones y horarios neuróticos para ir a un lugar a “ser feliz” me estaba perdiendo el ser feliz en ese momento.

Decidí relajarme y divertirme con las lindezas y ocurrencias de mi hijo que sufre de mamitis. Me reí de sus chistes malazos, canté a todo volumen las canciones de la Cenicienta con la segunda y me colgué a mis hijos con mamitis a cada una de mis piernas. Al final, terminé saliendo prácticamente a las 11:00 a.m. pero sin estrés ni alteraciones. Me di cuenta que, a veces, por querer hacer todo perfecto y querer que mis hijos se ajusten a mis perfecciones se me olvida disfrutar los pequeños detalles y momentos juntos. Se me olvida que, aunque su mamitis me agote me encanta tenerlos aquí pegaditos y encima mío porque yo… yo sufro de un severo, agudo y crítico caso de ¡hijitis! Y no quiero curarme de eso nunca ¡jamás!

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.